¿Por qué tenemos que soportar las columnas de opinión machistas?

Es un hecho que distintos medios de prensa “prestigiosos”, sumado a nuestro uso general e incombustible de las redes sociales, nos obligan a topar de vez en cuando con algunas columnas de opinión que amargan el día a la más pintada.

Cualquier señor puede decir sandeces sobre las mujeres impunemente

Una está feliz con su existencia, se ha tomado un café calentito y unos dulces, y de repente ¡ZAS!, abre un post y se acuerda (por si lo había olvidado durante un milisegundo) que vive en una sociedad patriarcal donde cualquier señor puede decir sandeces sobre ella y las que son como ella (mujeres), sin coste de ningún tipo. Puede decir que los asesinatos machistas con los que convivimos casi a diario no son un problema social que nos concierne a tod@s, sino cosa de unos cuantos locos; puede decir que una violación perpetrada por cinco hombres en realidad fue deseada por la víctima; puede decir que las campañas contra el acoso sexual son barra libre para venganzas, calumnias y ajustes de cuentas; o puede cosificar impunemente a las mujeres que no importa, da lo mismo, al día siguiente los va a encontrar en su puesto, escribiendo en el mismo sitio y como si nada hubiera pasado. Esto le recuerda a una, como si pudiera olvidarlo, el lugar que ocupa en el orden de las cosas en esta sociedad de machos.

No solo tienen plataforma; también legitimidad para decir chorradas

Después de leer este tipo de barbaridades un día sí y otro también, y además en la prensa respetable (lo lógico sería no encontrarlas más allá de forocoches), una se queda con la sensación de que tiene que haber una “explicación” para todo esto. La lógica y el sentido común te dicen que lo más normal sería, sobre todo cuando se trata de escribir sobre temas que dejan decenas de mujeres asesinadas cada año y una violación cada ocho horas solo en España, que esas columnas de opinión pueriles que proliferan como setas en los medios de comunicación fueran sustituidas por diserciones de expertas/os en la materia, capaces académica e intelectualmente de plantear propuestas o soluciones, en lugar de afianzar y perpetuar el problema de la misoginia. Entonces, ¿de dónde viene esa tradición de publicarle a los columnistos lo primero que se les pasa por la cabeza (para después darles un chupa chups y permitirles ir al parque a jugar) y, más aún, en temas que tienen que ver con las mujeres? Una detecta aquí no solo plataforma para (medio en papel o virtual), sino potestad para (legitimidad auto y extra atribuida para escribir sandeces). Yo envié un texto a varias revistas sobre aeronáutica en el que argumentaba exhaustivamente que los aviones en realidad no volaban, sino que todo era un montaje de los EEUU, y nadie me lo publicó. ¿Por qué?

Es una cuestión de cultura patriarcal

Como siempre, se trata de una cuestión de cultura patriarcal. Utilizar una perspectiva histórica como medio de análisis nos saca de muchos atolladeros, pero claro, para eso hay que tener la voluntad de salir de la caverna. La historia de las opiniones masculinas fuera de recipiente se remonta a tiempos pretéritos, pero el último repunte significativo (y, por tanto, el que tiene más influencia en la actualidad) procede del surgimiento del liberalismo. Después de la Revolución francesa y el comienzo de la Ilustración, se destruyeron los pilares de la civilización patriarcal anterior (basados, como sabréis porque lo estudiamos incluso en el cole, en situar a Dios como centro y medida de todas las cosas, la religión como configuración de la sociedad y las clases sociales inamovibles y asumidas como presunto mandato divino), para empezar a construir la nueva civilización patriarcal, cuyos primeros cimientos ya se habían puesto en el Renacimiento: el centro y medida de todas las cosas se trasladó de Dios al varón blanco (no al hombre en sentido genérico, ni al ser humano, ni a los elfos silvestres, al varón blanco en privilegio exclusivo. Esto no nos lo dicen en el cole, donde utilizan las trampas del lenguaje no inclusivo para borrarnos en un supuesto “todo” neutro), la configuración de la sociedad se basó en teorías sociales, políticas, filosóficas, pseudocientíficas, etc. elaboradas por varones blancos, y las clases sociales como institución divina desaparecieron para dar paso a la “libertad individual” del varón blanco PERO (y esto es importante) a la conservación del estatus subordinado de la mujer procedente del sistema anterior, con la única diferencia de que ya no se podía culpar a Dios y ahora empezó a culparse a la naturaleza. Como veis, en cuanto a creatividad nada de esto tiene desperdicio.

