La violencia del dualismo sexo/género

El sexo es entendido como una categoría biológica de diferenciación sexual entre individuos, según un dualismo excluyente basado en los genitales: o se es varón o se es mujer.

¿Podemos resumir tan estrictamente algo tan variado como es la naturaleza y la sexualidad humana?

La sociedad ha rechazado a lo largo de la historia otro sexo que no fuera el de varón, que tiene pene y testículos, y el de mujer, que cuenta con vagina, clítoris, útero y ovarios. Esta dicotomía normativa deja fuera de su esquema a gran parte de la población cuyos genitales no son catalogables en ninguno de los dos grupos, ya sea porque no se corresponden con el sexo con el que se identifican o porque no se pueden identificar con ninguno. Con respecto al género, como categoría social cuyo origen encontramos en el Patriarcado y que, según éste, marca nuestro comportamiento, apariencia, actitudes y roles sociales, existe también esta dicotomía: el género masculino y el femenino. Tanto el dualismo de sexo como de género están socialmente unidos, formando a la persona en su totalidad: la mujer, con genitales y género femeninos, y el varón, con genitales y género masculinos. Pero, ¿podemos resumir tan estrictamente algo tan variado como es la naturaleza y la sexualidad humana? Al poner tan firmes límites a la sexualidad y a la identidad de género, tachamos a todo lo que no sigue ese patrón de “raro” o “enfermo”, algo que hay que curar. Si una mujer adopta una vestimenta tradicionalmente considerada masculina, juega al fútbol o incluso tiene testículos, ¿deja de ser una mujer? Este tipo de reflexiones me hacen plantearme si todos nuestros comportamientos, vivencias y elecciones que realizamos a lo largo de nuestra vida están predeterminadas por nuestro sexo y género. Pienso que nuestro género influye enormemente en nuestra vida, no tanto como fruto de la biología, si no por el tipo de experiencias y limitaciones que experimentamos por pertenecer a un género determinado. Entonces, ¿qué significa ser mujer?

El problema está en la respuesta social ante las personas que tienen un sexo distinto al marcado por su anatomía.

Como decía Simon de Beauvoir, una mujer no nace, se hace. Tradicionalmente se cree que una persona que nace con vagina es mujer, pero esto es erróneo, debido a que muchas mujeres han nacido con una anatomía genital estrictamente de varón y no dejan de ser mujeres. A estos niños y niñas transexuales se les impuso un sexo y un género según los caracteres sexuales que poseían, pero durante su desarrollo no se veían representados según esa clasificación. La frustración tiene su origen en la ruptura con la concepción dogmática de la sexualidad humana, no como una disfunción mental que necesita un tratamiento. A medida que crecen, muchos recurren a un tratamiento hormonal seguido de una cirugía para cambiar sus genitales por el sexo al que pertenecen. Pero realmente, ¿cuál es el problema? Si una mujer sigue siendo mujer a pesar de lo que “digan” sus genitales, ¿por qué necesitan una operación para cambiar su sexo? Creo que el problema no es que las personas transexuales tengan la convicción de pertenecer a otro sexo, ya que ellos mismos con esa convicción demuestran que se puede ser de un sexo distinto al marcado por su anatomía y que se trata de una categoría de origen social. El problema, veo yo, está en la respuesta social ante dicha identidad, a la falta de comprensión y al dualismo que patologiza a aquellas personas. Por mucho que en su interior lo vean claro, necesitan de esa confirmación exterior que les asegure que van a ser tratados como mujer u hombre a pesar de su aspecto físico, por medio de la adopción de una vestimenta “apropiada” para su sexo, una operación quirúrgica y la asunción de un rol de género que vaya ligado a ese dualismo sexual. La falta de comprensión y las miradas juzgadoras por parte de la sociedad empujan a las personas transexuales a un tratamiento quirúrgico que reafirme su sexo. Por tanto, no hay un problema médico, es un problema social que convertimos en una enfermedad, como el trastorno de identidad de género. Todo ser humano tiene el derecho de manifestar y vivir libremente según su identidad de género y orientación sexual sentida. Por supuesto, respeto la decisión personal e individual de cambiar de sexo y tenemos la obligación de acompañarles y apoyarles en dicho proceso, pero pienso que si en la sociedad no fuera tan importante clasificar a las personas según una dicotomía sexual, hombres y mujeres podrían vivir libremente su identidad sin temer a ser juzgados o a ser convertidos socialmente en “enfermos mentales”. Un ejemplo de dicha violencia por parte de la Medicina es la ejercida a través del “Test de la Vida Real o M/F”, en el que se exige que las personas transexuales adopten el comportamiento femenino o masculino a seguir en ámbitos de la más estricta intimidad personal, en lo familiar, laboral y en la elección de la vestimenta, maquillaje, etc; como forma de “normalizar” a los transexuales, guiándoles hacia un género como requisito para poder someterse a la operación quirúrgica. Con esta práctica se impone que si quieren ser mujeres u hombres, deben comportarse como tal. Este mensaje es terriblemente dañino y me recuerda a las técnicas utilizadas en los psiquiátricos de los años 40 para “normalizar” a los homosexuales o cualquier otra persona que se saliera del redil heteronormativo.

