Heteropatriarcado y capital: simbiosis de dos parásitos.

El objetivo de esta reflexión es analizar, con cierta perspectiva histórica, la incorporación de la mujer al trabajo asalariado, así como su continuidad en el trabajo doméstico y en el “ámbito privado” al que pertenece la “feminidad”, como dos mecanismos mediante los cuales las estructuras de poder del heteropatriarcado y el capitalismo interaccionan en esta sociedad de modo simbiótico.

Han sido fundamentales las lecturas de Silvia Federici, especialmente su libro Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013), y también las lecturas de algunas estudiosas de la cuestión de género en la transición al capitalismo y en sus primeros años de vida, tales como Joan Scott o Mary Nash, personalidades importantes en lo que llamamos “historia de género”, que están dando la vuelta a la Academia y a los estudios históricos tradicionales, masculinizados en cuanto a los estudiosos y a los objetos de estudio. No obstante, los estudios de género en el ámbito de la ciencia histórica son todavía muy recientes y están aún muy denostados en algunas instituciones académicas, al no considerar el género una categoría de análisis digna o susceptible de ser abordada científicamente para hacer Historia.

La concepción heteropatriarcal del género binario entiende que solo hay dos identidades válidas de género y de sexualidad: la mujer heterosexual y el hombre heterosexual, unidos por el matrimonio.

Historiadoras de género como Sonya O. Rose han incidido en la existencia y repetición a lo largo de la historia -con sus matices en cada momento histórico- de dos esferas separadas que determinarían las relaciones entre los sexos y los roles de género en la sociedad. Este esquema de las esferas separadas está basado en la concepción heteropatriarcal del género  binario, donde solo hay dos identidades válidas de género y de sexualidad: la mujer heterosexual y el hombre heterosexual, unidos por el matrimonio. De este modo, hablamos, según las relaciones jerárquicas de poder, de un espacio público, que integraría todas las cuestiones sociales, políticas, económicas y culturales de una sociedad. Este espacio pertenece al hombre y a su inherente identidad de género, que se creía y defendía que por naturaleza poseía más fuerza, templanza, raciocinio, moral y capacidad intelectual para tomar decisiones que concerniesen a todo un colectivo. Por otro lado, la mujer y la feminidad pertenecerían al ámbito que llamamos privado o doméstico (ellas pertenecen a este ámbito y no al contrario): el cuidado de la casa, de las hijas e hijos, así como de su esposo. Esto era así por la creencia de que Dios había creado a la mujer más débil, sensible, sentimental, e intelectual y moralmente inferior al hombre. De este modo y como decía Fray Luis de León en el Medievo o Rousseau en la modernidad con su famosa obra Emilio y Sofía, la función de la mujer es la de parir, criar y hacer varones con los valores de un buen ciudadano y que esté preparado para generar fuerza de trabajo, y por supuesto entender su subordinación al hombre.

En el siglo XIX se  elaboran teorías que justifiquen que la mujer es menos productiva que el hombre y por tanto debe percibir salarios menores que este.

