Perdona, pero yo también soy española.

Perdona, pero yo también soy española. También me echo la siesta, también ceno después de las ocho de la tarde, también me reúno con mi familia casi todos los fines de semana.

Perdona, pero yo también me emocioné (lloré) cuando la selección masculina de fútbol ganó el mundial: también me pinté la cara, me puse mi camiseta roja, cogí mi bandera de España y me fui a la calle a cantar y gritar como una loca. Escucha, porque a mí también me han conmovido las procesiones de Semana Santa: también he disfrutado en las tardes tibias de primavera de un desfile de pasos y nazarenos, de música y devoción. Y lo siento, pero a mí también me fascinaron las corridas de toros: también me senté con mi abuelo en la mesa camilla del salón a ver los encierros en la tele, para que él me explicara el papel del toro y del torero, toda la idiosincrasia reunida a su alrededor.

Todo esto también soy yo.

Decenas de mujeres mueren al año sin que su Gobierno considere esta pérdida un asunto de Estado.

Yo también soy española y, sin embargo, mi vida no parece importar demasiado. Decenas de seres humanos como yo, de mujeres, mueren al año en mi propio país sin que su Gobierno considere esta pérdida un asunto de Estado. Sin que se convierta en una prioridad política, aunque guardemos más de cien minutos de silencio al año (que ni siquiera lo hacemos), y todo por no querer ponerle a la violencia machista el apellido que transformaría su combate en algo real: el apellido de “terrorismo”, aunque realmente ningún terrorismo deje tantas víctimas.

Yo también soy española y, sin embargo, mi amor no parece importar demasiado. Porque soy una mujer que ama a otras mujeres y el Gobierno de mi país consideró que la unión con mi pareja no podía ser tan legítima como una unión heterosexual: así, intentó por todos los medios que no se llamase “matrimonio”, porque esto “desvirtuaba” esa sagrada institución.

Salirse de la norma da miedo porque te deja sola en el ojo del huracán.

Yo también soy española y, sin embargo, se me ocurren muchísimos ejemplos, de mayor o menor importancia, en los que me he sentido abandonada por el Gobierno de mi país, ninguneada, excluida, desprotegida, impotente. Y todos estos ejemplos han tenido que ver con disentir. Con alejarme de la normatividad: por ejemplo, siendo una mujer y no un hombre; o siendo lesbiana y no heterosexual. Y por supuesto que salirse de la norma da miedo: porque te deja sola, en el centro de la diana, en el ojo del huracán. La norma es la mayor zona de confort que tod@s hemos conocido. Porque tener claro lo que hay que hacer, lo que “dios manda”, es importante. Porque una vez cae una certeza, pueden caer todas: y nos han dicho que esto es aterrador.

Pero no lo es.

Creedme.

Es pura euforia. La existencia se convierte en un reto. En pura creatividad.

Pero también en pura responsabilidad. Porque la cultura (cualquier cultura), aunque tenga un valor indiscutible, es puro artificio. Es, a grandes rasgos, un conjunto de convenciones: de convenciones construidas por seres humanos, erigidas entre seres humanos. Y si hay algo que sabemos con certeza es que los seres humanos no somos perfectos.

Disentir de la norma me hizo reparar en los pequeños grandes fallos del sistema.

Así, disentir de la norma me hizo reparar en los pequeños grandes fallos del sistema. Me hizo reparar en que celebrar un mundial de fútbol de la manera que lo hicimos tiene mucho de cosas que ya no son deporte: que el deporte puede convertirse en una excusa para expiar frustraciones personales, delirios de grandeza, nacionalismos exacerbados y masculinidades patológicas. Y reparar en eso no me hizo menos española.

Disentir de la norma también me ayudó a ver el mundo a través de los ojos de otr@s: pude reconocer que toda la parafernalia que montamos en Semana Santa, con sus cortes de tráfico, su periódico estruendo de campanas y demás, resulta incómodo para aquellos que no profesan o no practican la fe católica. Y que tal vez no era mucho pedir que mi comunidad de vecinos no pusiera el grito en el cielo cuando la comunidad de al lado celebrase su ramadán cantando a las dos de la mañana. Porque si hoy por ti, mañana por mí: y escuchar sus voces de madrugada calmó algo en lo más profundo de mi ser. Y sonreí. Y no fui menos española por eso.

