¿Tenemos derecho al porno mainstream?

Se conoce como pornografía mainstream a la pornografía de producción mayoritaria, caracterizada por estar dirigida exclusivamente a una mirada masculina heterosexual, además de reproducir claros componentes de violencia explícita contra las mujeres. No en vano

Una de cada tres escenas pornográficas que se consume contiene una agresión. Y el 94% se ejerce contra una mujer. Son comunes las mujeres ahogadas mientras son penetradas, mientras practican sexo oral y muchas otras prácticas que lo convierten en todo menos placentero no solo para la que lo practica, sino para la que lo ve. ¿El resultado? Al menos un tercio de las mujeres que consumen pornografía dicen no encontrar nada que les guste.”

Según Beatriz Preciado, profesora de Teoría del Género en la Universidad de París VIII, dicha pornografía

Participa de un marco político más amplio en el que se representa la masculinidad y la feminidad heterosexuales como fundamentalmente asimétricas, donde la mujer no tiene ni voluntad ni decisión propia. El problema no es que la pornografía sea sexista (como lo son muchos otros géneros cinematográficos actuales), sino que haya únicamente pornografía sexista. La pornografía funciona como un mecanismo tramposo: creemos que buscamos la que nos da placer, pero en realidad la pornografía que miramos construye nuestros cuerpos y nuestros deseos. Por ello, es necesario abrir el género pornográfico a una pluralidad de códigos, de miradas y de interpretaciones.”

Muchas mujeres heterosexuales reivindican este tipo de representaciones y deseos como legítimos y subversivos en sí mismos.

Sin embargo, es un hecho que muchas mujeres heterosexuales reivindican este tipo de representaciones y deseos como legítimos y subversivos en sí mismos. Desde el propio feminismo, uno de los argumentos  “a favor” de esta pornografía es que el feminismo no puede entrar en la contradicción de prohibir o censurar el deseo de esas mujeres, por mucho que se alinee con los mandatos patriarcales: si una mujer adulta vive el empoderamiento o la subversión sexual a través de fantasías o prácticas  de violencia o humillación, ¿quién es el feminismo para decirle a cada una cómo vivir su propia revolución? Asimismo, si una mujer que se declara feminista, admite al mismo tiempo que disfruta cuando un hombre le silba por la calle, ¿quién es nadie para decirle que ella es menos feminista que cualquier otra? O si otra mujer proclama, pese a su conciencia del patriarcado en que vivimos, que está conforme con sentirse atraída sentimentalmente por un hombre de perfil protector, ¿es acaso menos feminista por ello? La respuesta a todas estas preguntas me parece evidente: la inexorable realidad es que vivimos en un sistema patriarcal-capitalista, y que ello nos hace estar sujetas a continuas contradicciones. Desde la conciencia feminista, cada una es perfectamente libre de decidir qué partes de sí misma le resulta imperativo deconstruir, y con qué otras partes no sólo está conforme, sino que disfruta de ellas. La coherencia extrema, bajo mi punto de vista, es un lujo que muy pocas pueden o siquiera quieren permitirse. Hasta aquí, todo muy conciliador.

¿En serio creemos que quienes consumen esta pornografía mayoritariamente lo hacen desde el feminismo?

Ahora viene la parte problemática. Porque desde el feminismo, todo esto está muy bien. Repito y enfatizo: desde el feminismo. Pero es que el feminismo, por desgracia, como señala Sandra García y ya citamos en otro artículo “no es en absoluto un lugar común”. Es decir, no podemos presuponer, ni muchísimo menos, que todas, o siquiera la mayoría de las mujeres heterosexuales que se sienten cómodas reproduciendo ciertos roles de la feminidad patriarcal, lo hacen desde el feminismo y porque lo han elegido. Del mismo modo, y casi como consecuencia directa, me parece una osadía “defender” la existencia de la pornografía mainstream, la pornografía del falocentrismo, con diversas y claras connotaciones de humillación y de violencia contra las mujeres, esgrimiendo el argumento del “consumo consciente y responsable”. ¿En serio creemos que quienes consumen esta pornografía mayoritariamente lo hacen desde la responsabilidad y/o desde el feminismo?

Si hay un medio por el que l@s niñ@s y adolescentes toman contacto con la sexualidad es a través de la pornografía.

Llega entonces el momento de señalar una importantísima distinción: no es legítimo, desde luego, que un supuesto feminismo holístico le diga a una mujer feminista heterosexual que no puede disfrutar con el sexo violento, que no le puede gustar que le silben por la calle y que no le puede atraer un hombre protector. Lo que diría ese supuesto feminismo holístico es que si para algo existe, es para que cada una viva su vida cómo, cuándo y con quién le dé la gana. Pero, y aquí viene la importante distinción, una cosa es la vida de cada una y otra cosa muy, pero que muy distinta, es la representación cultural. Y con representación cultural me refiero a un tipo de representaciones tan insistentes y tan masivas que tienen el poder de configurar la cultura sexual, es decir, lo que entendemos por relaciones sexuales. No es ningún secreto que la educación sexual no existe en el currículo escolar, y que si hay un medio por el que l@s niñ@s y adolescentes toman contacto con la sexualidad es a través de la pornografía. Así, que la pornografía mainstream sea una continua apología de la violencia contra las mujeres y que al mismo tiempo constituya la instrucción sexual de l@s jóvenes, obviamente tiene consecuencias. Según la psicopedagoda Carolina Lupo

