Los Feminismos de la Tercera Ola y contemporáneos: las identidades y sus intersecciones

En la década de los años sesenta surge una nueva ola de feminismo que supuso el fin de la mística de la feminidad, abriendo una serie de cambios en los valores y en las formas de vida que aún se siguen produciendo, conocida como la Tercera Ola.

El voto fue un logro simbólico: seguíamos en desigualdad respecto a los hombres

Las mujeres habíamos conseguido el derecho al voto, pero sabíamos que era un logro simbólico, ya que en el resto de aspectos legislativos y de derechos aún vivíamos una desigualdad notable con respecto a los hombres. Este feminismo buscó revisar todos los aspectos de las situaciones de desigualdad de derechos legitimadas con el fin de erradicarlas. En todos los países avanzados se produjeron cambios, traducidos en revisiones y reformas legales. Como explica Amelia Valcárcel en su obra “Tú puedes”, la mujer tenía el derecho al voto, iba ejerciendo profesiones y poco a poco accedía a instituciones educativas como las universidades, aunque todavía no había conseguido una posición paritaria con respecto al hombre. Este feminismo no sólo buscaba transformar la esfera pública, si no que se pretendía la subversión del orden normativo heredado, queriendo englobar también y revisar la esfera privada, borrando las fronteras tradicionales entre lo privado y lo público y exigiendo políticas que garantizasen la igualdad en el hogar, en la familia y en aspectos como la sexualidad. Se produjo, junto con una revolución judicial, una revolución moral. Los cambios más notorios se produjeron en las libertades sexuales, como con la introducción de la píldora y el aumento de las relaciones prematrimoniales no culpabilizadoras, con el fin de constatarse como “mujeres liberadas”. Uno de los lemas feministas utilizados en esta época que mejor resume este cambio es “Lo personal es político”, con el que se exigían estas reformas. Las respuestas fueron variadas y las tensiones sociales aumentaron, tachando al movimiento de “radical” o “incomprensible”, preguntando a las mujeres de clases más privilegiadas que se unían al movimiento el por qué de aquella necesidad dada su posición social. Veo similitudes con las reacciones actuales, que siguen tachando al feminismo de “radical” por exigir cambios sociales, culturales y políticos. Amelia Valcárcel explica estas tensiones en la siguiente cita: “El hijo no deseado de la Ilustración, que con el Sufragismo se había vuelto incómodo pariente del liberalismo, ahora se percibía como indeseable, por inesperado, compañero del 68”. En esta década cobra especial relevancia la obra de Simon de Beauvoir, “El Segundo sexo”, ya que, aunque no hablaba explícitamente de acciones políticas, expone la necesidad de “sospechar” de la realidad que nos acoge para identificar las situaciones de desigualdad que rodean a la mujer. Entiendo que cobrase esa relevancia en aquella época igual que lo encuentro relevante actualmente, pienso que la base del feminismo se encuentra en reflexionar acerca de nuestra situación individual como mujer en la sociedad, preguntarse el por qué de nuestra posición con respecto a la posición ventajosa de los hombres.

Las distintas corrientes del Feminismo diferían en su escala de prioridades

A partir de 1975 el Feminismo dejó de ser uno, formándose distintas corrientes que diferían en cuanto a las prioridades de acción. El Feminismo Radical, aunque duró poco menos de una década, supuso el inicio de otros movimientos contemporáneos. Sentaba su base en la necesidad de organizarse como grupo autónomo, aunque fracasó en su estructuración como movimiento al rechazar el liderazgo, cayendo, como dice Jo Freeman, en “la tiranía de la falta de estructuras”. Otras corrientes, que encuentro de ideología opuesta, son el Feminismo Liberal y el Feminismo Socialista. Veo comprensible que las mujeres acudieran a las políticas comunistas y teorías marxistas como medio para dar voz a sus reclamaciones feministas, pero hay que ser cautas y tener en cuenta que el socialismo no siempre contiene el feminismo, pudiendo hallar numerosos ejemplos de discursos socialistas en los que no se representa a las mujeres, pero el feminismo siempre contendrá socialismo. El Feminismo Liberal me parece una visión irreal de la sociedad, argumentando según su ideología que “si quieres, puedes”. Pienso que esta idea, que se asemeja a lo que llamamos “el sueño americano”, no es realista en cuanto a la desigualdad de oportunidades en la sociedad, ya que aunque desees algo no significa necesariamente que puedas conseguirlo si no se acompaña de políticas igualitarias que permita el acceso de todas las personas a las mismas oportunidades y derechos sociales, porque no todos partimos de la misma situación. Esto se ve claramente en el ejemplo de las desigualdades de género.

El problema de la ramificación del Feminismo es la dispersión de la lucha

El feminismo se ha ido ramificando cada vez más con los años, creando organizaciones independientes que reclaman diferentes prioridades, como consecuencia a las tensiones internas que se produjeron con la jerarquización de la opresión, ya que cuanto más opresiones contaba una mujer, mayor autoridad moral se investía, y en las disyuntivas en cuanto a cuál es la cuestión que definirá la lucha. Cada mujer fue identificándose con un movimiento distinto, buscando en cada uno una identidad grupal de la que formar parte. El problema, pienso yo, es que al definir cada grupo se limita, excluyendo siempre a una parte de la población femenina. Es difícil definir un feminismo que nos incluya a todas y creer que corrientes, como el Ecofeminismo o el Feminismo de la Diferencia, están abiertas a todo el mundo es un grave error. Un ejemplo de esta exclusión es especialmente significativo en relación a las mujeres negras.

