La división sexual del trabajo (de los recogepelotas)

Cosas que las primeras olas feministas tardaron décadas en dilucidar yo puedo resolverlas en una hora de entrenamiento.

Tengo una amiga que dice que yo debería participar en el reality “Mujeres ricas de Beverly Hills”. Y todo porque juego mucho al pádel. Es curiosa la facilidad con que asociamos algunas actividades lúdicas (como ir al club de campo o jugar al bridge) con el dinero, cuando puede que en el fondo se esconda algo mucho más trascendental. Yo misma hago continuamente descubrimientos de importancia socio-antropológica jugando al pádel: cosas que las primeras olas feministas tardaron décadas en dilucidar, y que todavía causan controversia como la incidencia de la división sexual del trabajo en la formación del patriarcado, yo puedo resolverlas en una hora de entrenamiento. No me cuesta admitirlo porque he descubierto que una no debe avergonzarse de sus capacidades, y menos aún si la conducen a resolver enigmas de relevancia intelectual mientras pega palazos a una pelota.

Como ya os he contado alguna vez, todos mis compañeros en clase de pádel son chicos, y el profesor de pádel también lo es. Este hecho, aunque a priori parezca irrelevante, realmente da lugar a unas dinámicas dignas de estudio etnográfico. Porque al estar yo (que soy una mujer), el factor de la diferencia sexual siempre está presente, y es un factor imposible de desdeñar a la ligera. No sé si conocéis las rutinas de una clase de pádel, pero tengo que resumirlas antes de exponer mi descubrimiento: primero se hace un ejercicio hasta vaciar un carro entero de bolas (por ejemplo, practicamos la volea, o practicamos el globo), y después se recogen todas las bolas para devolverlas al carro y empezar de nuevo; entonces hacemos otro ejercicio distinto, para después volver a recoger y así sucesivamente. En todo este proceso, el profesor es el jefe de la tribu: no sólo es quien indica a cada momento los ejercicios que hay que hacer, sino que cuando llega el momento de recoger  no mueve un dedo. Se dedica a contemplarnos con distancia soberana, mientras pasea de aquí para allá y finge mirar el móvil. Luego estamos los curritos, mis tres compañeros y yo: cazadores-recolectores en una sociedad patrilineal, devanándonos los sesos por ver la manera más adecuada y menos ofensiva para tod@s de distribuir la tarea. Porque claro, el factor de la diferencia sexual está presente, y eso implica modificaciones en la conducta de tod@s, más o menos sutiles, más o menos conscientes, pero indudablemente reveladoras.

¿Por qué me arrebataban la más ardua tarea de recoger con las manos que el destino me había legado por alguna razón?

Sujetos: tres varones y una mujer. Herramientas: tres tubos recogebolas cuya morfología interna desconozco pero de efectividad más que probada. Estos tubos te permiten recoger las pelotas sin necesidad de agacharte, apilándolas en fila en su interior para luego volcarlas directamente en la cesta. El problema es que, como he dicho, sólo había tres tubos, con lo que un currito/a se iba a ver obligad@ a recoger las bolas con las manos, con el consecuente y reiterado agacharse y levantarse, mientras los otros tres realizarían la tarea cómodamente con los tubos. Pues bien, la eventualidad quiso que, al finalizar el primer ejercicio, yo me encontrara más lejos de la verja donde estaban colgadas las herramientas que mis compañeros: entonces, con total naturalidad, como si de iguales nos tratásemos, ellos cogieron los tubos y yo procedí a recoger con las manos, con mayor dificultad pero feliz y comiendo perdiz. Lo significativo empezó a ocurrir tras finalizar el primer ejercicio: inmediatamente, dos de los chicos se pusieron a recoger las pelotas con las manos, sin siquiera hacer ademán de ir a por los tubos. No sé si lo habían maquinado antes, pero su connivencia resultó extraña de narices. Quiero decir, ¿por qué me arrebataban la más ardua tarea de recoger con las manos, que el destino me había legado por alguna razón, ya fuera bíblica o no? Porque me pertenecía casi por derecho consuetudinario, ¿no? Quien empieza echándose al hombro el fardo más pesado tiene la prerrogativa de continuar con él, no es para que se lo quiten sin siquiera pedirle opinión. Entonces, ¿qué constructos masculinos se pusieron en marcha para provocar aquella situación? ¿Caballerosidad, obligatoriedad para con la tarea de mayor exigencia física? Imposible saberlo. Pero la consecuencia fue que una de nuestras herramientas de trabajo quedó colgada en su verja, sin utilizarse, mientras yo cogía el segundo tubo y el chico restante el tercero, ya que al parecer había logrado escapar del influjo insuflado por el genio constructor del género. Al menos momentáneamente porque, os preguntaréis, ¿qué sucedió tras finalizar el tercer ejercicio? Las dificultades con que toparon las primeras olas feministas, a esas alturas me resultaban hilarantes. En efecto, inmediatamente después de finalizar el tercer ejercicio, los tres varones se pusieron a recoger las pelotas con las manos, sin el más mínimo ademán de acercarse a los tubos. Quiero decir: los tubos seguían en la verja. Colgados en su sitio. Listos para ser utilizados. Pero, de alguna manera, que al principio yo me hubiera lanzado a realizar el trabajo más costoso había supuesto algún tipo de transgresión que debía ser subsanada. Subsanada por honor. Subsanada por hombría. Subsanada por alguna palabra con “h”, subsanada hasta el punto de provocar aquella situación tan rotundamente absurda: todos los tubos colgados y los chicos recogiendo con las manos. Porque claro, el constructo masculino les susurraba rencillas subrepticias que debían resolver.

