La (no) genitalización del deseo lesbiano

Mi amiga soltó una carcajada: la cuestión es que las dos eran “vírgenes” (esa gran palabra, en el top ten del diccionario heteropatriarcal).

Voy a contaros un episodio que a cualquier persona heterosexual que lo lea, o incluso a cualquier hombre homosexual, le resultará bastante inverosímil: el otro día estaba con unas amigas tomando café, cuando se me ocurrió preguntar por alguien a quien hacía tiempo que no veía. Era una chica, colega de otra que sí estaba en la mesa, que algunos meses atrás nos contó que estaba empezando su primera relación con una mujer. Acababa de descubrir que era lesbiana. Su historia se me quedó en la memoria porque me pareció muy entrañable, así que le pregunté a mi amiga si a la nueva pareja le seguía yendo igual de bien. <<Sí, sí, siguen enamoradísimas>>, me dijo. <<Lo único que tenemos que quedar con ellas porque bueno, ya sabes, quieren que veamos alguna película o que les comentemos algo… sobre, bueno, ya sabes, qué hacer>>. En un primer momento me quedé estupefacta. << ¿Sobre qué hacer?>> repetí, sin entender nada. Mi amiga soltó una carcajada: la cuestión es que las dos eran “vírgenes” (esa gran palabra, en el top ten del diccionario heteropatriarcal), por supuesto no conocían “hembra”, pero resultó que hasta la fecha tampoco habían conocido “varón” (probablemente por aquello de que no les gustaban). En principio la inexperiencia podría haber bastado para justificar la ignorancia, pero mi mente, de naturaleza crítica, no pudo evitar preguntarse si la situación sería la misma de haberse tratado de una iniciática pareja heterosexual, o incluso de una pareja homosexual masculina. Está claro que tod@s hemos tenido dudas acerca de nuestra destreza sexual. ¿Sabré hacerlo? ¿Le estará gustando? ¿Querrá volver a verme, siquiera en pintura, después de esto? Pero (porque tenía que haber un pero) yo no podía dejar de darle vueltas a las palabras textuales de mi amiga: porque, de hecho, no era en absoluto lo mismo tener dudas acerca de qué hacer, que tenerlas acerca de cómo hacerlo. Y ella dijo “sobre qué hacer”. El qué es siempre una etapa previa al cómo: para interrogarte sobre cómo, primero tienes que saber qué. Y todas aquellas preguntas que nos habíamos hecho (¿Sabré hacerlo? ¿Le estará gustando?, etc) trataban acerca del cómo. Entonces, ¿cuál era la desventaja de aquella pareja lesbiana? ¿Por qué se preguntaban qué, en lugar de cómo?

Todavía no se ha escrito lo suficiente, no se ha teorizado lo suficiente, acerca de la sexualidad falocéntrica que nos rodea.

Lo que está claro es que para tener dudas acerca de nuestra destreza sexual, primero tenemos que conocer, aunque sea a grandes rasgos, en qué consiste el acto sexual: tanto si nos acercamos a él por primera vez con 500 horas de porno sobre nuestros hombros, como si lo hacemos tras tres lecciones de anatomía. Pero, tanto si lo hacemos con 500 horas de porno como tras tres lecciones de anatomía, vamos a encontrar un denominador común en lo que se refiere al acto sexual: la penetración. Siempre que cualquier se vaya a acostar con un varón, y más aún si estamos hablando de encuentros iniciáticos, no va a tener dudas acerca del qué, aunque pueda tenerlas acerca del cómo. Pene, ergo, penetración. Esto parece de Perogrullo, pero no lo es en absoluto: todavía no se ha escrito lo suficiente, no se ha teorizado lo suficiente, acerca de la sexualidad falocéntrica  que nos rodea, de la importancia sobredimensionada que se da a la penetración. Porque esta sobredimensión ocupa todo el imaginario sexual apriorístico, y claro, casi te olvidas de que existen otro tipo de seres humanos, con otro tipo de genitales, que tienen sus propios mecanismos de placer al margen de la mera existencia de recipientes que les otorga el falocentrismo.   Además, te puedes encontrar con casos de encuentros sexuales iniciáticos donde no hay varón de por medio y entonces, LOL, se produce el cortocircuito en Matrix.

Remarcar el concepto de “iniciación” es importante en este caso, porque no vamos a hablar tanto de lo que las lesbianas terminamos descubriendo que podemos hacer en la cama (aparte de punto de cruz), sino de cómo se construye en principio nuestro deseo, desde la nada más absoluta. Para ello tenemos que remontarnos hasta nuestra más tierna adolescencia (o a lo mejor no tanto, depende del momento en que cada una descubriera su homosexualidad) y rememorar qué era lo que sentíamos y cómo lo sentíamos. Puede ser complicado si llevamos varios años habitando el lesbianismo, ya que nuestras percepciones y nuestra experiencia actual podrían adulterar el recuerdo de aquellos inicios: aun así, creo que basta con interrogarse sobre una sola cosa para que podamos entrar en materia. Entonces, ¿alguna recuerda si, la primera vez que se sintió atraída por otra mujer, pensaba en su coño? ¿Si fantaseaba con el coño de esa otra mujer, sobre qué aspecto tendría, sobre las cosas que le haría de tenerlo delante? Me aventuro a imaginar que la mayoría responderéis que no: y esta coincidencia, aunque parezca una casualidad cósmica, desde luego no lo es.

