¿Por qué el apellido del padre va antes que el de la madre en España?

Hay respuestas que nacen antes que las preguntas que las dotan de sentido.

Hay respuestas que nacen antes que las preguntas que las dotan de sentido. Son respuestas que tienen su origen en lo más profundo de nosotros mismos, que enraízan con los pilares fundamentales de la sociedad en la que uno vive, y que desde nuestra tierna infancia vamos interiorizando muchas veces no porque así nos las enseñen, sino porque “son así” en cualquier lugar a donde uno mire, y esa normalidad las dota de veracidad. Y suele suceder que cuando se toma consciencia y uno se molesta en formular en voz alta la pregunta, si hay algún niño en la sala que señale al rey desnudo el auditorio responde con visceralidad a favor de la verdad establecida, de forma que no es hasta calmados los ánimos cuando se analiza la pregunta con frialdad y se es consciente de la realidad que esconde.

Esto es lo que en mi opinión sucede con el pensamiento feminista. Como varón de mi especie lo he experimentado en mis propias carnes en numerosas ocasiones, hasta el punto en el que he conseguido identificar claramente ese “latigazo visceral” con algo beneficioso para mi organismo y mi propia psique. Cada vez que una de mis verdades establecida por el sistema heteropatriarcal se tambalea y siento ese malestar en la boca del estómago, respiro varias veces y sonrío, esperando a que pase la tempestad para analizar la cuestión con frialdad y mirarlo desde un punto de vista nuevo, mío, que noto como derriba esa columna que construyeron hace tanto otros hombres, para levantar orgulloso la mía propia.

A veces es suficiente formular la pregunta en voz alta para que se cuestione la automática respuesta patriarcal.

En la mayoría de las ocasiones no son preguntas con aparentemente mucha transcendencia pero que encierran las grandes bases del sistema detrás del espejo. Y como ya he dicho que a veces es suficiente formular la pregunta en voz alta para que se cuestione la automática respuesta visceral patriarcal, en mi humilde tribuna recién estrenada me iré formulando sencillas preguntas que remuevan algunas verdades que damos por ciertas y pacíficas.

La pregunta con la que estrenamos este espacio se refiere a la prevalencia del apellido del padre respecto del de la madre en el Estado Español, es decir: si es cierto que por defecto el apellido del padre va antes que el de la madre.

Dividiremos la respuesta, para un mejor rigor analítico, en tres cuestiones:

  1. ¿Es cierto que el apellido del padre debe ir primero?
  2. ¿Por qué el apellido del padre va primero?
  3. ¿Cómo podemos cambiar esa prevalencia del apellido paterno?

 

¿Es cierto que el apellido del padre debe ir primero?

Aun con algunos matices muy importantes que ahora señalaremos, la respuesta es que no. No es cierto que el apellido paterno tenga preferencia en el ordenamiento jurídico español, no al menos desde la promulgación de la Ley 40/1999, de 5 de noviembre, sobre nombre y apellidos y orden de los mismos, que modificó el artículo 109 del Código Civil (entre otros) para dejar la redacción como sigue:

“La filiación determina los apellidos con arreglo a lo dispuesto en la ley.

Si la filiación está determinada por ambas líneas, el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley.

El orden de apellidos inscrito para el mayor de los hijos regirá en las inscripciones de nacimiento posteriores de sus hermanos del mismo vínculo.

El hijo, al alcanzar la mayor edad, podrá solicitar que se altere el orden de los apellidos.”

Este artículo ha de interpretarse, como no podría ser de otra forma, a la luz de la Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio, que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo y por tanto debe entenderse que son ambos progenitores los que, de común acuerdo, deciden el orden de los apellidos de sus descendientes.

