¿Por qué soy lesbiana?

Probablemente todas las personas no heterosexuales nos hemos formulado la pregunta en alguna ocasión.

Esta es una pregunta extraña, lo sé, que probablemente todas las personas homosexuales (o no heterosexuales más bien) nos hemos formulado en alguna ocasión. Me genera dudas porque desde que recuerdo siempre he hecho dos distinciones: el deseo sexual y el deseo sentimental, entendido éste último como la capacidad para enamorarse. No he tenido ningún problema con el deseo sexual hacia los hombres, de hecho creo recordar la primera vez que lo experimenté de manera consciente. Yo tenía 15 años y en la tele ponían un programa de entretenimiento que emiten antes de las noticias del mediodía, que mostraba una pasarela de moda en la que desfilaban modelos varones, muy guapos y apuestos todos, y en ese momento sentí esa punzada que siempre he relacionado con el deseo sexual. Y quizás os preguntéis si esto lo he sentido por mujeres, y la respuesta es sí, pero mucho más tarde y después de un arduo proceso de deconstrucción de mi deseo y orientación sexual. Entonces ¿qué pasa? ¿cuál es el problema?

El deseo sentimental. No me enamoro de los hombres, no los veo como personas “dignas” de mi amor. Esto me ha llevado a intentar realizar un análisis objetivo de este sentimiento: ¿son menos inteligentes? ¿son menos sensibles? ¿no tienen alma? La respuesta a ninguna de estas preguntas es afirmativa. De hecho no me cuesta encontrar ejemplos en mi pasado de hombres inteligentes, sensibles, divertidos, con lo que comparto valores y aficiones. Y aquí normalmente entro en barrena, me atasco, no sé seguir, pienso soy así y ya está. Pero leyendo las palabras del Papa Francisco en una homilía en la que afirma que

el hombre no trae la armonía, la trae ella. Es ella la que trae la armonía, que nos enseña a valorar, a amar con ternura, y que hace que el mundo sea una cosa hermosa”.

Desde mi más tierna infancia no he recibido ningún mensaje de lo positivo que es enamorarse de un hombre.

Y no se queda ahí: “Eso es lo que aporta la mujer: la capacidad de enamorarse”, entendida como que la mujer aporta al hombre la capacidad de enamorarse de ella. Pues estas palabras tan simples y tan llenas de bondad en apariencia (veo la facilidad para entrar en un debate feminista si las analizamos sólo un poquito, pero no es ese mi objetivo) han constituido mi gran revelación: desde mi más tierna infancia no he recibido ningún mensaje de lo positivo que es enamorarse de un hombre, de lo que un hombre puede aportarte, de que trae la armonía y la belleza al mundo. Es probable que esta sea mi experiencia personal, que quizá en mi entorno no se haya ensalzado (cosa que agradezco) la masculinidad típica y que yo a lo mejor me he identificado con el varón (en el sentido social claro, me siento cómoda siendo una mujer), pero la duda que me asalta es ¿cómo es posible identificarse de otra manera?

Desde que nacemos se asimila lo masculino a lo positivo y lo femenino a lo negativo (“esto es un coñazo”, “échale huevos”, “no seas nenaza”), a ellos se les enseña a correr riesgos (“sé valiente, súbete al árbol”) y a nosotras a ser prudentes y obedientes (“no te subas al árbol, que te puedes manchar el vestido”). Conforme vamos creciendo vemos que a ellos les resulta más fácil llegar a puestos de responsabilidad y nosotras, no solo nos enfrentamos al famoso techo de cristal sino que cuando conseguimos algo sufrimos el síndrome de la impostora. Cuando nos enamoramos, se nos ponen trabas si queremos tener una familia y una vida laboral competitiva y se ensalza la maternidad como “única verdaderamente legitimada” aspiración. Todo esto unido a la sacralización de lo femenino como compañera y madre y a la sexualización del cuerpo de la mujer que nos persigue a todos, incluidas las mujeres heterosexuales, me lleva a una irremediable conclusión. Lo de identificarse con la socialización de los varones es opcional, pero,

¿Cómo no somos todas lesbianas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *