La mala educación

Nunca salgo de casa con un talante especialmente definido. Normalmente voy distraída, escuchando música o repasando las nuevas estrategias de ataque que aprendí en la clase de pádel del día anterior. De hecho, eso fue precisamente lo que sucedió ayer: salí del edificio con mi mochila de pádel a la espalda y mis cascos en las orejas,  animada por la intensa sesión de deporte que me aguardaba por delante.

¿Veis cómo una mujer puede convertirse de un plumazo en parte de un banquete?

Ya digo, no tenía un talante especialmente definido. No, al menos, hasta que mi mirada topó por casualidad con los folletos de publicidad de los coches aparcados frente al portal. Uno a uno, cada parabrisas de cada coche de la hilera repetía los mismos anuncios: un nuevo restaurante japonés en la zona, un 2×1 de Telepizza y una oferta de chicas exóticas, también por la zona. Es difícil expresarlo con palabras, pero si hacéis un esfuerzo creativo seguro que lo entenderéis: imaginad un conjunto suculento de piezas de sushi, junto a unas humeantes porciones de pizza festoneada de beicon crujiente y queso derretido, junto a una chica sin rostro arrodillada en el suelo, de espaldas, ataviada únicamente con un tanga que deja al descubierto sus nalgas y con unos tacones de aguja. ¿Lo veis? ¿Veis cómo una mujer puede convertirse de un plumazo en parte de un banquete? Ah, bueno, diréis, ya sabemos por donde van a ir los tiros. Este es el diario de una feminista, así que seguro que ahora se pondrá a despotricar contra los proxenetas, la trata, el liberalismo, etc…

¿Y cómo entenderían, por ejemplo, una adolescente o una niña, ese mensaje sobre su propio cuerpo, sobre el cuerpo de sus semejantes?

Pero vosotras no me conocéis. No sabéis hasta qué punto puedo llegar a ser egoísta. Porque sí, es cierto que todos esos asuntos se esbozaron rápidamente en mi cabeza. Maldecí, despotriqué, me llené de rabia. Pero pronto esas sensaciones dejaron paso a otra más nítida que tenía que ver conmigo, no con todas aquellas chicas explotadas. Esas chicas podían esperar, porque resulta que el conjunto de imágenes que acababa de ver me había agredido directamente a mí. ¿Cómo era posible? ¿Qué tenían esos anuncios publicitarios como para provocar el efecto de una bofetada mañanera, como para hacerme pulsar el “pause” de mi Spotify? Entonces me puse a reflexionar sobre la violencia simbólica y sobre los modos en los que opera. Me puse a reflexionar sobre cómo la violencia simbólica con la que el patriarcado nos bombardea a diario erosiona el ánimo, la autoestima y la vitalidad de las mujeres, afectando a la opinión que tenemos de nosotras mismas, de las demás y de nuestro papel en el mundo. Porque tengo 28 años y (creo) una conciencia lo bastante crítica como para trascender las náuseas y ponerme en guardia: pero esos anuncios también iban a ser vistos por niñas, por adolescentes, por mujeres con conciencias feministas muy dispares o incluso nulas, y todas íbamos a coincidir en lo mismo. En que no era un hombre ni un manatí el ser vivo que estaba expuesto como una pieza de carnaza. Era una mujer como tú, como tu hermana pequeña, como tu hija, tu madre y tu abuela. ¿Y cómo entenderían, por ejemplo, una adolescente o una niña, ese mensaje sobre su propio cuerpo, sobre el cuerpo de sus semejantes? No suelo desayunar mucho (sobre todo cuando voy a hacer deporte) pero las ganas de vomitar no me las quitó nadie. Aún así era demasiado temprano para ponerse en plan bélico, así que proseguí mi camino pensando en los bolazos que iba a poder pegar para desfogarme.

