El uso del lenguaje desde una perspectiva de género

El lenguaje es la forma de comunicarse de la sociedad y que, como ella, evoluciona a lo largo del tiempo,  adaptándose a las distintas realidades sociales e históricas, transformándose igual que se transforma el pensamiento y el conocimiento de los y las hablantes.

Si no visibilizamos ni introducimos a la mujer en la realidad social incluyendo el lenguaje, hacemos como si no existiera.

Si una lengua no evoluciona, como el latín o el griego clásico, mueren (lenguas muertas). Podemos percatarnos fácilmente de esas transformaciones con las introducciones constantes de nuevas palabras en nuestra vida. Por ejemplo, en 2012 la Real Academia de la Lengua Española introdujo más de mil nuevas palabras, entre ellas billonario/a, bloguero/a, friki, manga o chat. De una forma sencilla podemos identificar los movimientos políticos, sociales, culturales, tecnológicos y económicos que han llevado a la necesidad de nuevas palabras para expresarse. Un ejemplo es el término euroescepticismo, cuyo origen tiene lugar en el movimiento ideológico en oposición a la UE. Aún así instituciones lingüísticas como la misma RAE cuenta con conceptos machistas en su diccionario. Por una parte, opino que si esas palabras existen y se usan, desgraciadamente, en nuestra lengua, pueden figurar en el diccionario, aunque espero que con la lucha feminista en España se consiga eliminar algunas definiciones incluidas como “mujer mundana”* que quiere decir “prostituta” o, con un lenguaje misógino más explícito, “sexo débil” como “conjunto de las mujeres” y “sexo fuerte” como “conjunto de los hombres”. Cabe decir que actualmente de los cuarenta y cuatro académicos y académicas que conforman la institución, sólo ocho son mujeres; y creo que esta distribución desigual influye enormemente en su funcionamiento y caídas en el androcentrismo. La lucha por la visibilización de la mujer en el lenguaje es otro de los movimientos que tratan de transformar la forma en la que nos expresamos, siguiendo la evolución natural de las lenguas. Si no visibilizamos ni introducimos a la mujer en la realidad social, hacemos como si no existiera, la reducimos a lo masculino como parte insignificante de la sociedad. Negar la inclusión femenina en el lenguaje va en contra de los derechos fundamentales de existencia y de representación de esa existencia en el lenguaje.

Creo que es interesante el significado o el sentido que le damos a ciertas palabras según su género. Todos sabemos que en nuestra lengua hay palabras que se identifican con un género u otro según su significado. Por ejemplo: fuerza, razón, fiereza, sugieren lo masculino, aunque su género gramatical sea femenino; en cambio, palabras como: amabilidad, belleza, fertilidad, sugieren lo femenino. El análisis del lenguaje, desde el punto de vista del género, es un campo que ha interesado a muchas lingüistas feministas, como J.Greville Corbett, que analizó más de 200 lenguas buscando la relación entre el género gramatical y el puramente social.

En los ejemplos anteriores, todas las palabras eran femeninas desde el punto de vista gramatical, pero se relacionaron con el género masculino y femenino desde el punto de vista social por su significado, con los roles de género asumidos y heteronormalizados que son asignados a hombres y a mujeres, y a las palabras consideradas representantes de dicha masculinidad o feminidad.

Hay palabras abstractas que tienen un significado más amplio, incluso romántico,  y relacionamos su género con ese simbolismo.

Hay palabras abstractas que tienen un significado más amplio, incluso romántico,  y relacionamos su género con ese simbolismo. Un posible ejemplo sería el concepto “bondad”, que es femenino gramaticalmente y que nos sugiere lo femenino desde el género social (la mujer como ser bondadoso, que da y cuida, santificada).

Pienso que el género gramatical de algunas palabras cambia nuestra percepción de ella, pasamos a relacionarlas con los estereotipos de género y de una forma inconsciente, incorporamos dicha asociación a nuestra expresión hablada y escrita como si fuese una norma ortográfica más. Pero, y es aquí es donde me entra la curiosidad, si hay diferencias en cuanto al género gramatical de las palabras según la lengua y por tanto la zona geográfica del hablante, ¿habrá también diferencias en su significado?

