Ese (magistral) capítulo de Girls

Si no habéis visto el capítulo 6×03 de la serie Girls (y tenéis intención de verlo) no leáis ni una palabra más, porque voy a espoilearlo entero.

El capítulo empieza en una línea argumental que nos pilla por sorpresa, es de esas veces que Lena Dunham aparta el foco de la rutina de sus protagonistas y se centra en un solo suceso protagonizado por cualquiera de las cuatro: en esta ocasión, 26 minutos de Hannah visitando el domicilio de un escritor con mucho éxito, un tal Chuck Palmer. Nada más entrar, Hannah se fija en un montón de detalles de la casa que nos van a ir informando la importancia pseudo-intelectual de Palmer (digo “pseudo” porque es todo muy de cara a la galería, muy “vanitatis”, el paradigma del novelista americano): varios premios importantes, libros suyos con la marca de best-seller, fotografías con personajes influyentes, etc…

Palmer ha invitado a Hannah a su casa para defenderse de la acusación de violador que ella le ha hecho en un artículo publicado en internet.

Esto, que en principio podría parecer algo arbitrario o con el simple objeto de ambientar la acción, no lo es en absoluto: cada detalle nos informa de la trascendencia social de este señor, dato imprescindible para comprender el dilema que Dunham va a plantear más adelante. El caso es que el tal Palmer ha invitado a Hannah a su casa para defenderse de la acusación de violador que ella le ha hecho en un artículo publicado en internet. Esta premisa me dejó muy impactada porque, aunque siempre había considerado la serie tangencialmente feminista, me pareció que esta era la ocasión en que trataba de un modo más explícito y de nivel top (al menos para mí, sabéis que el simbolismo subyacente a las relaciones me trae de cabeza) un tema que nos concierne a todas.

La acusación que Hannah manifiesta en su artículo es que Palmer ha utilizado su poder e influencia para tener relaciones sexuales con universitarias: y concretamente, una de esas universitarias ha declarado que dichas relaciones no fueron consentidas, que él la llevó a su habitación de hotel y la obligó a hacerle una felación (más adelante se revela que hasta cuatro mujeres lo acusaron de prácticas parecidas). Desde el primer momento se percibe la insultante suspicacia de Palmer ante la posibilidad de considerar “no consentida” una relación sexual sin violencia explícita: la estudiante fue a su habitación de hotel por voluntad propia y, literalmente, “¿Cómo se puede hacer una mamada sin consentimiento?”.

Poco a poco, Dunham sigue encontrando excusas para hacer más alusiones al poder de este personaje. Hay un momento en que Hannah recorre toda la casa, un piso de lujo repleto de obras de arte; luego oye a Palmer hablar por teléfono de sus vacaciones en El Cabo, y luego en Europa; y después la propia Hannah deja bien claro que él es un escritor al que siempre ha admirado y que ha sido muy importante en su vida. La cuestión es que progresivamente se va creando entre ambos un ambiente de intimidad, en el que él le cuenta sus miserias y lo mucho que le está afectando esta acusación, porque “son esas chicas las que me arrancan los pantalones, para estar con un escritor famoso y tener algo de lo que escribir”. Es aquí donde Hannah dice algo absolutamente magistral, que se puede extrapolar a otros ámbitos: le dice que en todas esas relaciones él ha obviado el desequilibrio de poderes (que sin duda influye en todo lo referido al consentimiento), porque él es un escritor rico y famoso mientras que todas esas chicas “se están matando por conseguir una mínima parte delo que tú tienes” (pero, ¿por qué una mínima parte? ¿Por qué no todo lo que él tiene?). Lo que nos queda claro es que Hannah sabe perfectamente de lo que está hablando: pese a todas las excusas que él le pone y todos los intentos por darle pena, ella sabe que esas relaciones no fueron consentidas y nos hace partícipes de que no va a cambiar de opinión. Es más, de que no es opinable. Ella misma cuenta haber sido víctima de una situación similar.

Ya están en el dormitorio de él, con su colección de libros más íntima, y él, espontáneamente, le pide que se tumbe a su lado en la cama.

Sin embargo, cuando cambian un poco de tema la relación entre ambos se sigue estrechando: él la adula, le dice que ha leído cosas suyas, que le parecen geniales, y a ella le suena sincero; en un momento dado, Palmer le regala un libro dedicado de Philip Roth, a quien ella reconoce como uno de sus autores de cabecera pese a su misoginia. El caso es que ya están en el dormitorio de él, con su colección de libros más íntima, y él, espontáneamente, le pide que se tumbe a su lado en la cama. Obviamente sin ninguna connotación sexual, que sólo quiere sentirse cerca de alguien. Le pide incluso que “se deje la ropa puesta”, porque quiere trazar claramente los límites de su comodidad (de la de ella). Se pone de espaldas a ella. Se lo pide por favor.

Y Hannah accede. Y por fin le pide perdón porque, aunque no admite claramente haber cambiado de opinión, es cierto que ahora lo conoce, ha visto el ser humano que es y siente “no haber tenido en cuenta todo” antes de escribir el artículo. Parece el final.

Pero entonces él se da la vuelta con su pene erecto asomándole por la bragueta del pantalón. Lo apoya sobre la pierna de Hannah de una manera muy casual y ella, tras un instante de confusión, lo coge con una mano. Pero en seguida se levanta de la cama como un resorte, Dunham resuelve la situación de una manera jocosa (sin restarle importancia), y todas sabemos que Hannah sabe lo que acaba de pasar: acaban de abusar sexualmente de ella. Este final me recordó inevitablemente a un episodio del diario de Sylvia Plath (que estoy leyendo y que recomiendo encarecidamente), donde ella cuenta una de sus múltiples citas de juventud, el nerviosismo, el afán por conectar con el otro. Yo pensaba todo el rato “oh, qué bonito y qué cándido, qué fácil me resulta empatizar con estas sensaciones, cómo me recuerda a cuando yo tenía 18 años”, pero al final del episodio él, con quien ella tanto había creído conectar, intenta violarla. Y luego, cuando después ella acude a disculparse por haberle rechazado (!!!), él le coge la mano y se la posa sobre sus genitales. Ella piensa “así que esto se siente cuando un hombre quiere que le masturbes”.