En los escasos juicios por homosexualidad femenina de los que tenemos constancia entre los siglos XVI y XVIII, las únicas condenas se produjeron en los casos donde se pudo demostrar que una de las mujeres había utilizado algún elemento, sucedáneo del falo, para penetrar a la otra.

Tampoco tiene mucho que ver con el pudor: bueno, sí, pero no con un pudor natural, sino con un pudor construido socialmente. Un pudor construido que condiciona nuestra manera de aproximarnos por primera vez al deseo y a las fantasías derivadas de él. Este condicionamiento viene de la mano de la escasa, perversa, sesgada, biologicista, falocéntrica, etc, educación sexual que el sistema heteropatriarcal en el que vivimos concede a las mujeres. Para empezar, ¿cómo voy a pensar siquiera en interactuar con el coño de mi amante si apenas conozco el mío? La relación de las mujeres con la masturbación es terreno vedado: mientras que desde tiempos inmemoriales se ha considerado algo casi inevitable que los varones empiecen pronto a masturbarse, en el caso de las mujeres ha supuesto siempre un enorme tabú.   Con la pornografía pasa algo parecido, pero peor: si tradicionalmente su consumo tampoco ha sido feudo femenino, ya es triste que las que si la han consumido lo hayan tenido que hacer a través de una herramienta tan precaria, misógina, violenta y, una vez más, falocéntrica, como el porno heteropatriarcal, que si nos ayuda a algo es a tomar conciencia de nosotras mismas como objetos sexuales y nunca como sujetos. Pero esta invisibilización del coño como genital con identidad propia, al margen de simple complemento del falo, viene de muchísimo más lejos, operando en ámbitos de lo más dispares: desde el refranero popular al psicoanálisis, pasando por el diseño o el urbanismo. Cultura heteropatriarcal, se llama. Por ejemplo, si empezamos por el refranero, ¿cómo definiríais el sexo entre lesbianas? “Pan con pan, comida de tontos”. O de tontas, en este caso. Pero, ¿a qué se refiere este manido “pan con pan”, qué quiere significar? Un bocadillo de pan representa el absurdo, la ausencia del condimento que le da sentido. ¿Y cuál es el condimento que le da sentido en este caso? ¿Se os ocurre algo? Exacto, sin un falo de por medio parece que el acto sexual carece de sentido. Pero no sólo carece de sentido, sino que el absurdo del “pan con pan” da una idea de inocuidad, de inofensividad, de combinación poco susceptible de producir placer. No en vano, en los escasos juicios por homosexualidad femenina  de los que tenemos constancia entre los siglos XVI y XVIII, las únicas condenas se produjeron en los casos donde se pudo demostrar que una de las mujeres había utilizado algún elemento, sucedáneo del falo, para penetrar a la otra. En los casos donde no hubo penetración demostrable se absolvió a las acusadas, porque sin esto no se concebía la posibilidad de relación sexual alguna. De nuevo, el coño por sí solo (o combinado con otro) aparece como aparato inocuo, inofensivo, no susceptible de producir placer y, por tanto, pecado.

Esto enlaza a la perfección con el psicoanálisis freudiano: Freud, quien creía que las mujeres construimos nuestra sexualidad a través de una presunta envidia del pene (LOL) que nos confiere un complejazo de “hombres castrados” (una vez más, parece que si no hay pene no hay plenitud sexual), decía que solo alcanzábamos la cima de nuestra sexualidad adulta al transferir “la susceptibilidad erógena del clítoris al orificio vaginal”: es decir, pese a reconocer que el coño es susceptible de experimentar placer sin ser penetrado, no seríamos mujeres adultas hasta sentir placer exclusivamente con la penetración. Pero bueno, ¿es que acaso podíamos olvidarlo? El falocentrismo nos persigue, está por todas partes: incluso hay teorías que relacionan el urbanismo, la arquitectura y el diseño  con la persecución casi compulsiva de representar formas fálicas. Pero ¿y los coños? ¿Dónde están?

Si el coño ha sido alguna vez mencionado por el heteropatriarcado ha sido para difamarlo, para asociarlo a conceptos como la vergüenza y la suciedad.