Esta cuestión me la planteé cuando comencé con mis estudios de alemán, allá por el 2015, y sobre todo cuando viví allí durante un año, pudiendo ver esas diferencias en primera persona. Alemania es un país muy distinto al nuestro por muchos motivos, desde geográficos hasta sociales y culturales, que influye en la percepción de las cosas y el pensamiento de la sociedad. Hasta el clima puede influir en estas diferencias, ya que es otro factor que afecta al desarrollo social. Todos hemos oído eso de que los alemanes son “muy cuadriculados y fríos”. Pues bien, cuando comencé a aprender esas listas de vocabulario interminables me percaté de que en muchas palabras varía el género gramatical con el género de la misma palabra en español. Por ejemplo, el tomate (género masculino en español) y die Tomate (género femenino en alemán). Estas diferencias parecen insignificantes, pero hay conceptos abstractos a los que les hemos dado un significado más allá de su definición, una visión romántica. Es el ejemplo del Sol y la Luna. Así que investigué.

En castellano luna es femenino y sol masculino. En alemán es al revés, y su idea nos evoca imágenes radicalmente distintas.

En España, relacionamos la Luna con lo femenino (coincide el género gramatical con el género desde el punto de vista social), la luna es la mujer, brillante, misteriosa, pálida, mágica, que provoca mareas y tiene relación con los partos y el ciclo menstrual según la cultura popular. En cambio relacionamos al Sol (género masculino) con lo masculino, el sol es fuerza, es fuego, agresivo, peligroso quizás, centro del mundo, brilla por luz propia no como la luna, los dioses griegos y latinos muestran al Dios del Sol en su mitología como un Dios varón, fuerte, de gran poder.

Pero, ¿qué ocurre en nuestro vecino germano-hablante? En alemán, Sol es femenino (die Sonne) y Luna es masculino (der Mond), ¿cambiará también la significación que se le atribuye a los conceptos? Para contestar a estas preguntas, le pregunté a unos amigos alemanes (sin que supieran la razón de mi curiosidad) qué simbolizaban para ellos el Sol y la Luna. Sus respuestas fueron las siguientes:

Die Sonne, lo relacionan con lo femenino, como una esfera redonda que recuerda al vientre materno, a la fertilidad, caliente, alegre, proporcionadora de vida, relacionada con la madre tierra. En cambio, der Mond lo relacionan con lo masculino, la luna es una roca fría, muerta, en la noche oscura, que inspira terror y miedo.

Por ello, veo interesante como cambia el significado de esas palabras según la percepción de individuos criados en distintas sociedades, con distintas culturas y geografías. Lo que está claro, es que tenemos algo en común: ambos nos situamos bajo un sistema patriarcal.

Sin darnos cuenta, y a pesar de sí enterarnos, caemos con nuestra forma de expresarnos en numerosos estereotipos de género, nombramos las cosas según el valor que le damos, si es algo completo, si es plural o reducible. Creo firmemente en que es necesario cambiar nuestra forma de comunicarnos, usando un lenguaje que no discrimine, que sea justo e inclusivo, y que trate las personas con el mismo valor y dónde todas se vean representadas. Referirnos a una mujer que vive libremente y sin ataduras su sexualidad como “puta” o “zorra”, lleva consigo más que un calificativo negativo, da un mensaje que se va propagando acerca de las libertades sexuales para las mujeres, ejerce un juicio y un valor, distinto al que se le daría a un hombre en esa misma situación, siendo en este caso “halagado” con calificativos positivos como “máquina” o “ligón”.  Este es sólo uno de los múltiples ejemplos en el que el lenguaje es usado como otro método de opresión para la mujer. Si queremos cambios en la situación global de la mujer y si queremos que se represente a la mujer en condiciones de igualdad con respecto al hombre, primero debemos (por lo menos) nombrarla.

Bibliografía

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