Hasta hace poco se mutilaban arbitrariamente los genitales ambiguos.

La violencia del dualismo sexo-género se ejerce en otras personas que tampoco se identifican en dicha dicotomía: los intersexuales. En la ciencia médica, se denominan a sus genitales al nacer como ambiguos, al no poder clasificarlos ni como hombre ni como mujer. Hasta hace pocos años esta situación se convertía en una emergencia médica, en la que los cirujanos y endocrinos llegaban a un acuerdo acerca del sexo que adoptará el recién nacido, sin tener en cuenta la opinión de otros expertos como el Comité de Ética o psicólogos. Así que mutilan sus genitales y los crían como hombre o mujer, según su criterio y la autoridad que se envisten. Este proceso normalizador de la intersexualidad, convirtiendo a los individuos en enfermos por el simple hecho de romper con la dicotomía normativa sexo-género, se acompaña de un silencio por parte de los familiares, formando un vacío acerca de la historia de su nacimiento o basándola en mentiras. La justificación del personal sanitario ante dicha práctica es la probabilidad de que sufran un daño emocional al no encajar en la sociedad. Esto es fruto de la imposibilidad de creer que algo distinto no es malo, no tiene por qué sufrir y aunque se encuentren a lo largo de su vida con personas que no acepten su sexualidad, no se puede tomar una decisión tan drástica, unilateral e irreversible por lo que piense el resto, dándole más valor a la opinión de los demás que a lo que pueda sentir ese niño o niña al vivir con unos genitales mutilados y condenando sus futuras relaciones sexuales. Actualmente, gracias a la lucha por la igualdad de colectivos LGTBIQ+ y a las agendas políticas de ciertos partidos, se aprobó la Ley 3/2016 de Protección Integral contra LGTBIfobia y la Discriminación por Razón de Orientación e Identidad Sexual en la Comunidad de Madrid, que recoge en su artículo 7 lo siguiente:

En el Sistema Sanitario Público de la Comunidad de Madrid no se usarán terapias aversivas o cualquier otro procedimiento que suponga un intento de conversión, anulación o supresión de la orientación sexual o de la identidad de género autopercibida, ni se practicará cirugía alguna tendente a modificar la anatomía sexual del recién nacido intersexual, hasta que se autodetermine la identidad sexual, cuando se podrá intervenir quirúrgicamente a instancia de la persona intersexual o de sus representantes legales.”

Esta ley también recoge, en referente a las personas transexuales, la nueva Unidad Identidad de Género en pediatría, anteriormente llamada Unidad de Trastorno de Identidad de Género (agradecemos que se haya “extirpado” la palabra trastorno). En países más avanzados en materia de igualdad, como Alemania, se reconocen legalmente tres sexos: hombre, mujer e intersexual. Este es el camino que deberíamos seguir para que, por ejemplo, al rellenar un formulario o al inscribir a nuestro hijo o hija en el Registro Civil, no nos veamos obligados a clasificarnos en un bando u otro, sin tener en cuenta el entramado de grises que contiene la naturaleza humana y la existencia de otra alternativa al planteamiento tradicional normativo. Pienso que se debe reconstruir la sexualidad para incluir en ella la diversidad que otorga la naturaleza, sin pretender controlarla, atarla o reprimirla.

La decisión acerca de la sexualidad de cada individuo debería ser totalmente personal.

Al patologizar lo diferente, cargándolo de una connotación negativa, se produce un conflicto de identidad personal e incluso sentimientos de culpa al verse como algo extraño, ajeno a la naturaleza. Es esa necesidad de coherencia entre el sexo, el género y la orientación sexual la que provoca la herida. Pienso que la decisión acerca de la sexualidad de cada individuo es totalmente personal y que las instituciones deben ofrecer recursos y asesoramiento para que puedan vivir una vida plena sin ser juzgados ni discriminados. El sexo humano es diverso, compartimos las mismas hormonas sexuales y una variedad de cromosomas que de forma empírica no se pueden reducir a una dicotomía obligada. El sentido que cada uno le demos a nuestro sexo es simbólico y depende de nuestra cultura y experiencias. No hay nada tan personal como nuestra sexualidad, y a nadie le compete más que a nosotros mismos definirla, sin límites ni fronteras.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Fausto – Sterling, Anne (2006). Cuerpos sexuados . Barcelona: Melusina.
  • Chase, Cheryl (2005). “Hermafroditas con actitud. Cartografiando la emergencia del activismo político intersexual”. En GTQ-Mad, El eje del mal es heterosexual (87-108). Madrid: Traficantes de sueños.
  • Missé, Miquel y Coll-Planas, Gerard (2010). La patologización y propuestas de la transexualidad: reflexiones críticas. Norte de salud mental, 8(38), 4.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *