¿Por qué los hombres no se avergüenzan de violar a las mujeres?

Vemos a una familia cualquiera que se reúne para cenar, un padre, una madre, dos chicos y una chica, todos los hijos en una edad comprendida entre la adolescencia y la vida adulta.

El patriarca tiene un poder casi místico sobre los demás

La madre, de pie junto al padre (sentado en la cabecera de la mesa), sirve los platos en silencio y luego se sienta junto a su hija y frente a sus hijos. Todos permanecen callados unos instantes: luego el padre comienza a repasar sus rostros con severidad y hace algún requerimiento a sus hijos varones acerca del rendimiento académico, mientras su esposa e hija continúan comiendo en silencio. Cae sobre la mesa un ambiente plomizo y casi marcial, rígido, solo interrumpido por el tintineo de los cubiertos. Podemos acentuar la escena con algún momento de cumplimiento religioso pero tampoco sería necesario: hemos visto esta escena incontables veces en el cine, la literatura o el teatro, y aunque encontramos algunos matices diferenciadores todas tienen un denominador común. Es evidente, más que tácito, que el padre tiene algún tipo de poder sobre todos los demás (incluida la madre), un tipo de poder que aunque no se explique en la historia todxs lo sobreentendemos porque trasciende el libro y la película, tanto si hemos vivido algo  parecido como si la juventud o la suerte nos ha eximido de ello. Es un poder casi místico, capaz de silenciar, de atemorizar con una sola mirada. Pero, ¿cómo es posible, si no tiene ningún cuchillo en la mano, ninguna pistola? No es necesario: lo que estamos viendo es una familia patriarcal, a un hombre ejerciendo su dominio sobre una mujer y sobre toda su descendencia.

El dominio del varón es un privilegio mimado por el sistema.

Este tipo de dominio, exclusivamente ejercido por los varones, no es ni mucho menos un poder místico de raíces naturales, biológicas, anatómicas ni metafísicas: es un privilegio que los hombres ganan al cumplir el mandato de masculinidad hegemónica. Es un privilegio material, construido culturalmente y cuidado, mimado y amparado históricamente por los poderes institucionales (Estado, Iglesia, Judicatura) y fácticos (mercado, capital) con el objetivo de mantener y perpetuar un sistema de dominación: el sistema patriarcal en el que vivimos.

¿Cómo aprenden los hombres sus privilegios?

La socióloga y psicoanalista estadounidense Nancy Chodorow ha estudiado exhaustivamente los procesos de socialización en la cultura occidental, llegando a interesantes conclusiones entre las que podemos adivinar algunas pinceladas de cómo aprenden los hombres este privilegio masculino. Chodorow explica que tanto las niñas como los niños comparten la primera fase de la socialización: en ambos casos ésta depende de la madre, ambxs se identifican con lo femenino cuando son pequeñxs. Después, mientras la identidad de las niñas se seguirá  forjando desde la experiencia, desde el contacto directo con el mundo de lo culturalmente femenino, la identidad de los niños habrá de sufrir una fractura y proceso de diferenciación: el mandato patriarcal exige una negación/oposición a este primer mundo conocido para asumir la identidad masculina hegemónica. Dicha identidad, a diferencia de la primera, no surge de la experiencia sino de la incorporación de categorías abstractas (definitorias de lo culturalmente masculino) para obtener el premio del privilegio patriarcal: el acceso al poder legítimo, al dominio. Muchas de estas categorías contienen mandatos explícitamente misóginos (un ejemplo simplificado, asociar la respuesta emocional instintiva del niño a lo femenino y reprimirle por “llorar como una niña”; o si un adolescente no trata a las mujeres “como un hombre”, tacharle de marica), que garantizan una “correcta” socialización masculina y el continuo renacer del sistema.

