Reinventando el mito: Ariadna

La mitología griega es parte de nuestras raíces europeas y es uno de los referentes simbólicos más importantes de nuestra cultura, por eso resulta interesante estudiarlo y reinterpretarlo.

El mito de Ariadna nos cuenta que era la hija del rey de Creta, Minos, y Pasifae. Su padre tenía en un laberinto al minotauro, a quien habí­a que alimentar con gente ateniense cada nueve años, como consecuencia de una batalla perdida contra Creta. La tercera ocasión en que los atenienses debí­an enviar su tributo, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, se ofrece a ir y matar al minotauro para liberar a su pueblo. Ariadna se enamora de él y decide ayudarle con un hilo que le permitiera salir tras matar al minotauro. Lo hace para que se case con ella y la lleve con él.  En el trayecto hacia Atenas, la joven es engañada y abandonada por Teseo, aprovechando que está dormida. Dionisos, dios del vino, la encuentra dormida en la playa y cae rendido ante su belleza.

En las Heroidas de Ovidio encontramos la carta que le escribiría Ariadna a Teseo tras su abandono, estas son algunas líneas que nos dan a conocer al personaje:

“Y aunque las ondas no me diesen guerra. Ni el viento, seré siempre desterrada: Tanta miseria y mal en mí se encierra. No te merezco ver, oh Creta amada.”

“No me será el morir pena excesiva, Con tal que maniatada no me vea Con ásperas cadenas y cautiva.”

En el siguiente relato, se mantiene cierta simbología del mito original. Ariadna ha sido trasladada a comienzos del siglo XXI, continúa siendo una mujer joven que desea romper con el patriarcado al que ha sido sometida, pero no tiene miedo y se da cuenta de que no necesita pasar de la protección de un padre a la de un esposo. Ya no es un personaje a merced de las circunstancias que le vienen impuestas desde fuera, si no que las aprovecha.

Entré corriendo al despacho de mi padre y cerré dando un portazo. Nos quedamos mirando el uno al otro un par de minutos hasta que decidió, por fin, preguntarme:

  • ¿Has venido a pedir perdón?

Le respondí negando con la cabeza. Mi pecho latía a toda prisa, pero las palabras que sostenía en mi garganta, cargadas de rabia contenida durante años de sumisión, no lograban salir, por temor a empeorar la situación.

  • Entonces ya sabes qué tienes que hacer. – Dijo, volviendo la vista hacia los papeles que tenía sobre la mesa.

Efectivamente, lo sabía. Levanté la cabeza, intentando mostrar seguridad, aunque sabía que no me dirigía la mirada, y asentí. Rápidamente, giré sobre mis pies y salí del despacho. Me dirigí a mi cuarto y busqué mi maleta pequeña. Como no la encontraba, fui al cuarto de Fedra. Mi hermana tenía costumbre de coger mis cosas sin mi permiso. No la vi, así que cogí la mochila más grande que encontré entre las cosas de mi hermana. Sin apenas tiempo para pensarlo, la llené con algo de ropa, la pequeña caja de costura que me regaló mi madre por mi décimo cumpleaños y cogí el dinero que tenía guardado en el segundo cajón de la cómoda. Se oían gritos en el despacho de papá. Anduve por la casa buscando a mamá, no estaba ni en su habitación ni en el baño, ni en el jardín. De repente, me di cuenta. Tal era mi estado de ansiedad que no había reconocido su voz entre los gritos de mi padre. Estaban discutiendo.

No puedo irme sin despedirme de ella – pensé.

Se hizo el silencio en la casa. La puerta del despacho se abrió y bajó las escaleras. Tenía los ojos rojos de aguantar las lágrimas, pero al verme con la mochila en la puerta, no pudo contenerlas más. Me abrazó y dijo que esperara. Sabía que ella no haría preguntas, que no me juzgaría por lo que había hecho. A los pocos minutos volvía a bajar las escaleras:

-Toma, Ariadna, hija. – dijo, entregándome unos billetes que traía arrugados en su puño. Después se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y me lo puso, apartándome el pelo de la cara.