Pero disentir también me ayudó a entender que los animales no son instrumentos al servicio de los humanos: son seres vivos que respiran y sufren. Así que me horroriza lo que los toreros hacen a los toros, me horroriza verlos sangrar y morir entre terribles estertores. Quiero que prohíban esta práctica. Y esto no significa que mi abuelo haya desaparecido de mi memoria o que quiera borrarlo de mí: solo he descubierto que las convenciones que compartimos y nos unieron en el pasado no eran más que una excusa, una herramienta, para cultivar nuestro afecto. Y ese afecto sigue intacto. Así que no soy menos española por ello.

Todo debe permanecer como está porque si cambia algo, todo puede cambiar. Y a ti esto te acojona.

Quería decirte todo esto para que entiendas por qué te compadezco. Por qué sentí tanta pena por ti cuando te vi el otro día, apostado a las puertas de tu ciudad, envuelto en una bandera de España y gritando “¡A por ellos oé, a por ellos oé…!”, como en aquel partido de fútbol, a la Guardia Civil que partía rumbo a Cataluña. ¿Realmente querías que fueran “a por ellos”, que pasara todo lo que ha pasado? ¿Querías que rompieran los dedos de las manos a la gente, que reventaran algún que otro ojo y alguna que otra costilla con sus rifles de bolas, que patearan ancian@s por las escaleras y que hicieran tocamientos a mujeres? No sabes cuánto deseo equivocarme, pero realmente creo que sí, que es exactamente lo que querías: porque tú no has disentido. Porque tú has permanecido impávido envuelto en tu bandera, utilizando arengas deportivas en un contexto político, porque el ruido y la parafernalia de la Semana Santa son legítimos pero habría que prohibir a esos moros que cantasen, porque el toro no sufre o si sufre debe joderse en pos de un bien superior. Todo debe permanecer como está porque si cambia algo, todo puede cambiar. Y a ti esto no te parece un reto: te acojona. Y además sabes por qué. Sabes que es porque eres un cobarde. Pero la cobardía se difumina si todos gritamos lo mismo y a la vez, ¿verdad? Pues a por ellos.

A por los que han disentido. A por los que no entienden España como la entiendo yo (como “hay que entenderla”), a por los que incluso no quieren ser españoles. Porque esto es lo que pasa: que es duro afrontar lo que hay de miseria, de inhumanidad y de cobardía en uno mismo, así que resulta mucho más fácil proyectarlo fuera. Los malos son los otros, no yo. Los que se equivocan son los otros, no yo. Esto es una estrategia militar: anula la empatía y ya me da igual que te revienten un ojo o que te rompan un dedo. Eres mi enemigo.

A Rajoy no le importas tú, solo le importan tus votos.

Pero no te equivoques: te crees acompañado y estás solo. Te crees a salvo y estás en peligro. Porque nadie sufre como sufres tú, envuelto en tu bandera y arengando. ¿O eres tan ingenuo como para pensar que el Gobierno sufre contigo? ¿Crees que Rajoy sufre como tú? Sí, claro que lo piensas: por eso les está resultando tan fácil utilizarte. Hacer contigo lo que quieren y aún así conseguir que les votes una y otra vez. Porque tu miedo es el más antiguo del mundo. Es el miedo a lo diferente. Por eso te gustó tanto el discurso que hizo Rajoy después del desastre de ayer: porque no se arrepintió de nada, no mostró fisuras ni vulnerabilidad y proyectó toda la culpa fuera de él. Y por supuesto, todo ello con un lenguaje muy decimonónico, apelando al honor y a los valores. Porque él sabe que esto mitiga en parte tu sufrimiento y te hace sentir seguro, pero él lo dice desde la decadencia y la superficialidad. No le importas tú, solo le importan tus votos.

Si no, ¿por qué crees que lo de ayer no se solucionó como en el 9N? Era exactamente lo mismo. No era un referéndum válido, estaba deslegitimado por toda Europa, no iban a conseguir absolutamente nada. Pero no: el uno de Octubre se liaron a palos con la gente que solo quería votar (y cuyo voto, repito, iba a apelar a poco más que al simbolismo) porque tú se lo pediste. Porque tú se lo suplicaste desde distintos puntos de España. Y no iban a perder la oportunidad de ganar tu voto.

Así que lo siento muchísimo por ti. Ojalá algún día dejes de sufrir. Porque derribar certezas es un privilegio, pero implica mucho valor. Nos hace libres. Y no sé si alguna vez podrás serlo tú también.

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