Katie y el árbol

La tomé de la mano para llevarla junto a mi árbol favorito del jardín: no es el más grande, ni tampoco el más vistoso, pero es singular en un sentido que tal vez sólo yo puedo apreciar. Asciende desde unas raíces nudosas que sobresalen grotescamente de la tierra, para luego ir alisándose en una conformidad que finalmente estalla en la copa verde musgo, tan rizada que casi parece celebrar algo. Como yo, este árbol parece haber sufrido al nacer para volverse bello en el presente.

Al principio me sorprende que Katie me siga sin excusarse (al fin y al cabo, ¿quién soy yo sino la más pequeña y por tanto la menos audaz de sus amigos?) pero después vuelve a revolotear en mi pecho esa certeza, esa esperanza alimentada por el deseo de que me aprecia como yo aprecio este árbol aparentemente anodino: percibe algo en mí que los otros pasan por alto y eso me conmueve hasta un límite que temo expresar.

Le cuento a Katie el secreto de mi árbol, advirtiéndole que deberá corresponderme enterrando en su base un objeto que sea muy preciado para ella. Sonríe y trata de persuadirme para que regresemos a casa, para coger uno de los dedales esmaltados que utiliza para coser.

¿Un dedal?, repito, contrariada. Por un instante siento que me he equivocado con ella: que he ido demasiado lejos creyendo que comprendía la naturaleza del vínculo que pretendo establecer entre nosotras. ¿Crees que enterrando uno de tus diez dedales bastará para convencerme de tu amistad?

Katie me mira fijamente y me resulta imposible descifrarla. ¿Se tambalea, se arrepiente de haber confiado en que mi propósito sería inocente, o le halaga que pretenda estrechar aún más nuestra afinidad?

¿Y qué quieres que entierre, pequeña?, pregunta, relajando de nuevo sus facciones. Yo pienso en la pulsera plateada de su muñeca, esa a la que parece encomendarse en los momentos de dificultad: esa por cuya superficie desliza los dedos una y otra vez, conjurando el valor para correr por donde mi hermano dice, para saltar cerca del acantilado.

No titubeo cuando le digo: entierra tu pulsera. Creo que acaba de comprender que esto no es ningún juego de niños. Pronto Katie me pertenecerá para siempre, y yo le perteneceré a ella.

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