A partir de la Revolución Industrial, con la cual surgió la clase obrera o proletariado como tal, así como la clase burguesa, la ya existente figura de la mujer trabajadora se visibilizará al surgir, por un lado, trabajos adecuados para su “naturaleza sumisa, repetitiva y no capacitada para el pensamiento propio”, y por otro, del surgimiento de un nuevo problema que suponía la también ya existente, pero esta vez acentuada, dicotomía casa – trabajo, al “descuidarse la mujer –supuestamente- de su verdadera función doméstica para abandonar la casa y dedicarse a trabajos remunerados que son cosa de hombres”. Aunque las historiadoras de género como Joan Scott ya han dejado constancia de que en época preindustrial la mujer ya se desplazaba en muchas ocasiones de su casa a un taller o a otro espacio de trabajo separado del hogar, los discursos subordinantes de la mujer surgidos con el nuevo orden capitalista pondrán esta cuestión sobre la mesa para justificar su pensamiento de las naturalizadas esferas separadas. Pero los empleadores o los empresarios, perpetuadores y beneficiarios directos del nuevo modelo económico, supieron aprovechar la cada vez más masiva incorporación de la mujer al trabajo salarial, en su propio beneficio. Para ello se elaborarían teorías políticas y económicas respaldadas por la ciencia en muchos casos, que, como muy bien explica Joan Scott en su artículo La mujer trabajadora en el siglo XIX, introducen los conceptos de producción y reproducción y los adaptan a la situación de la mujer y las familias trabajadoras para justificar que la mujer, por naturaleza, es menos productiva que el hombre y por tanto debe percibir salarios menores que este. Es en este momento cuando de pronto las mujeres comienzan a realizar trabajos antes desempeñados por varones, pero que ahora se considerarán femeninos de acuerdo a la naturaleza física y biológica de la mujer. Se trataría, en la mayoría de los casos, de trabajos del sector servicios (maestras, sirvientas, telefonistas, dependientas en tiendas, etc.), que no tuvieran como resultado una verdadera producción como la tendrían los trabajos de las fábricas o de las minas, adecuados para la fuerza y la resistencia masculinas. Así, a los empleadores les interesaría esta incorporación de la mujer al trabajo para, de forma justificada, reducir los costes de producción que suponía la mano de obra. Por otro lado, si entendemos el trabajo doméstico/reproducción como la primera parte de la cadena productiva capitalista (pues en la casa -cocina, dormitorio, etc.- es donde se genera/mantiene esa fuerza de trabajo que luego en las fábricas y lugares de trabajo generará capital que alimentará el sistema y vuelta a empezar), podríamos decir entonces que el trabajo doméstico sería un modo de generar beneficio de forma prácticamente gratuita, lo que también podríamos denominar explotación, problema que solamente a partir de los años setenta comenzó a cuestionarse, visibilizarse y combatirse, aunque sin resultados justos. Cabe, pues, reflexionar sobre la cuestión que Silvia Federici plantea en su libro Reproducción en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013) sobre la mujer que trabaja por una remuneración: ¿emancipada o nuevamente esclava?

En la actualidad todavía se considera el trabajo doméstico como un trabajo no productivo.

Aunque en la actualidad las luchas feministas están consiguiendo que se pongan en práctica políticas que palien esta brecha salarial, todavía existen empresas y empleos donde la mujer recibe remuneraciones menores que el varón (reminiscencia de lo anteriormente explicado), y cuando no, debe enfrentarse a situaciones en las que pierden sus empleos o directamente no los consiguen, por el simple hecho de quedarse embarazadas o de no cumplir un perfil físico que pueda agradar a los clientes o al resto de trabajadores hombres de la empresa. Aparte de estos problemas que la mujer tiene afrontar en la vida del empleo remunerado, ella tiene que hacer frente al hecho de que ni siquiera en la actualidad se considere el trabajo doméstico como un trabajo productivo (trabajo y empleo no son la misma cosa). Así pues, no es descabellado ni desacertado (al contrario, es necesario) decir que las principales víctimas de esta explotación a lo largo de la historia son y han sido las mujeres, aunque en la actualidad  algunos hombres se dediquen al trabajo doméstico, hecho que, aparentemente nos puede hacer pensar que este tradicional y patriarcal esquema de las esferas separadas se está diluyendo poco a poco, cuando en realidad solamente se ha flexibilizado y adaptado a las nuevas formas de entender la economía y la sociedad, ya que por lo general, las aportaciones del hombre al trabajo doméstico se conciben como una ayuda complementaria a la mujer que, aparte de participar en el mercado de trabajo, trabaja en casa sin ser considerada lo más mínimo. Este discurso es cuanto menos curioso, debido a que las luchas feministas siempre han consistido en la irrupción de la mujer en los espacios tradicionalmente masculinos, pero no en la irrupción del hombre en los espacios tradicionalmente femeninos.

Como conclusión de esta breve pero densa reflexión, podríamos decir que el trabajo asalariado y doméstico han sido y son uno de los muchos mecanismos que el heteropatriarcado y el capitalismo como estructuras de poder y de autoridad, y en una relación de simbiosis, aprovechan para perpetuarse, consolidarse y adaptarse a las características sociales, económicas y políticas de cada momento histórico. Así pues, se nos ha lanzado un concepto erróneo de la emancipación y se ha camuflado y disfrazado de forma tan minuciosa y perfecta, que no existe un análisis profundo respecto a este tema, de forma generalizada entre las poblaciones. Dentro de los distintos senos feministas  del siglo XXI (y también anarquistas) debería repensarse la estrategia y la lucha e incluirse esta cuestión como un muro inexpugnable al que comenzar a golpear para encaminarnos hacia los modelos de sociedad que deseamos.

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