Debí haberle dicho que se quedara el pañuelo, yo lo cosí para ella, pero no pude. Ninguna de las dos pestañeó, como si al cerrar los ojos durante una milésima de segundo pudiéramos entorpecer el recuerdo que nos quedaría de aquel momento. Le di un beso y agarré la manilla de la puerta. No había marcha atrás. Había traicionado a mi padre y había llegado el momento de afrontar las consecuencias de mi decisión. Teseo me esperaba a pocos metros fumando dentro del coche. Él deseaba volver a su hogar cuanto antes y yo tenía que abandonar el que había sido siempre el mío, así que monté en el coche y me acerqué a besarle en los labios, pero me ofreció la mejilla con aire distraído. Tiró el cigarrillo y puso el coche en marcha.

Durante el trayecto, mientras la luz del sol iba apagándose poco a poco, fui rememorando todo lo que había pasado en las últimas 48 horas de mi vida, y eso me mantuvo callada y concentrada. La llegada de Teseo a la fiesta, aquel joven abogado de mirada desafiante contándome sus planes para desacreditar a mi padre, mi debate interno sobre si ayudarle o avisar a mi padre… Había sido la primera vez que hacía algo que nadie esperaría de mí y todavía no sabía si era lo correcto o no, pero tenía claro que no podía seguir así, bajo la presión que ejercía mi padre sobre todo lo que yo hacía en cada momento.

No sé si su sonrisa fue el desencadenante de todo, como algo que yo había estado esperando, sin saberlo, y que me hizo querer dejar atrás todo lo que hasta entonces conocía. Entonces vino ella a mi cabeza: mi madre, engullida en un matrimonio que le había dado más disgustos que alegrías. No, yo no quería eso. Ella tampoco quería eso para mí. De niña me enseñó a coser porque a ella le ayudaba a olvidarse por un rato de sus obligaciones. Pasábamos horas en silencio o hablando sobre telas, hilos y puntadas. Era la única manifestación de creatividad que se nos permitía en casa y lo aprovechábamos.

Debí quedarme dormida al poco tiempo. La noche anterior estaba tan alterada que fue imposible descansar. Además, me llevó mucho tiempo armarme de valor para entrar en el despacho, temía que, si hacía ruido, me sorprendieran hurgando entre los documentos, y una vez los había cogido, no pude, tampoco, dormir.

No puedo calcular cuánto tiempo estuve durmiendo, pero cuando desperté, era de día y el coche estaba parado en el aparcamiento del aeropuerto. En el asiento de Teseo había una tarjeta a mi nombre. No me sorprendió, aunque me dolió que lo hiciese de esa forma tan fría, de alguna forma, yo sabía que pronto nuestros caminos se dividirían. Entré al aeropuerto y me dirigí a uno de los puestos de información de la aerolínea que figuraba en la tarjeta. No había mucha gente en la cola, así que no tuve que esperar demasiado. Una mujer rubia con un moño apretado me sonrió:

– Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

– Buenos días. ¿Podría decirme cómo puedo sacar un billete con esta tarjeta? – se la mostré.

– Por supuesto. ¿Dónde desea viajar?

– ¿Puede decirme los vuelos que salgan hoy mismo?

– Un momento…París, Berlín, Oporto, Florencia, Copenhague…

– ¡Florencia! – Le interrumpí. ¿Hay suficiente saldo?

– Veamos… Si. Saldría usted dentro de 3 horas.

– Perfecto.

– Aquí tiene. Diríjase a control de equipajes. Muchas gracias.

Le sonreí al tiempo que sentía un escalofrío por la espalda y de pronto caí en la cuenta que no había comido nada desde la comida del día anterior. Una vez pasado el control debía comer algo.

Florencia. Había soñado con visitar la Toscana desde niña, mi padre defendía que era la tierra donde se hacían los mejores vinos, y mi madre me decía que las mejores boutiques de moda se encontraban allí. Apenas lo había pensado, pero me sentía totalmente relajada y feliz. Florencia me parecía el lugar perfecto para comenzar mi nueva vida.

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