Be careful, white straight woMAN

 El pasado mes de noviembre, tras la fatídica victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU, el sentir mayoritario fue de una inmensa decepción para con el votante norteamericano. Surgieron numerosos debates acerca de lo sucedido, infinitos datos, incontables cifras y, como no podía ser de otra manera, una exhaustiva búsqueda de culpables. Los porcentajes de voto fueron los siguientes: el 72% de los hombres blancos no universitarios votó a Trump, el 23% a Clinton; el 54% de los hombres blancos universitarios también votó a Trump, frente al 39% que optó por Clinton; el 62% de las mujeres blancas sin formación académica votó a Trump, el 34% a Clinton; entre las mujeres blancas con estudios universitarios ganó Clinton con el 51%, frente al 45% de Trump; sin discriminar por sexo, el voto de la comunidad afroamericana se decantó en un 88% para Clinton frente al 8% de Trump, y el de la comunidad latina en un 65% para Clinton frente al 29% de Trump (más adelante nos fijaremos en el voto de las mujeres dentro de estos colectivos).

¿Por qué los medios obviaban una verdad matemática para repetir, como si no estuviéramos cansadas de oírlo, que “la culpa era de las mujeres”?

Así, a grandes rasgos, la primera conclusión que podríamos sacar es que la principal baza en la victoria de Trump fue el voto masivo de los hombres blancos sin estudios y el mayoritario de los hombres blancos universitarios: vamos, el voto de los hombres blancos en general. Sin embargo, al día siguiente podíamos ver por todas partes titulares como estos: “La mujeres blancas traicionaron a Clinton y dieron la victoria a Trump”, “¿Por qué hay mujeres que votan a Donald Trump?”, “La clave del voto oculto: cómo el 53% de mujeres blancas llevó a Trump a la Casa Blanca”. Pero, ¿por qué los medios obviaban una verdad matemática para repetir, como si no estuviéramos cansadas de oírlo, que “la culpa era de las mujeres”? Dándole muchas vueltas, llegué a la conclusión de que había dos razones fundamentales:

La primera, que el voto de los hombres blancos no lleva grabada a fuego la marca de la alteridad, como sí la llevan el voto de las mujeres y el de las comunidades afroamericana y latina. Es decir, los hombres blancos son los principales aludidos, los principales beneficiarios de cualquier programa político, especialmente en el mundo capitalista: ni las mujeres, ni los negros, ni los latinos están entre las prioridades, ni mucho menos en el centro de estos idearios. De hecho, incluso en EEUU su derecho al sufragio es algo relativamente reciente. Entonces, hasta los progresistas dan por sentado que si hay algún voto con responsabilidad de cribado, de separar el grano de la arena en busca de alguna pepita de avance social, es el voto de los colectivos desfavorecidos por razón de sexo, raza o clase. Al voto normativo, es decir, al voto del varón blanco heterosexual, no se le exige nada en absoluto porque se asume con naturalidad su ensimismamiento, incluso tal vez su falta de empatía. Así que si algo sale mal, si gana el conservadurismo extremo (entendido como la exaltación de la normatividad, la confrontación con la diferencia), la culpa es de los perjudicados que no han sabido reconocer su situación, no de los privilegiados, porque ¿cómo van a renunciar ellos a su privilegio?

Tanto mujeres como latinos tenían muchos motivos para no votar a Trump: sin ir más lejos, las mujeres tenían su machismo recalcitrante y confeso.

La segunda razón enlaza directamente con la primera porque, aparentemente, tanto mujeres como latinos tenían muchos motivos para no votar a Trump: sin ir más lejos, las mujeres tenían su machismo recalcitrante y confeso. No fue solo aquel comentario que le pillaron en una charla privada, donde decía algo como que con dinero podías hacer cualquier cosa con ellas, incluso agarrarlas por los genitales. No fue solo el escándalo por el trato denigrante dispensado a la Miss América Alicia Machado en los tiempos donde trabajaba para él. Fue que, además, hasta doce mujeres le acusaron públicamente de cometer abusos sexuales contra ellas. Muchos pensaron que esto supondría la definitiva sentencia política de Trump: al fin y al cabo, también dijo absolutas barbaridades contra los latinos, como que los iba a deportar en masa y que todos eran unos delincuentes y unos violadores, y la comunidad latina se lo hizo pagar en las urnas. El 65% votó a Clinton frente al 29% de Trump (porcentaje que también pareció excesivo a muchos analistas). Entonces, ¿por qué no sucedió lo mismo con las mujeres blancas?