La verdadera maestría de Dunham como guionista, lo que me fascinó absolutamente de este capítulo, es la naturalidad con que consigue que lo que sucede durante la acción sea lo mismo que lo que debaten los personajes en su larga conversación. Es como si hubiera dos estructuras superpuestas: en una, la del guión, Hannah y Palmer confrontan sus posturas acerca del consentimiento sexual; en la otra, la de la acción, Hannah está padeciendo las mismas consecuencias del desequilibrio de poderes que intenta explicar a Palmer, para que entienda por qué no fueron consentidas sus relaciones sexuales con aquellas chicas. Algunas de esas consecuencias son paradigmáticas:

-Hannah quiere agradar a toda costa: a ninguna nos sorprende a estas alturas descubrir que (¡oh, sorpresa!) hemos sido educadas para agradar. Es uno de los pilares básicos de la socialización femenina en el patriarcado. Hay varios momentos en los que vemos a Hannah preocupada (a su manera) por su aspecto físico, retocándose en los espejos que pilla. Luego Palmer se pone a leerle un relato que ha escrito acerca de lo sucedido con aquella chica y en un momento dado le pide que continúe ella: pese a que Hannah deja bien claro que no le apetece, él le espeta con total naturalidad, menospreciando sin aspavientos su negativa, “sí, lee en voz alta para mí”, y ella termina obedeciendo. Este detalle no me parece en absoluto menor, más bien al contrario: resulta revelador, teniendo en cuenta lo que va a suceder más adelante, la insultante naturalidad con que él pasa por encima del “no” de Hannah, con lenguaje verbal y no verbal, hasta casi convertir en una obviedad que se va a hacer lo que él diga. Otro detalle significativo para todo esto es lo interiorizado que Hannah parece tener, casi como aspiración, el principal mito de la feminidad patriarcal: la femme fatale. No en vano, le dice a Palmer que no puede haber nada mejor que ser lo suficientemente irresistible como para llevar a cualquiera a la ruina. El patriarcado nos enseña a gustar, gustar, gustar a toda costa, como si nuestra supervivencia dependiera de ello (acaso ha dependido de ello hasta hace bien poco, recordemos lo muy recientemente que fuimos admitidas en el mercado laboral): y tanto quiere gustar Hannah que, cuando todo termina y quiere salir corriendo de allí, aparece la hija de Palmer y le pide que se quede a escuchar su recital de flauta travesera. Y tanto quiere gustar que accede, y se sienta en el sofá a escuchar, como si nada hubiera sucedido.

-Hannah y el privilegio masculino:  durante el capítulo también podemos ver claras alusiones al privilegio masculino (uno de los pilares fundamentales del desequilibrio de poderes), tanto porque Hannah habla explícitamente de él o porque subyace a la acción. Por ejemplo, cuando le dice a Palmer que las chicas con las que se acostó están luchando por conseguir “una mínima parte de lo que él tiene” parece clara la conciencia de Hannah acerca de los obstáculos extra que encuentran las mujeres que aspiran a puestos de importancia particularmente bien remunerados en la sociedad (recordemos el techo de cristal). Pero hay un momento todavía más revelador, y es el contraste entre cuando Hannah declara que escribió la acusación en internet porque “las mujeres han sido históricamente silenciadas y ahora tenemos la oportunidad de alzar la voz”, y el instante en que Palmer lee su propio relato acerca de lo sucedido con Denise (la chica de la que abusó). Es un relato tan extremadamente minucioso, tan convincente, que pese a que Palmer es difuso a la hora de responder a Hannah si se trata de ficción, su lectura es lo que termina por provocar el acercamiento definitivo: porque el relato exculpa absolutamente a Palmer. Casi lo sitúa en una posición de víctima, ya que él sólo quería conocer más a Denise, y de lo único que es culpable es de haber cedido rápidamente a las intenciones sexuales de ella, de no haber persistido en su propio afán romántico. ¡Pero Hannah! Toc, toc, ¿hay alguien ahí? ¡Si tú misma acabas de decir que las mujeres han sido históricamente silenciadas! ¿Dónde está el testimonio de Denise acerca de lo sucedido? ¿No lo necesitas para contrastar? Esta naturalidad con que se asume el discurso masculino como la Verdad, obviamente, no es error de Hannah: es otra consecuencia histórica del privilegio masculino, ya que durante siglos han sido los hombres los únicos productores de opinión, de discursos, de cultura, sin tener que haberse enfrentado a contrastes o desmentidos que matizaran su versión. Su versión ha sido la única versión y por eso a Hannah le cuesta, en un nivel profundo, no dar crédito a Palmer: porque a los hombres, como Padres de la Cultura (patriarcal), siempre se les presume neutralidad, mientras que si hay algo que se les presume a las mujeres es perversidad (qué cosas más extrañas tiene la vida).

-Hannah y el consentimiento: Hannah ha ido por su propio pie a la casa de Palmer. Hannah se ha acostado por propia voluntad en la cama de Palmer. Hannah ha agarrado sin cocción el pene de Palmer. Luego Hannah ha consentido el encuentro.

¿O NO?

 

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