¿Por qué el feminismo es acusado de conservador en algunos debates?

La heterogeneidad de los debates surgidos en los últimos tiempos en torno al concepto de “cambio” en un sentido amplio (entendido como transformación, evolución, o simplemente como rechazo de paradigmas anteriores), evidencia que hay “algo” que se ha puesto en marcha posiblemente de manera irrevocable.

Al feminismo se le acusa en ocasiones de conservador o puritano.

Tenga esto que ver (o no) con un presunto postmodernismo es algo en lo que no nos vamos a detener ahora, pero lo heterogéneo de los debates demuestra que no se debe a un movimiento aislado o unicausal: estamos hablando de debates tan dispares como la libertad de expresión en el arte, la prostitución, la literatura, la pornografía, el cine, el alquiler de vientres, o fenómenos masivos como el MeToo, visto como la revocación  progresiva del silencio que históricamente ha rodeado el acoso sexual. Este es un tema interesante de por sí, pero este artículo no va a intentar desentrañar sus entresijos, sino que se va a detener sobre otro aspecto que llama poderosamente la atención. Sobre una coincidencia que se da de manera transtemática en todos los debates que hemos mencionado (y en otros muchos), y que resulta cuanto menos llamativa: la acusación al feminismo de conservador, reaccionario y/o puritano.

Todos acusan al feminismo de pretender coartar la libertad.

Pero, ¿de dónde procede esta coincidencia de acusaciones tan aparentemente contradictoria? El feminismo no es sino un movimiento político que busca la igualdad entre hombres y mujeres: desde el siglo XIX se ha organizado para lograr cosas tan justas y obvias como el derecho al voto de las mujeres, el derecho al trabajo remunerado, el derecho a la gestión de su propia sexualidad y capacidad reproductiva, etc. Sin embargo, no sé cómo se las ha apañado el feminismo para terminar en pleno siglo XXI siendo acusado de censurar el arte, de aplastar libertades queriendo abolir la prostitución, de censurar la literatura, de censurar la pornografía,  de liberticida (de nuevo) en el debate sobre el alquiler de vientres, y de puritano en el movimiento MeToo, por mencionar solo unos cuantos ejemplos. Todas estas acusaciones se pueden englobar en torno a una presunta intención del feminismo de coartar la libertad de alguien. Pero, ¿la libertad de quién exactamente?

La libertad. Ese valor etéreo y diáfano, tan aséptico y neutro como el sexo de los ángeles; que no atiende a géneros, ideologías ni corrientes políticas, que recae mansamente sobre los seres humanos como copos de nieve sobre la hierba del valle.

Porque la libertad es igual para todxs, ¿no? Veamos solo algunos ejemplos históricos recientes:

Hasta finales del siglo XIX y principios del XX las mujeres no tenían libertad ni derecho a votar en ningún lugar del mundo. Esta libertad fue conquistada tras una lucha encarnizada por parte de los movimientos sufragistas, que la lograron oponiéndose a la libertad de los hombres (maridos, padres, hermanos) de dominar y gestionar legalmente la vida de las mujeres.
En 1955, la segregación racial en EEUU era tan fuerte que incluso regulaba los asientos de los autobuses: los blancos tenían la libertad\derecho legal de ocupar los asientos delanteros, pero los negros no y debían ocupar obligatoriamente los asientos de detrás. Un año después, tras el incidente de Rosa Parks, el Gobierno abolió la segregación racial en lugares públicos, oponiéndose a una serie de libertades que hasta entonces solo habían disfrutado los blancos.
En España, hasta el año 1963 un hombre era libre de matar a su esposa en caso de que ella cometiera adulterio. Este derecho legal no se revocó hasta la reforma del Código Civil de 1975, que la abolió oponiéndose a una libertad que los maridos disfrutaban desde el Derecho Gentilicio Romano. 

Es evidente que no, que la libertad en nuestra sociedad no es la misma para todxs y que sí parece cargada de partidismo y política. Esto no es ningún descubrimiento, solo que  a veces se nos olvida en el fragor del debate (y ahora veremos cómo este olvido no es casual) que la libertad que trajeron los movimientos liberales tras la Revolución francesa, la Ilustración y demás (y que dejó atrás el conservadurismo de las ideologías anteriores), fue exclusivamente la libertad del varón blanco. Tanto mujeres blancas como colonizados en toda su diversidad fueron excluidos de esta libertad: no tenían derecho al sufragio y en las leyes quedaron subordinados a los intereses del hombre blanco (lo que es igual a decir que estaban  muy desprotegidos por el Estado, y por tanto expuestxs al abuso). Su libertad en concreto (o la progresiva conquista de derechos que da acceso a ella) fue muy posterior, ya en el siglo XX y a menudo lograda tras luchas encarnizadas en clara oposición a la libertad vigente e institucionalizada, la exclusiva del varón blanco.

La libertad no es un fenómeno históricamente equidistante.

Este sesgo en el concepto de libertad habitualmente pasa desapercibido en la discusión, pero no de un modo casual, sino que responde a algunos aspectos claramente diferenciables. En primer lugar, la perspectiva liberal esgrimida en los debates a menudo es (llamativamente) ahistórica, es decir, pasa por alto que el advenimiento de la libertad no fue un fenómeno equidistante que afectó a todxs los individuos al mismo tiempo y de la misma manera (como hemos visto anteriormente). En segundo lugar, la ilusión de uniformidad que otorga el igualitarismo formal alcanzado hace apenas unas décadas en nuestra sociedad (en lo que respecta principalmente a los derechos fundamentales) tiende a obviar que todavía hay muchos derechos que los individuos no normativos (todos aquellos que no sean varones, blancos, heterosexuales, etc) aún no han logrado, tales como la igualdad salarial y de oportunidades, la representación equitativa en las instituciones o la solución de problemas sociales que ponen en peligro su integridad (como el machismo, el racismo y la homofobia). A esta ilusión contribuyen varios elementos del orden simbólico vigentes en la actualidad, como el lenguaje no inclusivo (que provoca que hombres y mujeres nos fundamos en un todo masculino) o el suavizamiento en los textos educativos de procesos históricos de colonización, confundiéndolos con patriotismo o cosas por el estilo.

En ocasiones se revocarán libertades a causa de reivindicar la libertad de minorías subordinadas.

Así, la perspectiva ahistórica y la ilusión de uniformidad de que adolece el liberalismo le hace señalar a su contrario evidente para etiquetar toda postura opuesta a él: si no crees en la “libertad”, es porque eres conservador y tu intención es censurar libertades. En efecto, es posible que en ciertos debates el fondo de algunos argumentos en contra del liberalismo (económico, ideológico, etc.) aludan a censurar o revocar libertades, pero no a causa de un ideario conservador, sino todo lo contrario: a causa de reivindicar los derechos de esos colectivos (mujeres, no blancos, minorías sexuales) que la “libertad” distintiva del liberalismo ha ignorado y/o subordinado deliberadamente durante siglos. En los tres ejemplos históricos que hemos visto antes, ¿se revocaron o se concedieron derechos? ¿Fueron gracias al progreso y la ampliación del concepto de libertad o fueron a causa de tendencias conservadoras? Los hechos al margen de interpretaciones son que el primer caso revocó la libertad de los hombres a gestionar la totalidad de la vida de las mujeres, concediendo esa libertad a las propias mujeres; en el segundo caso se revocó la libertad de los blancos a excluir del espacio público a los negros, concediendo a estos últimos la libertad de ocuparlo de manera no segregada; y en el tercer caso, se revocó la libertad de los hombres a matar a sus mujeres adúlteras, concediendo a las mujeres libertad de actos “incluso” dentro del matrimonio.

Parece evidente que algunas libertades de los colectivos desamparados hasta hace poco por la ley, no puede lograrse sin eliminar drásticamente o modificar otras libertades que hasta ahora solo habían disfrutado los hombres blancos. Esto demuestra que la libertad no es un concepto neutral sino dialéctico, y estrechamente sujeto a los intereses de los individuos que copan y aglutinan el poder. Teniendo en cuenta esto, ¿el movimiento MeToo reivindica la libertad de las mujeres a denunciar públicamente a sus abusadores sexuales o coarta la libertad de los hombres a ejercer y vivir su sexualidad plenamente? ¿la “censura” o más bien revisión del arte, literatura y cine canónico patriarcal, reivindica la libertad y el derecho de las mujeres a una representación digna o coarta la libertad de los hombres a representarlas sistemática y masivamente en roles sexuales/victimizantes/subordinados? ¿la “censura” o más bien revisión de la pornografía, la prostitución, el alquiler de vientres, o cualquier cosa relacionada con la gestión sexual y reproductiva de las mujeres, reivindica alguna libertad para las mujeres o coarta alguna libertad de los hombres? ¿O tal vez ambas cosas? Os invito a seguir planteándoos la misma clase de preguntas en cada debate de esta índole que encontréis, porque el ejercicio no deja de ser monstruosamente didáctico.

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