Una posible respuesta podría encontrarse observando cómo influye en este tipo de procesos políticos la construcción de la identidad. Si tenemos en cuenta los parámetros barajados en el análisis de los porcentajes de voto (esto es, el sexo, la raza, la formación académica, e incluso algunos estudios analizaron la orientación sexual de los votantes), podemos ponerlos en diálogo y sacar alguna que otra conclusión. En el marco de una sociedad patriarcal-capitalista, la identidad principal o normativa es la del varón blanco heterosexual con formación académica. Como ya hemos mencionado anteriormente, este sujeto es el principal beneficiario, el principal aludido de los programas políticos, porque su especificidad se entiende como universal: esto puede verse en que, en materia de política, suelen considerarse un aditivo las medidas feministas (que favorecen la igualdad entre mujeres y hombres), o las medidas de protección a la inmigración o a colectivos minoritarios, pero no resuenan términos como “medidas de protección a los hombres” porque éstas existen per se en el sistema patriarcal. El problema radica en que, al tomar una identidad que representa únicamente a un porcentaje limitado de población como normativa o principal, las preocupaciones específicas que conciernen al resto de identidades (o alteridades) son subsumidas por las que conciernen a dicha identidad principal: de modo que el sentimiento singular de las identidades subalternas va diluyéndose, siendo sustituido por el de pertenencia a una presunta universalidad que en realidad sólo representa a unos pocos. Las dinámicas mediante las que esto sucede en una sociedad patriarcal son diversas, más o menos explícitas (más adelante analizaremos alguna de ellas), pero está claro que a su paso encuentran tanto facilidades para operar como grandes escollos.

Ilustración 1.1

Si os fijáis en la ilustración 1.1, el rombo exterior representa los parámetros de la normatividad, mientras que el interior representa sus contrarios: la alteridad. Hombre, mujer; blanco, no blanco; con formación, sin formación académica; heterosexual, no heterosexual.

Cuantos menos parámetros normativos cumpla una identidad, cuanto más se aleje de la normatividad, más escollos encontrarán las dinámicas patriarcales para operar.

Ahora bien, en torno a las presuntas culpables de la victoria de Trump, encontramos dos perfiles de mujer blanca heterosexual (las principales agrupaciones LGTB de EEUU apoyaron a Clinton): una con formación académica y otra sin ella. El primer perfil coincide en hasta tres parámetros con la normatividad (blanca, heterosexual, con formación) y la segunda sólo en dos (blanca y heterosexual), aunque este 50% de coincidencia parece ser suficiente en nuestro sistema para justificar el voto conservador (una vez más, conservadurismo entendido como exaltación de la identidad principal y rechazo a la diferencia). Así, pese a la pequeña disparidad en el área de coincidencia con la normatividad que hay entre ambos perfiles (ilustración 1.2), podemos concluir que las dinámicas patriarcales han tenido éxito, no han encontrado obstáculos suficientes contra su aplicación.Pero, ¿cuáles son las facilidades y cuáles los obstáculos que encuentran las dinámicas patriarcales para operar? Cuantos más parámetros normativos cumpla una identidad determinada, más facilidades encontrarán estas dinámicas y más riesgo tendrá la identidad en cuestión de quedar subsumida bajo la principal; porque ésta se representa estrictamente a sí misma, y por mucho que la coincidencia sea casi completa (por ejemplo, un hombre blanco con formación académica), la variante de un solo parámetro no normativo implica renuncia a intereses específicos (como los que el hombre de este ejemplo podría tener si fuera homosexual). En cambio, cuantos menos parámetros normativos cumpla una identidad, cuanto más se aleje de la normatividad, más escollos encontrarán las dinámicas patriarcales para operar y más posibilidades tendrá dicha identidad de autodefinirse, de constituir su propio colectivo y de luchar por sus propios intereses, aunque sea desde la precariedad o desde la desprotección política (ya que la normatividad concentra el poder).

Ilustración 1.2

 Pero ¿cuáles son estas dinámicas que operan en contextos tan dispares? Para los perfiles que ocupan este análisis, podríamos barajar dos ejemplos bastante evidentes: en el caso del primer perfil (mujer blanca heterosexual con formación, 3 parámetros), la defensa de intereses neoliberales que argumenta este tipo de votante de Trump resulta bastante común. El neoliberalismo es una buena herramienta para la perpetuación del sistema patriarcal porque exalta los valores individualistas que sirven de sustento al capitalismo, valores que conducen a la competición entre individuos diversos y a la consecuente ruptura de las redes cooperativas necesarias para el progreso social. Esta ideología resulta especialmente nefasta cuando es adoptada por identidades no normativas o subalternas, porque las aísla de sus propias redes de cooperación (colectivos LGTB, asociaciones de minorías étnicas o raciales, espacios feministas…) y la prevalencia de la  identidad normativa en el sistema patriarcal (varón blanco heterosexual con formación académica) sigue sin cuestionarse. En el caso del segundo perfil (mujer blanca heterosexual sin formación, 2 parámetros), los analistas destacaron su pertenencia a un contexto conocido coloquialmente como la “América profunda”, comunidades claramente sesgadas por el machismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, etc. Esto cristaliza en otra dinámica patriarcal, más antigua y por ello más explícita y fácilmente descalificable: la asunción de un rol femenino tradicional, de la mujer en la esfera doméstica, la sumisión ante los criterios masculinos, la religiosidad exacerbada, la maternidad mitificada, etc.

