El machismo que no nos convertirá en clásicas de la literatura

El concepto de canon occidental se refiere al

“Corpus de obras de arte y literarias que han formado la denominada alta cultura en la civilización occidental. Ya sea por su calidad, su originalidad, o por ciertos rasgos formales y temáticos, dichas obras han trascendido en la historia, arte y cultura occidentales, sin perder vigencia ni quedar obsoletas. Usualmente se identifica con las obras clásicas, consideradas como seminales: restringido a la literatura se denomina canon literario”.

El canon occidental está configurado por autores varones blancos y de posición económica media o alta.

Por razones que veremos más adelante, el canon occidental está configurado en amplísima mayoría, si no exclusivamente, por autores varones blancos y de posición económica media o alta. Esto puede verse fácilmente en que muy poc@s autor@s que incumplan estas sencillas premisas terminan incluyéndose en colecciones de clásicos,  en grandes hitos del pensamiento universal  o, lo más importante, en temarios escolares y universitarios.   Harold Bloom, uno de los críticos literarios más prestigiosos de nuestro tiempo y autor de “El canon occidental”, suele referirse como usurpadores de la primacía estética a

 “Críticos marxistas, feministas, historicistas de nuevo cuño, todo aquel que lea un poema como documento social o mezcle política o ideología con la literatura. Denomina “escuela del resentimiento” a esta lectura tendenciosa, y a sus practicantes, pues sostiene que la lectura cuidadosa y escrupulosa, desinteresada, es un arte que agoniza”.

El poder también está y ha estado gestionado por sujetos varones en instituciones no tan naturalmente asociadas al poder como, en este caso, la Cultura.

Pero, ¿es el canon realmente un concepto neutral? ¿Son tan ilegítimas las pretensiones de l@s usurpador@s que Bloom critica con tanta virulencia? Para responder a estas cuestiones con cierto rigor analítico, tenemos que detenernos ineludiblemente en el concepto de “primacía estética” defendido por Bloom. Como vimos en el artículo anterior,  en el contexto de una sociedad patriarcal como la nuestra, la identidad dominante corresponde al varón, blanco, heterosexual, de clase alta. Que esta identidad coincida con la de los autores que configuran el canon y con la de los críticos que defienden ese canon y promulgan para ello criterios de objetividad hegemónica, como imaginaréis, no es en absoluto casualidad. Y aunque todo esto resulte de una obviedad aplastante y parezca innecesario detenerse en ello, realmente es importante que empecemos a asociar estos procesos (que representan el paradigma del corporativismo masculino y que son susceptibles de exportarse a cualquier otro contexto de resortes patriarcales, como la empresa privada, la empresa pública, y cualquier cosa que se os pase por la cabeza) a escenas materiales. Es decir: cuando hablamos de sistema patriarcal, no estamos hablando únicamente de que el poder esté y haya estado históricamente gestionado por sujetos varones en instituciones naturalmente asociadas al poder como el Estado, la Iglesia y la Judicatura; sino que el poder también está y ha estado gestionado por sujetos varones en instituciones no tan naturalmente asociadas al poder como, en este caso, la Cultura. Y eso significa que hay una escena material, física (que estamos tentadas de representar aquí, como le sucedía a Virginia Woolf), que se reproduce a lo largo del tiempo y que incluye a una serie de sujetos varones produciendo literatura y pensamiento, a una serie de sujetos varones custodiando esa literatura y ese pensamiento, a una serie de sujetos varones rescatando esa literatura y ese pensamiento para la formación de generaciones venideras de sujetos varones y que, de repente, se ven sorprendidos por luchas encarnizadas que intentan meter a otros sujetos (mujeres, no blancos, homosexuales, etc…) en todas esas (y otras muchas) ecuaciones de la sociedad; cosa que, como mínimo, estas generaciones de varones normativos, amparados por la larga sombra de sus predecesores, no se van a tomar nada bien.

Así que no, tal vez no sea necesario, como sostiene el señor Bloom, mezclar “política o ideología con literatura”; tal vez no sea necesario recordar que para que esas interminables dinastías de varones normativos crearan su literatura y su pensamiento en esa exclusividad digna de sala VIP, sin que hubiera mujeres, o negros, o incluso mujeres negras incordiando y queriendo quitarles lo que los Padres de la Sociedad les habían legado a ellos solitos, era necesario mantener a est@s usurpador@s a raya a través de las estrategias más creativas imaginables. Y es verdad que tal vez no sea necesario insistir con todas las modalidades de opresión que el sistema patriarcal ha utilizado históricamente para dominar a l@s usurpador@s, al fin y al cabo, tener esto en cuenta o no en una investigación teórica sólo depende de la ética de su autor. Y desde luego que la ética no es obligatoria.