Es un hecho social que la pornografía en la actualidad se ha convertido en parte del convencionalismo cultural. No falta quienes la defienden aludiendo a que es un entretenimiento inocuo, o un “derecho” personal, que a nadie más afecta. Nada más lejano a la evidencia científica. Si nos referimos a jóvenes o adolescentes las estadísticas son  alarmantes,  y se calcula que los efectos serán aún peores. La posibilidad de ingreso irrestricto a Internet, les hace particularmente vulnerables. Diversas investigaciones demuestran que el impacto inicial en la mente de un adolescente genera un profundo malestar y estrés, debido a que aún no está en condiciones de procesar psicológicamente esas imágenes, distorsionando la representación mental de las mismas. Entre ellos, las mujeres suelen ser más propensas a afirmar que la experiencia les resulta perturbadora.

Por otra parte,  es interesante recordar los últimos datos estadísticos en torno al maltrato y violencia de género en España: está aumentando entre los adolescentes. Si bien este es un fenómeno multicausal, diversos estudios están encontrando la existencia de una notoria correlación entre el consumo de pornografía y un significativo aumento de la pasividad y aceptación de las agresiones física y sexual.  Sin irnos muy lejos, hemos podido comprobar por medios periodísticos los efectos que la película ‘50 sombras de Grey’ ha producido en algunos adolescentes, quienes percibían la violencia sexual como un elemento erótico o un ingrediente “sexy”. En este escenario no solamente se ven afectadas las mujeres sino en cierto modo también los hombres, que acaban siendo incapaces de ser dueños de su sexualidad. Algunas mujeres se sienten presionadas a crear sus propios vídeos pornográficos o a tomar como normal el uso de la violencia en sus relaciones. Muchos tienen la idea errónea de que la sexualidad necesariamente debe incluir lo que ven en estos vídeos pornográficos.”

Otro argumento del feminismo posicionado “a favor” de la pornografía mainstream es que su producción sea consensuada, voluntaria y responsable, es decir: que quede constancia de que ésta o aquella productora sólo graba escenas con connotaciones de humillación y de violencia bajo unas condiciones adecuadas y pactadas con las actrices y los actores. Esta salvedad me parece encomiable desde el punto de vista de las condiciones de trabajo, pero sigue sin resolver que la representación continúa siendo la misma, y que en realidad son muy pocas las productoras que tienen en cuenta estos parámetros. Defender la pornografía mainstream con este argumento me parece tan inocente (y ventajista) como el anterior de aducir el consumo responsable o feminista.

Si hay algo que no puede ser el feminismo es neoliberal.

Además, tanto el argumento relativo a las condiciones de trabajo como el del consumo responsable, me parecen algo egocéntricos: egocéntricos en el sentido de que solo parecen válidos para quien los esgrime y para quien comparte esas circunstancias, olvidándose de la triste mayoría que constituyen los que no. Digo “triste” porque ya nos gustaría a las feministas que la mayoría lo fuéramos, pero desgraciadamente no es así, y menos los consumidores de pornografía mainstream en general. También me parece que este egocentrismo tiende hacia algo todavía más problemático, que es el neoliberalismo: y aquí sí, sin ambages, declaro categóricamente que si hay algo que no puede ser el feminismo es neoliberal, porque esta contradicción sería de las lastrantes. El neoliberalismo antepone los intereses individuales a los colectivos: así, que una mujer feminista empoderada declare que tiene derecho a ver sus deseos representados en la pornografía (incido, a verlos representados, que no es lo mismo que reclamar su derecho a tenerlos) tiene un cariz neoliberal porque asume erróneamente que sus circunstancias privilegiadas (el empoderamiento feminista es un privilegio intelectual y moral) son compartidas por el resto, minimizando la importancia de las consecuencias que puede tener (y que de hecho tiene) la pornografía mainstream en ese “resto”, referido en este caso a niñ@s y adolescentes que carecen tanto de educación sexual curricular como de conciencia feminista, todo por obra y gracia de las mismas instituciones conservadoras a cargo de su educación. Del mismo modo, que una actriz porno o una productora de pornografía en particular reclame su derecho a reproducir y perpetuar un imaginario sexual repleto de violencia contra las mujeres por la legitimidad que les aporta unas condiciones de trabajo dignas, olvidan que hay otras mujeres que se ven obligadas a grabar este tipo de imágenes sin contar con el mismo privilegio.

La solución para este problema, obviamente, no pasa por prohibir la pornografía: pero sí por poner en el centro de la diana a toda la industria mainstream, lo que indudablemente llevaría a repensar el modelo sexual hegemónico y fomentaría una nueva representación de la sexualidad desde la igualdad y para el placer de todo el mundo, no solo de los mismos de siempre.

 

 

 

2 comentarios en “¿Tenemos derecho al porno mainstream?

  1. Me ha costado leerlo. Tiene algunas palabras, que he entendido por el contexto.
    Es un articulo muy denso, da para varios.
    Me ha gustado el respeto hacia la diversidad de opciones a las que da el tema.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *