El significado patriarcal: una manipulación de la cultura

Por razones que vimos en el artículo anterior, el canon occidental está configurado en amplísima mayoría, si no exclusivamente, por autores varones blancos y de posición económica acomodada. Pero, ¿son estos los únicos sujetos que crean? ¿Qué hay de l@s creador@s excluid@s del canon? Es importante ligar la idea de canon no sólo al arte y la literatura, sino también a la filosofía, la psicología y demás ramas del intelecto y/o la creatividad, ya que este canon (junto con sus normas de acceso) va a condicionar drásticamente lo que podríamos llamar la “Historia del pensamiento occidental”.

Laura Freixas señala que existen dos tipos de sujetos creadores cuyas producciones no van a correr la misma suerte.

En una excelente conferencia sobre la lucha por la autoría intelectual y sus consecuencias, Laura Freixas señala que, en la literatura así como en la sociedad, existen dos tipos de sujetos creadores cuyas producciones no van a correr la misma suerte: los sujetos dominantes (varones, blancos, occidentales, de clase media o alta, heterosexuales) y los sujetos subalternos (mujeres, colonizados, no occidentales, clases bajas, homosexuales, etc). Dichas producciones no van a correr la misma suerte porque, como ya ha quedado claro, son exclusivamente las obras creadas por sujetos dominantes las que van a configurar el canon (no solo en literatura, sino en arte, filosofía, psicología, etc). Esto se traduce en que existen testimonios canónicos y testimonios periféricos, es decir, testimonios que configuran la cultura hegemónica y testimonios que solo trascienden en las subculturas, en ámbitos que por definición son más específicos y de difícil acceso. Incluso, y es aquí donde encontramos el quid de la cuestión, cuando las obras de los sujetos dominantes se arroguen el derecho de definir, recrear, ficcionar, lo concerniente a la vida de los sujetos subalternos.

Así, el hecho de que las únicas producciones intelectuales canónicas sean las de los sujetos dominantes, tiene dos resultados posibles: el resultado de cuando estos sujetos optan por definirse a sí mismos y sus circunstancias, y el resultado de cuando optan por definir a l@s otr@s. Las consecuencias del primer caso son, a grandes rasgos, la asunción de temas esencialmente masculinos (la guerra, el honor, la victoria) como universales, el tratamiento de los temas “subalternos” como de interés exclusivo de los sujetos subalternos (no universales, como esa presunción tan resonante de la “literatura de mujeres, escrita por mujeres y para mujeres”), la sobrerrepresentación de roles masculinos que afianzan la percepción social del sujeto masculino como universal (en oposición a la infrarrepresentación de roles femeninos, o antinormativos en general, que sólo aparecen en función de su relación con el sujeto masculino y no con una dimensión central): en definitiva, consecuencias que contribuyen a que confundamos lo masculino con lo universal y todo lo demás como interesante sólo en relación con lo masculino.

En las consecuencias del segundo caso vamos a detenernos un poco más. Siguiendo con Freixas, podríamos preguntarnos: cuando el sujeto dominante opta por describir (ficcionar) la realidad o la experiencia de los sujetos subalternos, ¿estas descripciones coexisten pacíficamente con las que los sujetos subalternos elaboran acerca de sí mismos? Freixas señala que no, que esta coexistencia implica una lucha por la autoría de la representación cultural, en la que obviamente terminará imponiéndose el testimonio del sujeto dominante (que es el único susceptible de convertirse en canónico). Esto quiere decir que, incluso cuando se trate de representar la experiencia de sujetos subalternos (Freixas expone tres ejemplos: la identidad negra en EEUU, la prostitución y la maternidad), su significado cultural va a estar definido por el sujeto dominante: así, por ejemplo, en las representaciones de la maternidad prevalece la mitificación y la naturalización de la condición femenina impuesta por el patriarcado, mientras que los testimonios autobiográficos de la maternidad son tremendamente escasos (y cuando los hay son despiadadamente criticados por oponerse a la idea cultural de “la madre”). Entonces, no se trata de algo tan sencillo como que un individuo al azar se atreva a retratar realidades desde un punto de vista ajeno a esas realidades y, por tanto, ficticio: sino que al hacerlo un sujeto dominante, estas recreaciones se convierten en canónicas; al convertirse en canónicas crean cultura; y al crear cultura crean significado. Así, que testimonios como estos se admitan en el ingente depósito de producciones intelectuales normativas que serán asumidas y transmitidas de generación en generación, para terminar filtrándose de manera más o menos explícita al imaginario cultural, se traduce en que la cultura occidental (y los significados derivados de ella) no va a ser en absoluto imparcial, sino que estará sesgada por la adscripción a un único punto de vista: el del sujeto que tiene el poder.