Pero en este sistema de diálogo entre identidades que hemos ideado hay un problema…

Pero en este sistema de diálogo entre identidades que hemos ideado hay un problema evidente: aplicado a todos los perfiles de votante estadounidense, no se cumple en todos los casos que con dos o más coincidencias con la identidad normativa se produzca el voto conservador. La excepción más obvia es el caso de los votantes afroamericanos (ilustración 1.3): sin discriminar por sexo, solo un 8% de los afroamericanos votaron por Trump, y si nos fijamos exclusivamente en las mujeres el porcentaje es todavía más ridículo (en torno al 2%). Así, es un hecho que en EEUU existen varones negros heterosexuales con formación académica que, pese a compartir 3 coincidencias con la normatividad (como el primer caso de votante mujer blanca), sí reaccionaron ante el racismo de Trump; de igual manera, existen mujeres negras heterosexuales con formación académica que comparten dos coincidencias con la normatividad (igual que las blancas de zonas rurales) y reaccionaron casi en un 94% contra el ahora presidente.

Ilustración 1.3

Pero ¿por qué la coincidencia con algunos parámetros no normativos como la raza o la orientación sexual parecen garantizar una adscripción a alguna red de apoyo, más que la pertenencia a otros parámetros, también no normativos, como el sexo femenino? Porque es un hecho que ni l@s no heterosexuales en general, ni los afroamericanos ni los latinos dieron su apoyo a Trump: todas son identidades que denuncian su alterización en la sociedad patriarcal, que suelen contar con grandes colectivos o redes de apoyo que luchan por sus propios intereses, pese al incesante acaparamiento de los intereses normativos del varón blanco heterosexual. En otras palabras, ¿qué sucede específicamente con las mujeres blancas heterosexuales, que no tienen ni una raza ni una sexualidad que las convierta en outsiders en el contexto del patriarcado, que las aproxime a redes más evidentes de apoyo, pero sí poseen un sexo no normativo?

La clave no está, desde luego, en una supuesta estupidez, masoquismo, alienación, ni ningún otro argumento peregrino arrojado por muchos no sólo en foros y blogs, sino también en medios de comunicación presuntamente respetables. La clave está en la continua y martilleante campaña de descrédito, difamación y calumnia que sufre la red de apoyo a la que podrían adscribirse estas mujeres en el contexto desfavorable de la sociedad patriarcal: el feminismo. En palabras de Sandra Fernández:

El racismo, por ejemplo, es algo públicamente difundido; es decir, está académica, científica y socialmente estudiado y debatido en diversas ramas desde hace casi 100 años. Esto hace que el discurso crítico sobre los temas “raciales” sea un espacio común. Por el contrario, los temas sexistas o machistas, siguen aún dándose por sentados, el androcentrismo no se cuestiona y el feminismo es tachado de ideología política. El feminismo como teoría de la no inferioridad de las mujeres (entre otras muchas cosas) no es en absoluto un lugar común, no hay más que pensar en cómo se emplean roles sexistas en la publicidad o en los medios, y en qué sucedería si esos mismos anuncios emplearan cuestiones racistas en las que los negros salieran haciendo “cosas de negros”.

De modo que la “culpa” de la victoria de Trump no es, como sostuvo el periódico Público entre otros muchos medios, de “la sorprendente falta de sensibilidad de las estadounidenses de raza blanca frente a las humillaciones a las que las había sometido el potentado que se convertirá –en parte, gracias a ellas– en el presidente más peligroso que jamás se haya sentado en el Despacho Oval”. (Esto, afirmado después de señalar, en el mismo artículo, que “por supuesto Trump arrolló a su rival en el voto de los hombres blancos (63% a 31%), pero su victoria no se debió sólo a ese fenómeno –más que previsible para los gabinetes demoscópicos”, como si las previsiones demoscópicas cumplidas fueran una especie de eximente, una especie de salvoconducto para matizar las ya de por sí escasas responsabilidades que se les exigen a los sujetos normativos, varones blancos heterosexuales, por su sistemático abuso egoísta de la democracia). La “culpa”, si acaso es de alguien, es de la absoluta, y en muchos casos deliberada, falta de conciencia feminista que caracteriza a las sociedades donde el capitalismo y el patriarcado forman la alianza perfecta para garantizar que nada cambie: que las desigualdades no dejen de crecer y que la diversidad, lejos de respetarse, se convierta en carnaza bochornosa para un payaso sin escrúpulos, encumbrado al poder por el voto mayoritario de unos señores siniestramente parecidos a él.

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