Parentesco lésbico: ¿qué importancia tiene la genética en una familia homoparental?

Al principio, espontáneamente, ésta parecía una solución obvia: utilizar el mismo donante para nuestros respectivos embarazos. Primero, fecundaríamos los óvulos de mi pareja con el esperma de un donante anónimo, para después implantarlos en mi útero. Así, podría cumplir mi ilusión de tener un bebé genéticamente suyo: yo sería la madre gestante y  ella la madre biológica, y eso nos proporcionaría un doble vínculo con nuestra descendencia (contando también con la epigenética).

Para su embarazo (posterior al mío), planeamos hacer lo mismo pero a la inversa.

Para su embarazo (posterior al mío), planeamos hacer lo mismo pero a la inversa: fecundaríamos mis óvulos con el esperma de un donante, para después implantarlos en el útero de mi pareja. De ese modo, aseguraríamos la misma clase de vínculo de la anterior gestación. Además, espontáneamente, parecía una solución obvia utilizar el mismo donante anónimo para los dos embarazos, proporcionando asimismo a nuestra descendencia un nexo genético común. Podrían parecerse físicamente, ¿tal vez el mismo color de ojos? ¿Quizá la misma nariz?

Para mí, uno de los aspectos más estimulantes de crear una familia era que el simple hecho de hacerlo ya era subversivo de por sí.

Pero esta solución tan espontánea, aparentemente obvia e inofensiva, a mí no me dejaba en absoluto conforme. Al principio era una incomodidad vaga y difícil de formular, una especie de reticencia que me empujaba a la reflexión. ¿Por qué resultaba tan obvio, al planear más de un embarazo, utilizar el mismo donante? ¿Era realmente espontáneo e inofensivo ese nexo genético anónimo que, felizmente, íbamos a proporcionar a nuestr@s hij@s a través del donante? Para mí, uno de los aspectos más estimulantes de crear una familia era que el simple hecho de hacerlo ya era subversivo de por sí: mi pareja es una mujer, así que pocas cosas de las que hacemos no son revolucionarias en algún sentido. Sin embargo, estábamos cayendo en la trampa de la no reflexión: por muy poco normativas que fuéramos, seguíamos viviendo en una sociedad patriarcal, y ya sabemos lo largos que son sus tentáculos.

Para empezar, me pregunté por qué era tan importante para mí gestar un bebé que fuera genéticamente de mi pareja. Era algo en lo que no había reparado de inicio. Tal vez porque eso también parecía obvio: no me hacía tanta ilusión recurrir a la inseminación artificial (mucho más fácil y barata), para tener un bebé genéticamente “mío”. La otra opción era mucho más “romántica”, mucho más “especial”. Y también, aunque en su momento me costase reconocerlo, me ahorraría ofensivos cuestionamientos propios y ajenos acerca de la legitimidad de la maternidad de mi pareja para con “mi bebé”. La persecución de legitimidad es (creo yo) un sempiterno caballo de batalla para toda pareja homosexual, porque nuestro amor ha sido cuestionado, ninguneado y vilipendiado desde todo ángulo imaginable. Pero este es otro tema.

Sin darme cuenta estaba intentando que mi maternidad se pareciese lo máximo posible a la maternidad heterosexual.

De manera que, sin darme cuenta, estaba intentando que mi maternidad se pareciese lo máximo posible a la “maternidad normativa”, esto es, la maternidad heterosexual: las mujeres heterosexuales se quedan embarazadas “genéticamente” de sus parejas. Por supuesto ellas también aportan carga genética, pero esa parte yo la “subsanaría” con la ya mencionada epigenética, e incluso aunque esto resultara ser un cuento chino, nada legitima más la maternidad que ser “la que pare” (por eso, creo yo, les está costando tanto que cale socialmente la mal llamada “gestación subrogada”. La idea de la maternidad es un concepto que pesa toneladas culturalmente, así que es complicado que alguien más que “l@s interesad@s” y los neoliberales comulguen con las ruedas de molino del altruismo y demás mamarrachadas. Y si no, vean o lean El cuento de la criada”). Entonces yo, creyéndome subversiva, quería tener “un hijo suyo”, lo que en realidad heteronormativizaba el proceso en medida de lo posible.

Toda esta obsesión por la genética sólo podía proceder de la paranoia patriarcal respecto a la paternidad.