Si su concepto de “primacía estética” se debe a una laguna intelectual, el profesor no tiene de qué preocuparse: se llama pensamiento neoliberal.

Lo que no puede pretender el señor Bloom es que insultemos nuestra propia inteligencia: porque el concepto de “primacía estética” sugiere una existencia natural, en el vacío, de cierta potencialidad creativa. Entonces, la espontaneidad con la que el señor Bloom justifica que esta potencialidad, o este mérito, se haya dado mayoritaria, si no exclusivamente, en autores varones a lo largo de la Historia, sólo puede deberse a dos motivos: a una magna laguna intelectual en el juicio del profesor, o a un ataque de machismo que de lo explícito consigue sonrojar (ya que el patrón masculino elimina la arbitrariedad de las musas, y sólo podría entenderse asumiendo una superioridad intelectual intrínseca a las dinastías de varones). Si su concepto de “primacía estética” se debe a una laguna intelectual, el profesor no tiene de qué preocuparse, porque, de hecho, es muy común en nuestro tiempo: se llama pensamiento neoliberal.

El pensamiento neoliberal normalmente se aplica a la esfera económica pero, naturalmente, también tiene una aplicación teórica. Hay una antigua corriente antropológica (desde luego, superada) cuyos preceptos teóricos vienen como anillo al dedo al pensamiento neoliberal: concretamente dos preceptos, el sincronismo y la teleología. En palabras de Ted C. Lewellen,   una definición de sincronismo se refiere a “lo relacionado con un conjunto de acontecimientos que existen en un periodo de tiempo limitado y con independencia de sus antecedentes históricos”. Como si las sociedades fuesen “arrancadas de su contexto histórico y tratadas como si se mantuvieran estáticas en el tiempo”. Considerar la sociedad, o la literatura, desde una perspectiva sincrónica, ayudaría a Harold Bloom a justificar la desproporcionada presencia (incluso la exclusividad) de autores varones blancos, heterosexuales y de clase acomodada en temarios y antologías, enarbolando su “primacía estética”. Este es exactamente el mismo argumento de quienes claman contra las cuotas de paridad, pese a que, como señala la politóloga Tània Verge,

“No parece sensato desperdiciar a la mitad del talento de la sociedad. Tampoco ético ni justo, aunque estos argumentos parecen ser insuficientes para los detractores de las medidas de acción positiva, quienes siguen insistiendo en el daño irreparable que se causaría a la meritocracia”

Vienen a decir que si hay más hombres blancos en el gobierno, en la dirección de empresas o en los temarios universitarios es, simple y llanamente, porque han reunido más méritos  o más “primacía estética” para ello. Así de fácil y de diáfano. Es esta tendencia, por desgracia muy de actualidad, de relacionar patrones de presencia masculina (que además, siempre son patrones de lo mismo, no es que haya también patrones de mucha presencia de esquimales en algún ámbito) con casualidades, y de confundir mérito con condiciones materiales favorables. No voy a negar lo práctico y lo conveniente que les resulta pensar “sincrónicamente” a todos los Harolds Bloom que nos rodean, pero convendréis conmigo en que, cuanto menos, les conduce a argumentar con una falta de rigor rayana en lo pueril. Aunque realmente dudo que esto les preocupe en lo más mínimo.

En cuanto a la teleología neoliberal, se trataría de

“Analizar las instituciones y las actividades según el objetivo hacia el cual se dirijan (…). No explicarlas a partir de su desarrollo histórico, sino desde su objetivo o función”.

Aquí también podemos encontrar el neoliberalismo teórico de los profesores, ya que instituciones reales (como Gobiernos, Empresas o Academias) o simbólicas (como la Literatura o la Filosofía) se analizan como cosas en sí, como cosas dadas, surgidas por creación espontánea en el tiempo y con objetivos magnos tales como velar por la “primacía estética”. Así, el enfoque teleológico tampoco reconoce como digno de mencionarse el que las “filas” de todas estas instituciones hayan estado (generación tras generación) mayoritaria o exclusivamente ocupadas por varones, y por tanto no reconoce como elemento de análisis el obvio partidismo sexual intrínseco tanto a los objetivos como a la propia idiosincrasia de dichas instituciones. Un excelente ejemplo de esto es la Real Academia Española:  la RAE, que cuenta con 11 mujeres académicas en sus 300 años de historia (y la primera incorporación femenina se produjo en 1978), es la “institución cultural encargada de la regularización lingüística del idioma español”. Asumiendo que a los teleologistas les parece algo baladí, fruto de casualidades, meritocracias y primacías estéticas, que esta institución haya contado en sus filas con 11 mujeres frente a más de 1000 hombres, centrémonos en el objetivo de tan venerable institución: “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”. Pero, ¿qué significa esto? ¿Es realmente un objetivo tan aséptico y tan neutral como parece?