Tod@s asociamos las dudas o cualquier indicio de rechazo a la alienación con la “mala madre”.

Esta manipulación del significado a través de una representación cultural sesgada, puede lograrse de diversas maneras y acarrear distintas consecuencias. Es importante que pensemos en el significado como la red de conceptos mediante la que construimos nuestra percepción de las cosas, pero no en un plano individual, sino colectivo. Por ejemplo, al haber crecido sugestionadas por las ideas sesgadas del patriarcado acerca de la maternidad (que hemos consumido en libros, películas y manuales, y que forman parte de nuestra socialización), tod@s asociamos la abnegación, el amor incondicional y el sacrificio con la “buena madre” (y ya no entremos en lo que dice la religión patriarcal acerca de esto) y el arrepentimiento, las dudas o cualquier indicio de rechazo a la alienación con la “mala madre”. Como hemos visto, esto se produce al tomar una experiencia exclusiva de los sujetos subalternos (en este caso, las mujeres y su maternidad) y manipularla a través de testimonios patriarcales canónicos (como la Biblia, así como cualquier texto de Rousseau o de Comte), tergiversando su significado real (que sólo podría ser definido por quienes experimentan la maternidad, es decir, las madres) en pos de objetivos que explícitamente tienen que ver con el poder: en este caso, perpetuar una socialización de las mujeres centrada en el ámbito doméstico, en la reproducción gratuita de la fuerza de trabajo y en la crianza (apartándolas “por imperativo natural” del espacio público y de cualquier “conflicto” con los hombres).

Pero para manipular el significado ni siquiera hace falta que exista previamente una experiencia subalterna que tergiversar: el privilegio del canon también da, de sobra, para inventar significados sin que tenga que haber una experiencia subalterna real sobre la que aplicarlos. Fácilmente podríamos catalogar este fenómeno como una especie de proyección teórica: a saber, cuando una experiencia de los sujetos dominantes (normalmente con connotaciones negativas) se transforma en culpa de los sujetos subalternos. En este caso, a falta de una experiencia subalterna real que manipular, se trataría de difundir masivamente mediante la vía privilegiada del canon, testimonios que avalen la experiencia subalterna inventada (cuyo objetivo es exculpar al sujeto dominante): testimonios que, como antes hemos visto que sucedía con la maternidad, configurarán la cultura patriarcal en la que somos socializad@s, filtrándose al imaginario colectivo y consiguiendo que los asumamos como ciertos. Realmente el canon de la literatura, la psicología y, nuevamente, la religión, están repletos de estas proyecciones. Pero, por una cuestión de espacio, vamos a centrarnos únicamente en dos ejemplos del canon literario (porque nos apasiona la literatura):

Las historias que incluyen a nínfulas tratan de un varón blanco heterosexual adulto que intenta justificar sus inclinaciones pederastas hacia una niña, culpándola a ella del “embrujo”.