Las mujeres negras no se veían representadas en el discurso de las feministas blancas de clase media

Las mujeres negras se han visto extremadamente excluidas de todos los movimientos enunciados anteriormente. Pienso que el feminismo a menudo peca de etnocentrismo, centrándose en la realidad de las mujeres blancas de clase media, olvidando consigo las especificidades que marcan la vida de las mujeres en situación de opresión. Entiendo, por tanto, que eso impulsase alrededor de los años ochenta, la creación de un Movimiento Feminista Negro, como el Black Trade Union Solidary Movement o el OWAAD, en un contexto donde el powellismo tomaba fuerza con sus políticas inmigratorias y donde las mujeres negras no se veían representadas en los discursos feministas. Como apunte, únicamente decir que es ampliamente comprobado que en situaciones de crisis económica, la sociedad ha recurrido a la culpabilización de los inmigrantes o de las personas que simplemente presentan diferencias respecto a la etnia o la clase que ocupa el poder, alzando movimientos racistas y proliferando la derecha más extremista. Estos ejemplos sólo nos confirman la interacción de las distintas categorías, como son la clase o la raza, en las relaciones de poder.

La visión interseccional una forma de mediar entre las distintas corrientes

Las mujeres negras, con su movimiento de liberación, han hecho hincapié en la necesidad de un feminismo consciente de las relaciones sociales con interacciones de poder. Los discursos acerca del feminismo y el racismo se centran a menudo en torno a la opresión de las mujeres negras más que en explorar el modo en el que el género de las mujeres negras y blancas se constituye a través de la clase y el racismo, como explica A. Brah, considerando que el racismo ni es reducible a la clase social o al género ni es por completo autónomo. El racismo puede mostrar efectos independientes pero no debe entenderse como una forma independiente de dominación, como lo entiende Caroline Ramazanoglu, debido a que aunque tenga diversos orígenes históricos, se articulan con particulares estructuras patriarcales de clase. ¿Por qué las mujeres negras inician un movimiento antirracial independiente al Movimiento Negro?, ¿qué significa argumentar que en los discursos antirracistas se ha invisibilidad las identidades de género?. Pienso que lo primero es entender que las categorías donde se desarrolla la opresión se suman, no siendo igual la experiencia de desigualdad de una mujer blanca que de una mujer negra que, por ejemplo, es a su vez lesbiana. Esas categorías, como son la clase, la raza y el género, no pueden verse como independientes, porque si se forman grupos que solo contemplen un sistema de dominación, siempre excluiremos en nuestro discurso a una parte de la población, como es el caso de las mujeres negras. Como explica K.W. Crenshaw en su obra: “Al tratarse las diferentes versiones con independencia, caso de las políticas antirraciales y feministas, obvian en sus discursos de algún modo a las mujeres negras, no contemplando la carga adicional de patriarcado o de racismo, siendo las concepciones dominantes limitadas”. El esencialismo, que cree que la esencia de todos los movimientos es la categoría mujer, peca de este reduccionismo. En mi opinión, se deben entender como categorías relacionadas, no pudiendo ser excluyentes ni reducibles al género, pero tampoco del todo independientes. El entender al ser humano como un ser con múltiples identidades evita homogeneizar los estándares, teniendo en cuenta las experiencias particulares de cada mujer con las relaciones de poder del sistema patriarcal. Las mujeres negras están en, al menos, dos grupos subordinados con agendas políticas distintas. Creo en la necesidad de crear políticas feministas que contemplen las relaciones entre el género, la clase y la raza, en agendas políticas que engloben todas las experiencias vitales de desigualdad que surgen de la interacción de las categorías bajo un sistema patriarcal. Pienso que no se puede asemejar las vivencias discriminatorias de un hombre negro con las de una mujer negra, ya que el género agrava todas las desigualdades existentes. Por ello, y a modo de conclusión, opino que la interseccionalidad ofrece una forma de mediar entre la tensión que se da al reafirmar una identidad múltiple y la necesidad de políticas identitarias. Entender cada categoría como agravante de la otra, como el género agrava el racismo y como la clase pone a la mujer en una situación aún peor en el sistema patriarcal, es reconocer esas diferencias, respetarlas en los discursos y representar la realidad de todas las mujeres con políticas que garanticen la protección y la defensa de  sus derechos. Soy consciente de la tensión entre la identidad propia de cada mujer y la identidad grupal de un movimiento, por ello creo en la necesidad de, como base que marque nuestra acción política, entender a cada mujer como portadora de múltiples identidades y experiencias que difieren entre cada una de nosotras, sin que ninguna sea más importante que la anterior, pero con una estructuración clara que permita la ejecución de una estrategia política que nos incluya a todas, estableciendo comunicaciones y puentes entre las distintas ramas feministas. Juntas somos más fuertes.

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Williams Crenshow, Kimberlé. Cartografiando los márgenes. Interseccionalidad, políticas identitarias y violencia contra las mujeres de color. En: Platero, Raquel (Lucas) (Ed.) Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la encrucijada. Madrid: Bellaterra, 2012.
  • De Beauvoir, Simone. El segundo sexo. Volumen I: Los hechos y los mitos. Madrid: Cátedra, 2000.
  • Martínez Ten, Luz; Escapa Garrachón, Rosa. Guía de formación para la participación social y política de las mujeres, 4a Ed. Madrid: Ayuntamiento de Fuenlabrada. Concejalía de Igualdad y Empleo, 2008. (Cap. 3. Los feminismos contemporáneos. Debates y tendencias actuales)
  • Brah, Avtar. Diferencia, diversidad y diferenciación. En: VV.AA. Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Madrid: Traficantes de sueños, 2004.

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