Pero luego estaba el tema del donante: ese que, espontáneamente, queríamos que fuese el mismo para los dos embarazos. O sea que no sólo pretendíamos parir bebés que fueran genéticamente de la otra, sino que queríamos que ellos compartieran la mayor carga genética posible, aunque dicha carga ya no tuviera nada que ver con nosotras. Genética, genética, genética. ¿No estáis cansadas de leer esa palabra? Pero, ¿quién ha necesitado históricamente la genética para demostrar, para probar su parentesco? Hace tropecientos años, cuando ni siquiera se sabía el papel que tenía el hombre en la procreación (o siquiera si tenía algún papel), las mujeres ya sabían perfectamente quiénes eran sus hij@s, a quienes habían parido. Sin genética ni pamplinas. Toda esta obsesión por la genética sólo podía proceder de la paranoia patriarcal respecto a la paternidad: para poder legitimar el parentesco paterno nada mejor que la genética, y cuando la genética no se había descubierto estaba la importancia del patrilinaje (que incluso ordenaba las sociedades), y luego la adopción del apellido del padre, y así con numerosos recursos simbólicos para sellar el dudoso (o susceptible de serlo) vínculo paterno con la descendencia. No en vano, un temor patriarcal por antonomasia es ser un “cornudo” y tener descendencia ilegítima: no fuera a ser que el legado de un patriarca fuera a parar al hijo de otro, y que la fantasía capitalista y patriarcal por excelencia (el legado de la herencia y del apellido al heredero varón) resultase fraudulenta.

Entonces yo, creyéndome subversiva, quería tener “un hijo suyo” porque la cultura patriarcal me había enseñado que es importante demostrar el vínculo genético de tu pareja con la descendencia que tú pares, para que el parentesco sea legítimo. Y ya que estamos con la fiebre de la genética, vamos a aportarle un nexo común a nuestros hijos a través del donante, para también así hacer su vínculo como hermanos más legítimo todavía. Porque la legitimidad es importante, y da igual que al hacerlo estemos ninguneando, menospreciando y relativizando el vínculo verdaderamente importante, el que podríamos establecer con nuestro@s hij@s aunque no l@s hubiésemos parido ni compartiéramos genética alguna con ell@s: el que nace del amor, de la crianza, de la educación, de, en definitiva, la transmisión de lo mejor que tenemos a otro ser humano.

Imaginad que le preguntáis a una pareja heterosexual en la que el hombre es estéril ¿quién es el donante?

Al fin y al cabo, por muchas estrategias rocambolescas que se nos ocurriese (o que la ciencia nos permitiera) llevar a cabo, nada nos iba a “salvar” de ser una familia homoparental en una sociedad patriarcal. Nada nos iba a librar de tener que sufrir situaciones tan insultantes como la que les sucedió a unas amigas que optaron por este mismo método (una se quedó embarazada “de la otra”), y tuvieron que soportar que alguien les preguntase, feliz y espontáneamente, “¿Quién es el donante?”, como si esto tuviera la mas mínima trascendencia (a saber, para los dudosos, en España es ilegal elegir a un donante conocido, así que en este tipo de procesos el donante siempre es anónimo, un desconocido que no tiene ni tendrá nada que ver con la familia). ¿Os imagináis esta situación pero con una pareja heterosexual? ¿Una pareja de un hombre y una mujer que tuviera que recurrir a la inseminación artificial con donante porque el hombre fuese estéril? ¿A que de repente parece como de mucho peor gusto preguntarles, feliz y espontáneamente, quién es el donante? Este tipo de sutiles diferencias, obviamente, también son obra del patriarcado. Porque ya hemos visto la sobre-importancia que se ha dado a la impronta masculina en la descendencia, ya que es la única susceptible de ser dudosa y en un sistema de poder patriarcal es vital tener control sobre esto. Así que se busca al hombre incluso cuando no va ha haber hombre por ningún lado, pero en el caso de la pareja heterosexual a nadie se le ocurriría preguntarlo, porque el hombre está ahí, y aunque todo el mundo sepa que la descendencia no va a ser (como en nuestro caso) “genéticamente suya”, hay que ver la cantidad de implicaciones con su masculinidad que ofenderíamos con ese simple comentario.

En definitiva, que tener descendencia siendo una pareja homosexual (en este mundo) va a ser complejo en todos los casos. Entonces, parece que cobra mucha más importancia reflexionar acerca de por qué y cómo hacemos las cosas, ya que corremos el riesgo de estar bailándole el agua al sistema completamente en vano, dejándonos en el intento la salud y el dinero, cuando en realidad lo que deberíamos poner por delante de todo es la conciencia de cada cual. Y, en mi caso al menos, esta conciencia siempre será subversiva.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *