El Sí de los niños

Ayer sucedió algo insólito: estaba tomando café con una amiga en un club deportivo, cuando de repente llegaron dos chicos de unos treinta años y se pusieron a jugar al tenis en una pista cercana a la cafetería. La verdad es que se les veía súper a gusto, reían y lo pasaban bien, pero entonces apareció un grupo de niñas adolescentes (de no más de 12 ó 13 años) y empezaron a mofarse de ellos.

Las niñas tenían la obvia intención de burlarse cuando cualquiera de ellos devolvía un golpe.

Todo el lapso de tiempo que duró su paseo por el lateral de la pista no dejaron de emitir los típicos ruidos de esfuerzo que hacen los tenistas al golpear la pelota en un partido profesional (los que hace,  sin ir más lejos, el propio Rafa Nadal), pero exagerando mucho y con la obvia intención de burlarse cuando cualquiera de ellos devolvía un golpe. A los chicos de les veía evidentemente contrariados, molestos, sin saber muy bien qué hacer ante la flagrante falta de respeto de ese grupo de niñas.

En realidad, mi amiga y yo no estábamos en la cafetería, sino que éramos nosotras quienes jugábamos al tenis.

Pero bueno, todas sabemos que esto no sucedió exactamente así. En realidad, mi amiga y yo no estábamos en la cafetería, sino que éramos nosotras quienes jugábamos al tenis; tampoco fue un grupo de niñAs de 12 ó 13 años quienes se burlaron de nosotras, sino un grupo de niñOs de aproximadamente esa edad. Por suerte, este suceso contado a la inversa (como muchos otros que las feministas convertimos en metáforas para transformar al sujeto masculino en víctima y que automáticamente la injusticia cobre mayor dimensión) suena mucho más inverosímil y cuesta encontrar un contexto que lo pueda justificar: sin embargo, y por desgracia, tal cual sucedió no sorprende demasiado.

No era la primera vez que nos pasaba algo parecido, tanto yendo juntas como por separado. En realidad, no es en absoluto extraño que cualquier mujer adulta haya tenido una experiencia similar a esta: es decir, una situación en la que algunos desconocidos, hombres mucho más jóvenes, incluso niños, normalmente en grupo, le faltan al respeto de uno u otro modo con el espacio público como escenario de fondo. Simple y llano acoso callejero, pero con el matiz de ser ejercido por varones de menor edad (incluso, como en este caso, con una diferencia de edad rayana en lo vergonzoso). Pero, si todas conocemos este tipo de acoso, ¿por qué me empeño tanto en hacer esa distinción, ese hincapié en la diferencia de edad?

Si hay una jerarquía sagrada en la sociedad patriarcal esa es la jerarquía de edad.

Porque no deja de resultar interesante comprobar hasta qué punto las mujeres estamos exentas de los privilegios patriarcales (incluso los simbólicos). Si hay una jerarquía sagrada en la sociedad patriarcal esa es la jerarquía de edad, la jerarquía de los hombres mayores sobre los jóvenes (sus hijos reales o simbólicos) a los que dominan, tutelan y finalmente entregan su legado (material y en todos los órdenes) para que puedan perpetuar este sistema de poder. No en vano, en palabras de Kate Millett, el patriarcado es el dominio “de los hombres sobre las mujeres y sobre los jóvenes”. Así que nosotras carecemos de “hijos simbólicos” que valgan a la hora de hacernos respetar. Los niños pueden increparnos, insultarnos o incluso insinuársenos sexualmente sin que un pelo se mueva en la gran cabeza del sistema. Al fin y al cabo los niños (literalmente) tuvieron derecho como ciudadanos y privilegios materiales mucho, muchísimo antes que nosotras, las mujeres adultas; y no en vano, la vida de los niñOs, como herederos del legado patriarcal, era infinitamente más valiosa que la de cualquier mujer adulta que lo diese a luz. Me entretengo en poner estos ejemplos porque es importante comprobar que difícilmente una conducta cualquiera, que tenga lugar actualmente, carece de antecedentes en el imaginario colectivo: esto es, que cuando una conducta se convierte en sistemática, y en sintomática como algo revelador estadísticamente, siempre está respaldada por algún entramado de significados más o menos explícitos, más o menos conscientes, que le dan “sentido”. Pero estos esbozos no pueden bastar como argumento para la conducta que ocupa nuestro análisis: tiene que ser algo más fuerte, más trascendente.

Las mujeres somos el espacio sobre el que los hombres constatan su derecho a serlo, su derecho a pertenecer al bando del dominio.