El coño es el gran desconocido. Sin embargo, la fama de inutilidad sexual autónoma que padece, afianzada por esa historia de invisibilización, no son las únicas lacras que pesan sobre él. Si alguna vez lo ha mencionado el heteropatriarcado ha sido para difamarlo, para asociarlo a conceptos como la vergüenza y la suciedad. Procesos naturales como la menstruación han sido reformulados culturalmente hasta convertirlos en algo casi patológico, repulsivo y, una vez más, tabú. Así que las mujeres no solo hemos sido educadas para no conocer nuestra propia sexualidad (es decir, entre otras cosas, para no masturbarnos); no sólo hemos carecido de medios que nos ayudaran a construir nuestra sexualidad como sujetos (sólo como objetos pasivos); no sólo se nos ha repetido de mil maneras diferentes que nuestros genitales son inocuos, castrados, meros recipientes incapaces de experimentar placer sin la penetración; sino que, además de todo esto, y como si no fuera suficiente  para problematizar la relación con nuestros coños, además nos vienen con la cantinela de que son sucios, huelen mal y sufren la patología sangrante.

Entonces es cuando ese “qué” que planteaba la iniciática pareja lesbiana empieza a cobrar sentido: porque el deseo existe, y es independiente de los cuentos cerriles y partidistas que te hayan contado sobre la sexualidad. Pero a la hora de formularse (de recurrir a la información aprendida para concretar sus aspiraciones), el deseo lesbiano carece de inspiración constructiva. Algo tan aparentemente obvio como fantasear con el cuerpo de quien deseas, como imaginar siquiera sus atributos sexuales o prever cierta interacción, se convierte casi en un ejercicio de abstracción. El siguiente fragmento de la novela “El sabotaje amoroso”, de Amelie Nothomb , ilustra esto a la perfección:

“Y entonces sufría; amaba a Elena y sentía que aquel amor necesitaba algo más. No tenía ni idea de la naturaleza de aquel “algo más”. Sabía que sería imprescindible que, por lo menos, la hermosa de preocupase un poco de mí: esa era la primera etapa, imprescindible. Pero en seguida sentía que, a continuación, tendría lugar un intercambio oscuro e indefinible. Me contaba historias a mí misma (que nadie calificaría de metáforas) para aproximarme a ese misterio: en aquellos relatos experimentales, mi bienamada siempre tenía un frío terrible. La mayoría de las veces aparecía tumbada sobre la nieve. Iba poco vestida, casi desnuda, y temblaba de frío. La nieve tenía un papel destacado.

Me gustaba que tuviera tanto frío, porque eso significaba que era necesario hacerla entrar en calor. Mi imaginación no fue lo bastante pertinente para hallar el método más idóneo de conseguirlo: en cambio, me deleitaba pensando en –sintiendo- el calor que invadía lenta y exquisitamente el cuerpo baldado, que aliviaría sus punzadas y la haría suspirar de un singular placer”.

Adrienne Rich hablaba de una “intensidad primordial entre mujeres” para definir esta nada, esta ausencia de definiciones no sólo en lo referido a los primeros pasos (a ciegas) de reconocernos como lesbianas, sino a algo inherente a toda condición femenina, independientemente de su orientación sexual: porque todas las relaciones entre mujeres, no sólo las eróticas, han sido infrarrepresentadas en la cultura patriarcal. Nunca una relación entre seres racionales estuvo más desprovista de referentes, y mucho menos de referentes constructivos: de ahí lo de “primordial”, porque sin poder acudir a un imaginario consciente de modelos o formas nombradas de cómo relacionarnos, todo esbozo de relación significativa entre nosotras, por sutil que sea, debe remontarse más allá de cualquier constructo, al terreno de la esencia. Y esa “intensidad”, ese impulso activo que nos conduce a unas hacia las otras, podría ser producto de una necesidad natural de expiar esa carencia. Es algo apremiante, la añoranza de algo que nos ha sido arrebatado (y que sin mucha dificultad puede culminar en alguna clase de deseo): toda una genealogía emocional entre seres semejantes. Al fin y al cabo, es innegable que todas compartimos una conciencia común, más o menos subrepticia, de haber sido relegadas del mundo, de la Historia. Somos conscientes del fantasma que se oculta tras nuestra aparente libertad. Y, de buscar cobijo, de buscar comprensión, ¿no es más legítimo que nos busquemos las unas a las otras? Que busquemos ese tipo de complicidad específica que sólo puede darse entre individuos que comparten circunstancias comunes: simple y llana nostalgia, tal vez por haber permanecido tantos años marginadas las unas de las otras, como exiliadas que regresaran a su país después de pasar toda una vida extrañándolo.

Como veis, si hay algo positivo en esta ausencia de referentes desde los que definir nuestro deseo, es que dicha nada escapa igualmente a los constructos artificiales que afectan al deseo normativo: disponemos de páginas y páginas en blanco desde las que dar rienda suelta a nuestra creatividad.

 

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