Los Ilustrados insuflaron su opinión misógina como verdad canónica

Es en este momento histórico cuando surge la figura del “intelectual” tal y como la entendemos (como concepto) en la actualidad: un varón, blanco, heterosexual, burgués o de más arriba, generalmente con formación académica y sobre el que recaen todos los privilegios habidos en la sociedad occidental (básicamente porque los ha redactado él, y esto es como cuando en un concurso te dejan votarte a ti mismo). Estos intelectuales de la Ilustración diseñaron con sus textos las bases de la sociedad que llega hasta nuestros días, poniendo sumo cuidado en mantener la posición dominante de los varones blancos intacta. Por ejemplo, Rousseau decía de las mujeres que “agradar a los hombres, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce, he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia”; Comte decía de las mujeres esto otro : “Las mujeres son, en general, tan superiores a los hombres pos su mayor simpatía y sociabilidad, que inferiores a ellos en inteligencia y razón”, y muchos otros ilustrados misóginos no se quedaban atrás. Estas y otras muchas (que no solo tienen que ver con las mujeres) de sus opiniones canónicas, como es evidente además de haberse argumentado ampliamente y sin demasiada dificultad, encuentran su validez rotundamente mermada por numerosos sesgos, no sólo relativos a la misoginia, sino al etnocentrismo, al androcentrismo y al escaso rigor científico de sus propuestas. Obviamente no vamos a cometer aquí la osadía de exigir impecabilidad a una creación humana, pero dado que existen otros testimonios ilustrados menos sesgados y extrañamente menos fundacionales (véase Poulain de la Barre y su afirmación de que el intelecto  no tiene sexo, o el propio Condorcet y su argumentario favorable a la inclusión de las mujeres en el derecho de ciudadanía), tampoco puede achacarse, como suele hacerse llamativamente a menudo con el tema del machismo, a un defecto de “la época”. Si testimonios que iban en esta misma línea (misógina, androcéntrica, etnocéntrica) fueron los que se rescataron como válidos de entre todos los propuestos, fue precisamente porque interesaba construir una sociedad moderna donde los hombres blancos ganaran privilegios y donde el resto de individuos (mujeres, colonizados, etc) se mantuvieran bajo su dominio y subordinación.

Estos patriarcas machistas tomaron el testigo de guiar a la humanidad del mismo Dios

Así, la nueva cultura patriarcal demostró que lo que decía un hombre iba a misa pese a padecer numerosos sesgos; que contra todo pronóstico esto no mermaba su validez ni evidenciaba su partidismo, sino que oye, te vamos a nombrar padre de la cultura y todo. ¿Os imagináis la responsabilidad de tomarle el testigo a Dios? Era necesario institucionalizar la legitimidad de la opinión fuera de recipiente del varón blanco, refrendada por sus caras sucesivas en nuestros libros de texto (que no en nuestras biblias) y por la aparente intocabilidad de sus argumentos, como si hubiera algo en el mundo susceptible de no ser cuestionado. Dicha institucionalización se produce, igual que sucede con las reliquias de los santos, con la transmutación de sus opiniones vistas como simples despojos humanos a considerarlas santas fundadoras de cultura. Esto sucede fundamentalmente por medio de dos fenómenos: por el ascenso a los altares de la experiencia individual masculina como valor inherente (como algo que por alguna razón nos tiene que importar a todas) y por el mantenimiento de una mayor o menor lealtad (referencial o no) a lo que dijeron los papis patriarcas del pasado, que al fin y al cabo son los que les han traído hasta aquí (así, Rousseau, Comte y demás no decepcionaron a Santo Tomás, San Agustín, y demás patriarcas anteriores conservando intacto el estatus subordinado de las mujeres, y los columnistos actuales siguen igualmente su mandato de misoginia académica).

Nuestros columnistos pueden decir lo que les de la gana

Por todo esto nuestros columnistos opinan tan libremente y con tanta impunidad: por esta idea de origen cultural (como todas) de que un hombre puede decir lo que le dé la gana, que por mucho que esté metiendo la pata hasta el fondo es posible incluso que le den un premio (porque no se lo da el éter, sino los amigotes que se van de birras con él y luego le regalan un asiento en la Real Academia Española). No en vano, el presente artículo surgió cuando en este medio nos dimos cuenta (tras 42 textos publicados) de la cantidad de tiempo y palabras que dedicamos a rebatir algo que en realidad es irrebatible: a saber, la irreflexión, el autobombo, la absoluta superficialidad, en definitiva, la impunidad que otorga a estos “intelectuales” el que su posición venga dada (o, como mínimo, especialmente favorecida) por un sistema desigual donde el prestigio de lo que dice/escribe un hombre viene avalado por su sexo, pese a adolecer de sesgos analíticos y argumentales (lo ético ya lo dejamos para otro momento) muy lejos de ser aceptables. De lo asombroso y reincidente (y ya cansino) del escaso o nulo rigor intelectual que demuestran los adalides de la libertad individual encarnados en articulistas, novelistas, políticos, en su gran mayoría varones, a la hora de argumentar sobre algo relativo a las mujeres. Nosotras, como mujeres, agradecemos la parte que nos toca (quien no se consuela es porque no quiere): que se nos exija, en cambio, tantísimo. Nos hace cada vez más sabias y nos proporcionará las herramientas para acabar con este sistema. Aunque yo de momento me conformo con que mis sobrinas no tengan que ver el careto de estos tíos en sus futuros libros de texto.

 

 

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