La masculinidad (redoble de tambores). Uno de los pilares fundamentales de la socialización masculina es la grupalidad: esto es, simplificándolo mucho, demostrar ante otros varones que uno es tanto o más hombre que ellos. Es una identidad que no se cobra desarrollando conductas pasivas (como la feminidad patriarcal) sino que, como digo, exige conductas activas que precisan un campo de batalla sobre el que llevarse a cabo, sobre el que demostrar y/o competir con otros varones. Y ese campo de batalla (por si alguien no lo había deducido ya por su cuenta) son las mujeres. Las mujeres somos el espacio sobre el que los hombres constatan su derecho a serlo, su derecho a pertenecer al bando del dominio. En contextos muy extremos, por si alguien no lo había deducido ya por su cuenta, esto se traduce en que nos pueden llegar a agredir, a violar o a matar, por (digo por, como si esto pudiera justificarse de algún modo) alguna implicación relacionada con su masculinidad. Nada, absolutamente nada, es más valioso en una sociedad patriarcal que la masculinidad canónica. Así, a estas alturas casi resulta ridículo denunciar que nuestra dignidad como mujeres adultas quede supeditada en importancia a esta fase de la socialización masculina que tiene que ver con la reafirmación dentro del grupo, cuyo principal síntoma de éxito es demostrar de uno u otro modo que uno se siente superior a cualquier mujer, aunque ésta sea mayor que uno (sexualizándola, ridiculizándola, insultándola, etc).

Este es un posible análisis, pero ahora tengo que hacer otra reflexión un poco más personal.

Es que son infinitos los estratos  y contextos en los que cualquier mujer del mundo tiene que ver minado todo lo que la hace sentir bien, su vida más normal y cotidiana, por tolerar lo intolerable.

“Porque ya sabes qué es esto”, me dije a mí misma, mientras empezaba a comprender que los ruidos burlones que emitían aquellos críos iban dirigidos a nosotras. “Entonces, Luca, ya que eres clarividente, déjalo estar. Deja que se rían un rato de vosotras y que desaparezcan, que no te fastidien el único puñetero día de todo el verano que has conseguido salir a jugar al tenis. Que encima lo estás haciendo fenomenal, joder”. Bueno, pues no puede ser. Es que siempre es el mismo tema, es que ya cansa. Es que son infinitos, infinitos, los estratos  y contextos en los que cualquier mujer del mundo, en cualquier momento, tiene que ver minada su alegría, su autoestima, su bienestar, todo lo que la hace sentir bien, su vida más normal y cotidiana, por tolerar lo intolerable. Que esta parte es la ridícula, pero luego vienen todas las demás: que si no quieres ver cuestionada tu autoridad en el trabajo, no te pongas esa falda. Que no, que no te estoy diciendo que tengas tú la culpa, pero sabemos el mundo en el que vivimos: si no quieres exponerte, tendrás que pasar por el aro. Y si no quieres que ese compañero te siga “molestando”, tendrás que hacer todo lo posible por no quedarte a solas con él. Aunque trabajéis codo con codo. Y si unos niñatos que no te llegan ni a las tetas se ríen de ti y de tu amiga en vuestra puñetera cara, bueno, pues déjalo estar, que al fin y al cabo son cosas de críos. Pues hala, no me pongo la falda, voy siempre con pies de plomo para ver con quién me quedo a solas y con quién no y si me insultan en mi cara me callo. Censura, evasión, silencio. CLARO.

¿Pero esto qué coño es? ¿Por qué tengo yo que soportar esto?

Cuando ves una pelota de tenis salir disparada hacia tu cabeza pues pones carita de miedo y te agachas.

Nunca olvidaré las caras que se les quedaron cuando la pelota de tenis se estrelló contra la valla por la que pasaban. Era imposible que les diera pero claro, están los reflejos, y cuando ves una pelota de tenis salir disparada hacia tu cabeza pues pones carita de miedo y te agachas. “¡Hijaputa!”, me dijeron. Pero yo no podía dejar de sonreír. Que se jodan. Que se jodan los criajos de mierda.

Y ya cuando nos íbamos, mi amiga y yo comentábamos lo inapropiado o no de mi comportamiento, porque claro, el halo judeocristiano de mi educación me hacía sentir ligera (ligerísimamente) culpable. Que si me había puesto a su nivel, que si habría sido mejor denunciarlos al administrativo del club. Pero claro, ¿con qué efecto? ¿Qué respuesta nos habría dado? No nos fue muy difícil imaginarla, porque nos lo cruzamos a la salida y nos dijo: “El pádel es un deporte de nenas. Para jugar al tenis, como vosotras, hay que tener cojones”.

Así que rayo, párteme.

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