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de privilegio material? A un privilegio que se apoya en realidades materiales y es amparado por la ejecución de castigos incluso físicos a quien se atreva a desafiarlo. Por ejemplo, prohibir a las mujeres el acceso al mundo del empleo profesionalizado (impidiendo que ganaran su propio dinero) garantizaba su subordinación material (y por tanto, sexual, reproductiva, etc) a los hombres, que sí tenían acceso libre a él y quedaban en una posición de poder sobre las mujeres. Este ejemplo es muy reciente pero el privilegio masculino en la familia patriarcal es histórico, y sus prerrogativas podían ir desde el derecho legal (o el poder legítimo de) maltratar a sus esposas e hijxs, venderlxs como esclavxs o incluso decidir si debían morir (para saber más, recomiendo encarecidamente leer “La formación del patriarcado”, de Gerda Lerner). Cada vez parece menos mística la capacidad del patriarca para atemorizar y más comprensible cenar en silencio, ¿verdad?

Existe un lastre de privilegios simbólicos muy difíciles de combatir

Es evidente que el progreso y propio avance de la democracia han matizado muy mucho el poder material de los hombres sobre las mujeres, pero siglos de privilegio (más todos los que nos quedan por destruir, como el techo de cristal o el acceso igualitario a las instituciones y a la representación cultural), no son ni muchísimo menos inocuos: dejan tras de sí un lastre de privilegios simbólicos que son más difíciles de combatir, y mucho más sin conciencia feminista. Que las mujeres sigan asumiendo una mayor carga doméstica que los hombres indiferentemente de su situación laboral fuera de casa es un producto del privilegio masculino, herencia de la realidad material que prohibía a las mujeres abandonar los límites de la esfera doméstica. Que los hombres tiendan a acaparar el espacio público tanto física como verbalmente es un producto del privilegio masculino, herencia precisamente de lo vetado que ha estado dicho espacio a las mujeres históricamente. Más allá de ejemplos cotidianos, el peor exponente del privilegio masculino es la violencia machista en todas sus manifestaciones, heredera entre otras cosas del amparo legal que disfrutaba este tipo de violencia hasta hace muy poco.

Debemos hablar de las consecuencias de la impunidad masculina

Tras la publicación de la vergonzosa sentencia judicial a los cinco hombres que violaron a una mujer en los pasados Sanfermines, se ha escrito bastante sobre consentimiento sexual, lo cual es estricta y obviamente necesario. Pero también es necesario hablar de un paso previo, cuyas consecuencias también beben del privilegio masculino: la impunidad. Siglos y siglos de impunidad en el (mal) trato que dan los hombres a las mujeres, miles de años de amparo legal, económico, religioso, etc., obviamente también tienen consecuencias. Que se suba a twitter un video donde treinta hombres violan a una adolescente, no parece indicar mucho temor a la justicia. Que tres chicos quemen viva a una indigente, tampoco. Que otro vaya por ahí pateando a las mujeres que esperan tranquilamente en los semáforos, tampoco. Y volviendo al tema que nos ocupa, que varios hombres hablen en un grupo de whatsapp sobre cómo violar a mujeres y que al final terminen haciéndolo, tampoco parece indicar mucho temor a la justicia. Y al final parece que incluso con razón. No en vano recordemos lo desmesuradas que al parecer les han parecido sus condenas, aunque con un poquito más de suerte habrían salido absueltos. Es aquí donde se cierra el círculo, porque si todos estos hombres se sienten impunes hasta el punto de  no temer rendir cuentas ante la justicia, como cualquier hijx de vecinx, ¿ante qué exactamente temen rendir cuentas? ¿Qué hay por encima de la justicia, por encima de cualquier cosa en realidad?

El mandato de masculinidad hegemónica, la llave del privilegio. Misoginia en vena. Una identidad construida por encarecida oposición a la otra, la culturalmente subalterna, la femenina. ¿Cómo renunciar al bando del dominio?

El privilegio masculino, como veíamos en la escena del principio, siempre ha estado rodeado de silencio, de impunidad, gracias a su connivencia con el poder patriarcal (institucional y fáctico). Pero estos días las calles se están llenando de miles de mujeres tejiendo una gran red de sororidad. La sororidad, esa red de apoyo entre mujeres que el patriarcado ha intentado boicotearnos durante siglos, es la mejor arma que tenemos contra el sistema. Porque su mandato de silencio se quiebra: porque todas juntas gritamos más alto. Contra la impunidad patriarcal, feminismo en vena.

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