Yo no daba crédito. ¿En serio? ¿En serio ninguno había podido dignarse a compartir la actividad de los tubos conmigo? Me dieron ganas de coger dos y recoger las bolas con ambas manos, como Trinity disparaba a dos pistolas en Matrix. Estaba claro que era el factor de mi presencia lo que había provocado aquel despropósito, que los tres terminaran con lumbago al concluir la clase, pero como era imposible preguntarles los motivos de su extraño comportamiento (se pasaba de friki preguntarles por qué sucumbían al constructo masculino) mi conclusión fue la siguiente: división sexual del trabajo à Los hombres hacen lo que las mujeres no hacen, pero a toda costa, aunque ello provoque situaciones inverosímiles dignas de una película de los Monty Python. Preguntar razones al apuntador (posibles connotaciones de caballerosidad/fuerza física).

Así que se me hincharon las narices y le dije al profe: “profe, a ver cuando metes otra chica a la clase con la que pueda jugar de tú a tú”.

Todo esto me dejó el instinto analítico a flor de piel (aunque tampoco había que escarbar mucho), y el resto de la clase sólo fui capaz de seguir captando dinámicas que remarcaban mi diferencia sexual. Y no siempre era tan divertido como con lo del los tubos. Por ejemplo, ellos, al ser todos machos, tenían la oportunidad de entablar duelos personales que ninguno establecía conmigo. Dinámicas que son fáciles de percibir en una pista, y más en un deporte como el pádel, que se juega por parejas pero no hay ninguna norma que impida jugarle sólo a un lado de la pista: en este caso, al lado donde está el tío, aderezado con continuos y jocosos comentarios del ámbito masculino (que no reproduciré aquí), y con el salvoconducto de que si pierdes el punto al menos ha sido enfrentándote a otro macho, pistolas bajo el puente al amanecer, y no contra una tía que te ha metido un bolazo imposible de devolver. Qué cosa más humillante, ¿no? Y es que si el tío le juega a la tía con la certeza de que va a fallar y luego ni huele la bola de vuelta ya no le vuelve a jugar. Eso os lo garantizo. Así que se me hincharon las narices y le dije al profe: “profe, a ver cuando metes otra chica a la clase con la que pueda jugar de tú a tú”. Tendríais que haber visto sus caras. Las de todos. Tuve la sensación de ser la mujer que miraba fijamente a las cabras. Y es que los comentarios de sobrada de una hembra en contextos masculinos, es un tema que todavía no ha tratado la literatura. Es otra vasta cámara en la que nadie ha entrado. Por eso todos me miraban en plan, ¿cómo es posible? ¿No estás contenta siendo la única, one of the boys? ¿De verdad quieres otra hembra aquí con la que competir por nuestra admiración?

Y encima luego, cuando ya nos íbamos, se me ocurrió volver a abrir la cámara de los secretos haciendo una broma de connotaciones tangencialmente sexuales, de nuevo ante un auditorio exclusivamente masculino: el profesor me dijo “oye Luca, dentro de poco hay un  torneo americano mixto, ¿te apuntas?” (Inciso: un torneo americano de pádel consiste en jugar varios partidos, cambiando de pareja en cada uno. Es un todos con todos y contra todos). Y yo le contesté: “No, no me gustan los torneos americanos. Es que soy monógama”. JA, Ja, ja (risa decreciente). Joder, pues nadie se rió. Y a mí me parecí ingeniosísima. La mujer que miraba fijamente a las cabras.

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