El fenómeno “groupie”, ¿por qué se da mayoritariamente en mujeres?

El término “groupie”, en el sentido clásico (no en el uso coloquial que se le da actualmente, más relacionado con el término “fan”), define

(…) a las chicas que se acuestan con ídolos musicales y luego se jactan de esto en reuniones con sus amistades. Sin embargo una ‘Groupie’ no es necesariamente una mujer que se acuesta con una estrella musical, ya que éstas pueden llegar a pasar de ser unas simples admiradoras a amigas del cantante o grupo o incluso pareja estable.

En este artículo nos vamos a referir como “groupies” no sólo a las chicas que establecen este tipo de relación con ídolos musicales, sino también a las que reproducen este patrón en otros ámbitos como el deporte de élite o la “telebasura”; es decir, consideraremos “groupie” a cualquier mujer que mantenga o quiera mantener (incluso dedicando su vida a ello) relaciones sexo-afectivas con alguna o algunas figuras masculinas famosas o relevantes en cualquier ámbito. No a las que establecen este tipo de relaciones de manera casual, sino a las que las buscan activamente acudiendo a conciertos, fiestas y demás lugares de encuentro.

Su comportamiento iba encaminado a conseguir un estilo de vida que “no podían” conseguir por sí mismas.

Pero, ¿por qué existe este fenómeno? A diario, tenemos a nuestro alcance infinidad de imágenes que lo normalizan.  Vemos a una chica joven con un anciano y pensamos “está con él por su dinero”. Vemos a un músico o a un deportista no muy agraciado con una chica escultural y pensamos “está con él por su fama”. O vemos a una joven lucrarse con los trapos sucios de algún famoso y pensamos “estaba con él para que se la rifasen en los programas del corazón”. El paradigma de esta conducta la encontramos en la cultura fan de la música de los años 60, donde chicas o incluso adolescentes seguían a grupos de pop y rock allá donde fueran, no solo para tener relaciones sexuales con los músicos sino para viajar con ellos “durante largos períodos de tiempo, actuando como una novia sustituta o madre, a menudo cuidando sus pertenencias, como drogas, ropa y vida social.” En este último ejemplo se ve claramente que el comportamiento de las “groupies” iba encaminado a conseguir un estilo de vida de fama, dinero y demás, que por alguna razón no podían conseguir por sí mismas. Aún así, coloquialmente, no se tiene en cuenta este impedimento (en el que ahora nos detendremos) a la hora de “juzgarlas”, sino que se las considera, como en los ejemplos anteriores, unas trepas, unas buscavidas, en definitiva, unas aprovechadas que intercambian sexo por una vida emocionante y acomodada.

Dinero, trofeos y mujeres, todos objetos, todos símbolos de dicho poder hegemónico.

Hay cosas que no son en absoluto casualidad: por ejemplo, que este patrón se dé mayoritariamente en mujeres. Raramente podemos exponer alguno de los ejemplos anteriores refiriéndonos a un hombre. ¿Por qué? ¿Es algo relativo a la “naturaleza femenina”? ¿Algo inherente? En absoluto. Veamos otra cosa que tampoco es casualidad: que el auge de esta conducta (su establecimiento, podríamos decir, como realidad cultural, como algo reconocible en el imaginario colectivo), las mencionadas “groupies” de los años 60, coincidiera con una total disonancia entre hombres y mujeres con éxito en el ámbito musical. Aún hoy, cuesta igualar las tornas, pero entonces el desequilibrio era total: básicamente, no había prácticamente ningún referente femenino, por innumerables masculinos. ¿Y otra cosa de ningún modo casual? La relación directamente proporcional entre este fenómeno, esta realidad de mujeres que intercambian sexo por modos de vida que les son inaccesibles, y la percepción de las mujeres como premio en la “carrera hacia la masculinidad”, “en cuya simbólica cima encontraríamos el dinero, los trofeos y las propias mujeres, sumando la objetificación de estas últimas al paradigma del poder masculino heterosexual. Dinero, trofeos y mujeres, todos objetos, todos símbolos de dicho poder hegemónico.”

De alguna manera, todo parece encajar. Veamos por qué.

Tenemos tres elementos de análisis: “mujeres”, “modos de vida que les son inaccesibles” y “hombres con poder que demandan mujeres como objeto sexual”. ¿Cómo se interrelacionan estos elementos?

Las mujeres del siglo XX encontraron toda la esfera pública copada por hombres.

Históricamente, el sistema patriarcal ha precarizado las condiciones materiales de las mujeres, ha estrechado sus posibilidades vitales hasta asfixiarlas en una única realidad dependiente y subalterna: absolutamente desligadas de la esfera pública, su feudo era la vida doméstica, que conllevaba la renuncia a una carrera profesional y la consecuente dependencia económica del hombre con el que se casaban (o, en su defecto, de la familia de origen). Esto, que nos suena a las vidas de nuestras abuelas y que algunas mujeres occidentales se jactan de haber superado, dejó a las hijas del siglo XX (y en menor medida, pero aún, a las del XXI) una herencia desnuda de profesionalización femenina: unos modos de vida inaccesibles, o a los que les costaba infinitamente más que a cualquier hombre acceder (y cuando digo cualquiera, digo cualquiera). ¿Qué significa esto? Que no sólo carecían de referentes tras los que seguir sus pasos, sino que, aunque quisieran ser pioneras, encontraban un escollo mucho mayor que el simbólico: toda la esfera pública copada, desde el puesto más insignificante hasta el más poderoso, por hombres. Desde la empresa hasta las artes, la música, el deporte, etc. Hombres que les negaban el acceso de formas tanto explícitas como implícitas, generalmente coercitivas. Lo de que las mujeres van “abriéndose hueco” no es solo figurado, sino también literal. Entonces,  si por ejemplo yo soy una chica de Minnesota en los años 60 y quiero tener una vida de estrella del rock, pues no puede ser. Así de sencillo. Pero no porque no pueda ser, sino porque ni siquiera existe esa opción. No existe.

