El “despatarre masculino”: ¿Mala educación o simple machismo?

La semana pasada, el Ayuntamiento de Madrid inició una necesaria campaña contra el manspreading en el transporte público. El manspreading es un anglicismo que se utiliza para designar “esa postura tan masculina, completamente abierto de piernas en el asiento, mientras las mujeres sentadas a ambos lados luchan por hacerse un hueco”.

Hay quienes se empeñan en negar su origen machista, empeñándose en atribuirlo a la mala educación.

Pese al revuelo que ha levantado dicha iniciativa en nuestro país, la idea no es en absoluto original, ya que cuenta con precedentes como los llevados a cabo en el metro de Nueva York o en el de Tokyo. Esto evidencia que el problema tampoco es algo nuevo, ni fruto de que las feministas hayan perdido una vez más la cabeza y no sepan de qué quejarse, sino que nos hallamos ante una manifestación de micromachismo bastante habitual y particularmente incómoda. Sin embargo, hay quienes se empeñan en negar el origen machista de este tipo de conductas, empeñándose, una vez más, en atribuirlo a la mala educación. Esto ocurre muy a menudo, lo que no quiere decir que el equívoco conlleve malas intenciones: es algo tan simple como fruto de la ignorancia, así que vamos a realizar una breve aproximación a dichos “orígenes machistas del despatarre”, por si finalmente queremos enterarnos de qué va la película.

En un excelente texto titulado “Los espacios de la feminidad y sus violencias” (incluido en el conjunto de ensayos “El sustrato cultural de la violencia de género”), Teresa Gómez Reus repasa la historia del espacio público y privado, en el contexto de una sociedad patriarcal como la nuestra. Señala que

El empleo desigual del espacio según adscripciones de género y clase social desvela aspectos centrales del orden social, y los efectos que para las mujeres ha tenido su histórica reclusión en el ámbito doméstico han sido en general demoledores. Las diferencias culturales entre hombres y mujeres han creado restricciones y asimetrías en el acceso, uso y disfrute del espacio, tanto doméstico como público, con repercusiones notables en la vida cotidiana (…). Muchos de estos impedimentos, trabados de manera potente en el pasado, se perpetúan de forma más o menos sutil en la actualidad, creando lo que Pierre Bourdieu llama una “violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible e invisible” que se ejerce esencialmente a través de canales puramente simbólicos. Foucault ya ha señalado que la historia de los espacios es también la historia del poder, y esta interrelación espacio/poder emerge en la historia de la cultura de manera tan insistente como inaprensible (…).

Esto quiere decir que no hay nada de arbitrario ni de casual en cómo mujeres y hombres ocupamos los espacios comunes, sino que nuestra conducta en los mismos está condicionada por nuestra socialización. Históricamente, el único espacio legítimo para las mujeres era el espacio doméstico, mientras que los hombres llevan siglos dominando el espacio público con total impunidad. La incorporación de las mujeres a lo que ellos consideraban su espacio, como indica Gómez Reus, no se podía llevar a cabo sin consecuencias.

Nadie discute que los espacios que vivimos o atravesamos cada día han significado o significan cosas distintas para cada grupo social, y que las calles, parques o plazas han sido seguros o inseguros, abiertos o vetados, según el momento o la experiencia de quienes lo han recorrido. Dada la profunda vinculación femenina con la casa, y la red de significados que la cultura de la domesticidad estableció en torno al hogar como sede de virtud, parece que muchos hombres asociaban la presencia de la mujer en la calle con desorden moral u oportunidades para el encuentro sexual, lo que implicó obstáculos añadidos a su integración en la esfera pública.

Entonces, ¿qué estrategias podían desarrollar las mujeres para lidiar con este tipo de sospecha que, entre otras cosas, acarreaba (y sigue acarreando) todo tipo de abusos callejeros, tanto verbales como físicos?

Uno de los testimonios más curiosos es el artículo “Out walking” (“Caminar por la calle”), publicado en 1862 por la periodista y novelista Eliza Lynn Linton. En él esta escritora de corte conservador aconseja a “las mujeres modestas y solteras que se vean obligadas a salir solas, adoptar una vestimenta y un gesto discretos, además de un ritmo al andar que sugiera un propósito serio”. Entre otras cuestiones, recomienda “evitar pararse ante los escaparates, no mirar de frente a los hombres y no fijar la vista excesivamente en las atracciones del ambiente”. En resumen, actuar como si fueran transparentes, moviéndose entre la gente de modo imperceptible, como esas polillas que van y vienen sin que nadie se dé cuenta”. De esta forma (…), el único salvoconducto que tienen las mujeres para moverse por la ciudad con relativa tranquilidad es la invisibilidad, conseguida mediante códigos que atenúen su presencia y oculten su participación en la libertad visual que brinda la gran urbe.

Las excusas que culpan a la víctima de las conductas del agresor aluden al origen machista del uso de los espacios.

Lo interesante (y terrible) de indagar en violencias simbólicas como el “manspreading”, que conduce a los hombres a abusar del espacio público como si fuera su feudo exclusivo y a las mujeres a cruzarse de piernas y encogerse como si estuvieran invadiendo algo ajeno y se vieran empujadas a la invisibilidad, es que no es difícil topar con otras violencias que no tienen nada de simbólicas y que comparten el mismo origen. Porque claro, si un hombre abusa verbal o físicamente de una mujer en la calle, es alarmantemente habitual que se oigan excusas como que “iba sola por la calle a esas horas” o que “cómo se le ocurre ir así vestida”. Estas excusas, que culpan a la víctima una y otra vez de las conductas del agresor, aluden al mismo origen machista del uso de los espacios: el espacio público se presume exclusivamente masculino, por lo que es culpa de la mujer “invadirlo”, y encima atreverse a hacerlo sola, y encima yendo vestida de un modo que pueda inducirle a él a creer, como sucedía en el texto de Lynn Linton, que su mera presencia es una oportunidad para el encuentro sexual. Así que, una vez más, la única alternativa de las mujeres es la invisibilidad, no salir a la calle o no vestirse de determinada manera, y en caso de que se “vea obligada a hacerlo”, en caso de que sea por una razón de fuerza mayor, siempre podrá encogerse en el asiento de un autobús suplicando pasar desapercibida, como invasora consciente que es. Que al fin y al cabo, que el tío que va al lado se despatarre invadiendo la mitad de tu espacio como si no estuvieras allí, mientras mira tranquilamente su móvil, es lo mejor que te puede pasar.

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