Sin embargo no podemos dejar el análisis aquí, y es que la ley contiene una salvedad vergonzosa y que todavía está por suplir, y es la que se podrán imaginar: en caso de que no haya acuerdo entre los progenitores, rige lo dispuesto en “la ley”, que no es otra cosa que –resuenen los redobles del patriarcado- la preferencia de la opción del varón. Así lo proclama el artículo 194 del Reglamento del Registro Civil:

Si la filiación está determinada por ambas líneas y a salvo la opción prevista en el artículo 109 del Código Civil, primer apellido de un español es el primero del padre y segundo apellido el primero de los personales de la madre, aunque sea extranjera.

Por tanto, podemos descubrir avergonzados como el legislador (que no son otros que los diputados del Congreso que se llenan la boca en televisión hablando de igualdad) ha otorgado un magnífico “derecho de veto” al varón que, en caso de desacuerdo, hará primar lo dispuesto supletoriamente e impondrá “por su legítimo derecho” su apellido en primer lugar. Pero no todo está perdido, y más adelante expondré como se puede salvar este privilegio masculino.

 

¿Por qué el apellido del padre va primero?

Si ya hemos visto que desde 1999 (van casi 18 años) son los progenitores de mutuo acuerdo los que deciden el orden de los apellidos, y siendo la amplia mayoría de las filiaciones pacíficas, no queda sino preguntarse por qué casi ninguna pareja se formula esta pregunta. La respuesta entiendo la encontramos en la Tradición, ese corpus transmitido de generación en generación, y que nos dio la respuesta como decíamos al principio sin siquiera haber formulado la pregunta. No tuvimos ni que pensarlo, es así porque es así, así ha sido y así debe seguir siendo. ¿No?

Por ello desde aquí levanto la voz y lanzo la pregunta especialmente a todas las parejas heterosexuales que me lean, para que rebote y se traslade a muchas más. Mujeres, ¿alguna vez lo habíais pensado? ¿Creéis que el mero planteamiento conllevaría una discusión? ¿cómo se lo tomaría vuestra pareja?. Hombres, ¿afecta a vuestra hombría el hecho de que vuestros retoños tengan vuestro apellido primero? ¿Os importa lo que pensarán los demás varones? ¿Sentís que renunciáis a un derecho, a algo vuestro que os corresponde por nacer con el cromosoma Y?

 

¿Cómo podemos cambiar esa prevalencia del apellido paterno?

La conclusión más evidente resulta de hacer efectivo el contenido del artículo 109 CC: que sea una decisión de los progenitores de mutuo acuerdo. Que sea algo meditado, hablado, discutido si es necesario.

La solución que propongo es salomónica: el azar.

Pero, ¿y si no podemos llegar a un consenso? Como hemos visto en caso de desacuerdo la ley otorga prevalencia al apellido paterno por Derecho, pero esa no es una opción viable. Así que la solución que propongo es salomónica: el azar. Una moneda, un dado, a pares o nones al mejor de tres. Os reís: no os lo toméis a broma, lo he pensado y me parece la mejor solución. Dejarlo al arbitrio de un juez o mediador supondría que un tercero metería su forma de ver las cosas en pos de un teórico “superior interés del menor” para hacer en el fondo lo que le salga de las narices. Podríamos optar quizá por una partida de pádel, que tanto gusta por aquí. Como prefiráis.

Y para finalizar la cuestión, si os va el rollo de peli americana, no confiáis en la palabra de vuestra pareja u os queréis pegar un vacile bueno, tenéis una herramienta fabulosa y legal para salvar la preferencia legal masculina: a través de una cláusula en unas Capitulaciones Matrimoniales. Os regalo una fenomenal que me he inventado, por si queréis utilizarla con todo el cachondeo que seáis capaces de reunir:

… De conformidad con lo prevenido en el art. 109 del Código Civil, pactan los comparecientes, de común acuerdo, que los hijos que tengan de su matrimonio tendrán el orden en sus apellidos resultante del sorteo que por azar insaculo en este mismo acto (el notario), resultando del mismo el orden materno-paterno,  deseando expresamente que así conste en la inscripción de nacimiento en el Registro Civil correspondiente.

 

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