El concepto de nínfula fue popularizado por Vladimir Nabokov en su canónica obra Lolita, aunque más tarde (y también antes) lo utilizaron otros autores, por si no nos había quedado claro su significado. En resumidas cuentas, las historias que incluyen a nínfulas tratan de un varón blanco heterosexual adulto que intenta justificar sus inclinaciones pederastas hacia una niña, culpándola a ella del “embrujo” que ejerce sobre él. Para muestra, un botón. Así, el sujeto dominante que tiene una experiencia con connotaciones negativas (en el plano moral, social, etc.), traslada su responsabilidad al sujeto subalterno, creando todo un imaginario en torno a él con el objetivo de exculparse y culpar al otro: la exculpación tiende a legitimar estas tendencias, que por mucho que sean reprobables en algún sentido, las padece por culpa del subalterno. El problema de todo esto es, como hemos visto, que con este tipo de informaciones sesgadas se configura la cultura patriarcal, acarreando inevitablemente consecuencias sociales. Porque si bien la legitimación de la pederastia no está institucionalizada en los contextos donde los varones blancos adultos suelen vivir, sí que lo está en otras partes donde pueden viajar fácilmente, y donde no sólo la explotación sexual de menores es masivamente ofertada sino que algo tan legítimo como el matrimonio con ellas es perfectamente legal.

El paradigma de esta representación cultural radica en justificar todas las violencias derivadas de ese miedo masculino acusando a la propia mujer de “provocarla” con su actitud.

Otro concepto de creación patriarcal con amplísima difusión es el de femme fatale (véase nínfula adulta). Las características de la femme fatale se resumen tipificando el contrario de las definiciones patriarcales de mujer: es decir, sexualmente liberada, independiente, activa en la vida pública, poderosa… y por supuesto, todo ello con una connotación absolutamente nefasta. Normalmente se asocia la masiva representación cultural de la femme fatale tanto en literatura, como en arte, como en otros ámbitos de creación, a una especie de reacción masculina ante el surgimiento de los primeros movimientos feministas, a los que obviamente temían. El paradigma de esta representación cultural radica, como hemos visto en el caso anterior, en justificar todas las violencias derivadas de ese miedo masculino a la mujer emancipada (o independiente en cualquiera de sus formas), acusando a la propia mujer de suscitar con su actitud (que podría entenderse como contra-natura, contra la presunta naturaleza femenina que le quiere imponer el patriarcado) dichas violencias. Así, esta proyección (esta inversión especular de responsabilidades) también se filtra al imaginario cultural colectivo, de manera que no sorprende toparnos con la justificación social de la violencia sexual o física contra las mujeres, porque “a saber qué llevaba puesto para ir provocando” o porque “si le pegó, algo habría hecho”.

Pero hay un fenómeno muy de actualidad que ilustra este efecto de una manera muy concreta: el caso de las denuncias falsas por violencia machista. Hay un hecho irrefutable en cuanto a las denuncias falsas, y es que su significado está perfectamente definido en el imaginario cultural colectivo. Tanto, que hasta es un término incluido en idearios políticos (vigentes) y detectado en protocolos judiciales. Sin embargo, hay otro hecho irrefutable, y es que las denuncias falsas son escasísimas. Entonces, ¿qué justifica que tengamos tan claro el significado de algo que apenas ocurre, y que casualmente tiene que ver con invertir la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres, convirtiéndola en violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres? Recordemos que no es necesario que exista (que suceda en este mundo, en el mundo material) una experiencia subalterna real para que la cultura patriarcal pueda manipular su significado a conveniencia: las producciones canónicas del sujeto dominante son lo suficientemente masivas para crear significado acerca de experiencias subalternas que no existen, o que tienen el 0,014% de posibilidades de existir, siempre que ese significado les exculpe de su propia responsabilidad (de maltratar, de violar o de matar). De hecho, de todas las femmes fatales que creaban los cineastas canónicos de Hollywood, muchas utilizaban “su atractivo como señuelo para embaucar a cualquier incauto que se acaba convirtiéndolo en un títere para sus oscuros fines, y que era irremediablemente conducido hacia un final trágico”. Estos son los datos, suyas son las conclusiones (la frase no es mía 😉 ).

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