Este es un concepto algo abstracto que algunos, por ejemplo los liberales, son incapaces de comprender (pero yo, en cambio, no creo que sea por falta de voluntad, sino por falta de rigor intelectual en la mayoría de los casos).  A lo mejor algunos hombres que me lean tampoco son capaces de comprenderlo. Desde luego, otros sí. Pero las mujeres seguro que lo entienden todas. Pondré un ejemplo.

Aunque llegase a ser la mejor futbolista del mundo, la gente no sabría ni mi nombre.

Yo, cuando era pequeña, quería ser millonaria. Pero millonaria ultramillonaria, de esos que no saben qué hacer con el dinero y se compran castillos, mansiones, e incluso islas enteras. Y para ello, quería ser futbolista, porque sabía que los futbolistas eran millonarios y el fútbol se me daba bastante bien. Pero no. No pude. No porque no lo intentase con todas mis ganas, como dicen los liberales, entrenase a saco todos los días, comprara equipaciones, viajara, etc. Fue porque no podía literalmente. Porque un día me di cuenta de que, aunque llegase a ser la mejor del mundo o a meter el mejor gol de la temporada, la gente ni siquiera sabría mi nombre. Y, por supuesto, olvídate de cobrar lo que cobran Messi o Ronaldo. Olvídate de ser millonaria. Era una opción que no existía para mí: un modo de vida inaccesible. No hay elección alguna para algo que no existe, una no-realidad, algo inaprensible. La nada. Claro que podría haber sido futbolista de élite, pero no de la manera que yo quería. No siendo un ídolo de masas, como los futbolistas hombres, ni millonaria como ellos. Hay una imagen que ilustra a la perfección cómo se perciben estos “modos de vida inaccesibles” por parte de l@s que quedamos fuera, y esa imagen en mi memoria también tiene rostro de mujer: de cientos de mujeres siendo presa de ataques de histeria, desmayos, etc, simplemente porque un grupo de chicos acababa de bajar de un avión. Eran los Beatles. Ahora podría ser cualquier futbolista de los mencionados. Desde la primera vez que vi esa imagen se quedó grabada en mi cabeza. ¿Cómo podía suceder semejante absurdo, la gente desmayándose por un grupo de imberbes? Luego comprendí que sí había algo sobrenatural en ese grupo: algo que lo divinizaba, que lo hacía inalcanzable, simplemente porque eran algo que ninguna de aquellas mujeres habría podido llegar a ser. No existía esa opción para ellas.

La falta de posibilidades de ser para las mujeres viene fenomenal a las demandas sexo-afectivas de los hombres.

Esta falta de posibilidades de ser para las mujeres, viene fenomenal a las demandas sexo-afectivas de los hombres. Si lo pensamos un poco, es un patrón que parece reproducir con matices la vida “de nuestras abuelas”: ellas “accedían” a ser las subalternas de sus maridos (esto, como imaginaréis, es un eufemismo) a cambio de que ellos las mantuviesen. A cambio de sobrevivir, vamos. Es complicado hablar de “elección” cuando no tienes alternativa, ¿no? Pues las “groupies”, tanto en el sentido coloquial como en el que le hemos querido dar en este artículo, hacían y hacen lo mismo: intercambiar sexo y/o afecto por modos de vivir que de ninguna otra manera podrían conseguir. Por ejemplo, por modos de acceder a ámbitos económicos y/o de poder que de ningún otro modo podrían disfrutar, ya que están absoluta y permanentemente copados por hombres.

De todas formas, no deja de resultar curioso que se naturalice esta conducta de las mujeres, es decir, que se presuma propia de su naturaleza: así es mucho más fácil echarles la culpa de vivir a través de otros, aunque sea obvio que es porque esos “otros” llevan estilos de vida que el sistema patriarcal veta a las mujeres. Esto también es muy de chiste liberal: se culpa al individuo para exculpar al sistema. Touché. Sin embargo, pese a que toda naturalización de conductas humanas es una falacia partidista, es cierto que su perpetuación a lo largo del tiempo puede dar lugar a estereotipos. Por ejemplo, no es ningún secreto que en la socialización patriarcal femenina se alienta mucho el vivir a través de otros (el existir a través de lo que damos a otros para cultivar nuestro ego, olvidándonos del hacer por y para nosotras mismas), no solo en la esfera económica, sino en la moral y en la afectiva. La vocación de cuidadoras o de sacrificadas no es más que una consecuencia de esto, particularmente visible en las relaciones heterosexuales. Así que impugnar dichos estereotipos se vuelve más urgente, ya que de no hacerlo corremos el riesgo de seguir siendo (o justificando/alentando que otras sean) hijas sanas del patriarcado.

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