En clase de pádel somos cuatro alumn@s y el profesor: todos hombres  menos yo. Ayer el profesor nos propuso un ejercicio para mejorar la volea, que consistió en poner una silla a metro y medio de la red, en la que nosotr@s nos sentaríamos y levantaríamos una y otra vez para ejercitar el golpe. Si no entendéis de pádel no importa, porque lo importante de este ejemplo es la silla. Todos mis compañeros hicieron el ejercicio con normalidad, pero cuando me tocó a mí, mientras me preparaba para empezar, el profesor comentó, riendo: “A lo mejor alguno quiere sujetarle el asiento”. Yo me quedé un instante en silencio, anonadada. Fue como si toda mi vida transcurriera ante mis ojos. Las esferas del desierto rodaban por la pista de pádel, azotadas por ráfagas de calor. No os lo vais a creer pero no dije ni una palabra: me senté e hice el ejercicio con total normalidad. No dije ni una palabra porque quería recordar, absorber, absolutamente todos los detalles de la escena: suele pasarme que cuando me enfrento a alguien, y desde luego contestarle habría derivado en algún tipo de enfrentamiento (¿os imagináis cómo sería intentar explicarles a cinco musculitos que ese comentario podía considerarse una agresión, siquiera simbólica, en el mundo de los vivos?), tiendo a olvidar los detalles de lo sucedido. Si fuese gladiadora no recordaría ni  un solo combate. No sé por qué me pasa, pero me pasa. Así que proseguí mi camino con la memoria intacta, saboreando mi futura venganza.

 … el espacio que ocupaba era todavía mayor. Básicamente, en un asiento para tres personas, él ocupaba dos espacios y yo uno.

Después de la clase estaba bastante molida, así que decidí volver a casa en metro. Iba de nuevo distraída con mi Spotify, pensando en cómo podía mejorar mi saque, y cuando llegué al andén me senté a esperar en un banco. No escogí ese banco por nada en particular, pero al sentarme advertí que a mi lado había un chico jugueteando con su teléfono móvil. Era un chico muy alto y tenía las piernas muy abiertas: además, estaba sentado en el canto del banco, inclinado hacia adelante, con lo cual el espacio que ocupaba era todavía mayor. Básicamente, en un asiento para tres personas, él ocupaba dos espacios y yo uno. Me di cuenta fácilmente de todo eso, pero no quise prestarle demasiada atención: no, al menos, hasta que una señora que rondaría los sesenta se acercó para sentarse junto a nosotr@s. Todo sucedió en un segundo, pero bastó: al no encontrar un sitio evidente donde sentarse, la señora me dedicó una mirada de reprobación, como instándome a hacerme a un lado. Yo pegué un respingo y obedecí de inmediato, de modo que la señora y  yo terminamos sentadas en el espacio equivalente al de una persona, mientras que el chico del móvil siguió, sin inmutarse, con la vista fija en el móvil, ocupando el espacio de dos. Como comprenderéis, a esas alturas yo ya estaba en una especie de trance. Cuando llegó el metro, casi pude detectar las briznas de polvo viajando a la velocidad de la luz. Pero también guardé silencio: no dije ni una palabra.

¿Por qué? Os preguntaréis. ¿Por qué no dice nada? ¿Es una ameba, es un protozoo, sacó un cero en el test de asertividad? No: con el silencio conseguí que todo se guardara intacto n mi memoria, esperando el momento idóneo para contárselo, palabra por palabra, a mi amigo neoliberal. Mi amigo neoliberal se cree fuerte y guapo, pero en realidad viste como su abuelo y en el fondo da bastante pena. Aunque yo no se lo digo porque quiero que siga siendo mi amigo: hablar con él me resulta muy útil. Si alguna vez está de acuerdo conmigo me preocupo muchísimo y pienso en la precariedad de mi criterio. Pero esta vez no me sorprendió: de hecho, una vez terminado mi relato, comentó con jocosidad, « ¡Pues vaya día de mierda que llevas, te ha pasado de todo!», como si lo que acababa de contar no fuese el pan de cada uno de los 365 días del año para cualquier mujer, así, escogida al azar. Solo porque yo me hubiera entretenido recopilando, jugándome la estabilidad psíquica y el buen humor, todos los síntomas de machismo recalcitrante padecidos en una mañana, no significa que fueran algo aislado, que no pudiera seguir haciéndolo hasta la eternidad, ¿no os parece? ¿Cuántas son, que recordéis, las anécdotas de este tipo que os suceden en un año… tres, doscientas, un millón? Así que le comenté a mi amigo, indignadísima, lo horrorizada que estaba por haber leído no sé dónde que había una mujer, una activista, que se autoproclamaba antifeminista y que dedicaba su tiempo y su esfuerzo a desmentir la existencia del patriarcado. Todo esto va en serio. ¿En serio? ¿En qué planeta vivía esa mujer, en Islandia? No pude leerlo todo, pero los tiros iban por donde siempre: por donde las talibanas de Reverte.  Que la sociedad (occidental, se entendía), ya no era machista. Que el feminismo tenía sentido antes, pero que qué era este birlibirloque de ahora. ¿De verdad eres una mujer?, le habría preguntado, de tenerla delante. Pero no la tenía delante, así que no pude preguntarle cómo lo hacía, qué habría hecho ella para pasar por alto todas las anécdotas que ambas padecíamos a diario, para no preguntarse absolutamente nada al respecto. Seguro que ella era mucho más feliz. Pero yo no podía evitar ver en todo aquello, en los folletos publicitarios, en el comentario del profesor, en el espacio del banco, las hojas más superficiales, también las más inofensivas, de todo el entramado que constituye el árbol de la sociedad patriarcal. Luego están los feminicidios y las violaciones. ¿O eso tampoco tiene que ver con el patriarcado?