Acerca del sexismo del idioma español, algunas propuestas del feminismo por transformarlo son el desdoblamiento de adjetivos por género y la utilización del femenino genérico cuando el contexto lo justifique.

En torno al vigente debate acerca del sexismo que impregna el idioma español, algunas propuestas del feminismo por transformarlo en algo más imparcial son el desdoblamiento de adjetivos por género (para referirse, por ejemplo, a los diputados y las diputadas o a los niños y las niñas) y la utilización del femenino genérico cuando el contexto lo justifique: es decir, en lugar de utilizar indiscriminadamente el masculino genérico para interpelar a todos los conjuntos, sin diferenciar si en ellos hay mayor presencia masculina o femenina, utilizar el femenino genérico cuando la mayor presencia femenina del conjunto lo justifique (y seguir empleando el masculino cuando el supuesto sea el contrario). Estas propuestas tienen el objetivo de visibilizar al sujeto femenino como individuo de igual entidad que el sujeto masculino en la sociedad, haciendo el lenguaje más inclusivo. Pero, al parecer, estas “necesidades de las hablantes” son de las que quiebran la “unidad esencial” de la lengua española, por lo que la RAE las desautorizó,  instando a enmienda a quienes hicieran uso de ellas. Y como era de esperar, este y otros posicionamientos que distan mucho de ser imparciales por parte de la RAE, han atraído numerosas críticas. A este respecto, un miembro de la Academia realizó las siguientes declaraciones:

“No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos”.

Es aquí donde el holograma de Harold Bloom reaparece, reencarnándose en otro señor, de otra generación e incluso de otro país, con aquel lamento contra los “usurpadores de la primacía estética” que se empeñaban en “mezclar política con literatura”. Así como Harold Bloom y todos los defensores del canon occidental se erigían como custodios y perpetuadores de la “primacía estética”, en contra de los fanáticos de “la escuela del resentimiento”, los académicos de la RAE se erigen como custodios y perpetuadores de la “unidad esencial” del lenguaje español, en contra de “los delirios lingüísticos del ultrafeminismo radical”.  Dejando de lado el estupor que causa que quepan ellos mismos junto con todos sus egos en el mismo ascensor, solo queda por desvelar que esta coincidencia tanto de objetivos magnos como de lamentos no es ni arbitraria ni casual. De hecho, como hacía Harold Bloom con el pretexto de la “primacía estética”, en la RAE también esgrimen el argumento de la “unidad esencial” del lenguaje como si esto fuera algo dado, algo que existiera per se en el espacio y en el tiempo, como una suerte de Tabla de la Alianza entregada por la divinidad. Pues la cuestión es que no: “que los usos no aparecen porque sí, y los diccionarios no nacen sin intenciones ni intereses”.  En palabras del sociolingüista José del Valle, “estas disputas (…) no son sólo sobre cuestiones lingüísticas (o culturales): lo lingüístico (y lo cultural) no existe al margen de lo social y lo político. Es el campo de batalla en el que se libran otras pulsiones hegemónicas”.

Entonces, ¿qué es lo que realmente se esconde detrás de estos presuntos criterios dominantes espontáneos, autorregulados en el espacio y en el tiempo, sin intereses partidistas de por medio? ¿Qué se esconde detrás de la “primacía estética” y de la “unidad esencial” del lenguaje, vetustos feudos de tantos señores de tantas épocas? Lo que se esconde detrás de todo esto, lo que estos señores no se cansan de gritar a los cuatro vientos que es imprescindible preservar, reproducir y perpetuar es, simple y llanamente, el privilegio masculino. Porque lo cierto es que si todas estas instituciones reales (Academia Española) o simbólicas (Canon occidental) fueran realmente imparciales, muchísimos de estos señores (aproximadamente la mitad) no habrían estado ni estarían donde están, con toda la pérdida de poder, privilegios y autoimportancia que ello conlleva. Y este es su verdadero problema.

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