Según él, no era el patriarcado, sino la mala educación, lo que llevaba al chico del metro a sentarse así.

Mi amigo neoliberal me miró de hito en hito. «Ya estás otra vez con la misma cantinela» dijo, visiblemente hastiado. Para él era todo muy sencillo. «Mira, esa chica del folleto se prostituye porque quiere. Vale que la señora del metro se ha equivocado porque no tendría que haberte llamado la atención a ti, sino a él. Y lo del comentario del profesor… perdona que te lo diga, pero tú ya ibas con los humos revueltos por lo del folleto publicitario, repiqueteando con todo ese rollo del patriarcado esotérico, y te has tomado el chiste muy a pecho. En otro momento, estando más relajada (greatest hit)  , seguro que no te lo habrías tomado así». Ajajá. Pobrecito mío, es tan previsible que dan ganas de meterlo en una bañera con un tostador enchufado. «Vale», le contesté, ascendiendo al Nirvana. «Ahora imagínate (si no es mucho pedir) que jugamos a no echarle la culpa al sujeto femenino de la acción, de las conductas o situaciones propiciadas por sujetos masculinos. ¿Cómo sería entonces?». Él me miró con cara de entenderme regular, pero aún así aceptó el juego. «Lo mires por donde lo mires es una cuestión de educación». Según él, no era el patriarcado, sino la mala educación, lo que llevaba al chico del metro a sentarse así. Tampoco era el patriarcado, sino la caballerosidad del profesor lo que le llevaba a hacer un chascarrillo con lo de sujetarme la silla, tal vez un poco inoportuno, pero era probable que ese mismo talante, en un contexto distinto, le llevaría, por ejemplo, a abrirme caballerosamente la puerta de un restaurante. Hasta él mismo se dio cuenta de que había cabos sueltos en esta última parte, porque no paraba de preguntar «¿Es eso malo? ¿Qué te dejen pasar primero es malo?». Preguntaba por la trascendencia del mal con mucha solemnidad, como un jedi. No sabía muy bien si era cuestión de buena o de mala educación. Tampoco supo localizar al sujeto masculino implicado en el caso de la chica desnuda del folleto. «¿El repartidor de publicidad?» preguntó, sonriendo como un gilipollas. Casi le doy una galleta.

Lo verdaderamente dramático de todo esto es la banalización a la que conduce. Igual que le sucedió a Rebecca Solnit mientras escribía “Los hombres me explican cosas”,   “me sorprendí a mí misma cuando me di cuenta de que al escribir este artículo comencé hablando de un incidente gracioso y acabé hablando de violación y asesinato. Esto me ayudó a ver de forma más nítida el hilo conductor que liga las pequeñas miserias sociales con el silenciamiento violento y las muertes violentas. Creo que comprenderíamos mejor el alcance de la misoginia y la violencia contra las mujeres si tomásemos el abuso de poder como un todo y dejásemos de tratar la violencia doméstica aislada de la violación, el asesinato, el acoso y la intimidación en las redes, en casa, en el lugar de trabajo y en las aulas; si se toma todo en conjunto, el patrón se ve claramente.” El patrón es la clave: el patrón de mala educación, claro.

 

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