Austen, Brontë y Plath: referentes literarios y políticos

La búsqueda de referentes históricos es uno de los procesos esenciales del feminismo: incluso antes de saber que una misma es feminista, busca instintivamente modelos de otras mujeres que hayan hecho antes lo que una quiere hacer ahora.

Esto nos ha sucedido a muchas en la adolescencia (a otras antes o después), y yo por fin puedo decir que he saldado mi deuda. He seguido los pasos de las mías, de mis referentes, en un viaje que terminó convirtiéndose en una auténtica peregrinación. Por qué me dio por la literatura inglesa (traducida) cuando era joven tiene sus explicaciones posibles: está el hecho de que en lengua inglesa hay más autoras canónicas (por motivos dignos de estudio), y también hay un componente de desfamirialización o de atracción por lo foráneo. Esta tendencia la estoy empezando a enmendar ahora, leyendo a escritoras rescatadas de la generación del 27 (Luisa Carnés y Elena Fortún son un verdadero descubrimiento), así que todavía tengo viajes pendientes. Pero mis vacaciones de este año me han llevado hasta Inglaterra: durante el viaje realizamos varias paradas, aunque para este artículo he seleccionado las relativas a Jane Austen, Emily Brontë y Sylvia Plath porque me parece que son las autoras a las que menos se suele relacionar con el feminismo (a diferencia, por ejemplo, de Virginia Woolf).

Éste es mi viaje por la Inglaterra de Austen, Brontë y Plath

Hace unos meses, en otro artículo, me preguntaba si podíamos achacar a las “condiciones materiales desfavorables de las mujeres del pasado” que tan pocas autoras hubieran llegado a nuestras estanterías: la conclusión fue que no, que muchas mujeres se atrevieron a transgredir y lo que las había eliminado de la Historia era el partidismo y el silenciamiento patriarcales. En este periplo he tenido la oportunidad de conocer esas “condiciones materiales” de cerca, y comprobar el efecto de la transgresión. Como es un tema muy complejo, y no quería que esto se convirtiera en un ensayo abstracto y alejado de lo personal (porque todo esto es muy personal para cualquiera de nosotras), he estructurado el artículo en una especie de entrada de diario donde me fijo en algún detalle que me impactó durante el viaje (que vosotras podéis ver en las imágenes adjuntas), y de ahí reflexiono sobre una problemática concreta en la vida de cada una de estas autoras. Sigo la cronología del viaje.

Steventon, lugar de nacimiento de Jane Austen.

Cuando llegamos a Steventon, lugar de nacimiento de Jane Austen, diluviaba a la manera típicamente inglesa. Más que un pueblecito es una zona de residencias rurales, donde lo único que se conserva de la época de Austen es la pequeña iglesia del siglo XII de la que su padre fue párroco durante toda su vida. A ambos lados de la puerta parroquial, dos rostros gemelos esculpidos en la piedra nos miraban con aire alucinado: los ojos y la boca muy abiertos, la nariz matizada por siglos de viento y lluvia. Eran de ese tipo de detalles en los que forzosamente tienes que fijarte (tan pintorescos), y suponer que si visitarlos se convirtiera en una costumbre (como debió de sucederle a Jane Austen, que acudiría a esa parroquia casi a diario) se terminarían transformando en algo familiar, prestándose a toda clase de elucubraciones. ¿Cuál era el propósito de esos rostros, de esa expresión tan peculiar? ¿Acaso eran almas atrapadas en la piedra, o fruto de la fantasía arbitraria de algún escultor? No era difícil imaginarse a Jane junto a su hermana y hermanos, un domingo cualquiera al salir de la iglesia, bromeando o asustándose igual que nosotras ahora, doscientos años después. Pero pensar en esa escena cotidiana me hizo recordar el propósito del viaje: caí desde lo superficial y lo amable a lo soterrado e incómodo. Seguí vislumbrando el momento, sucedido allí mismo algo más de doscientos años atrás, al amparo de ese arco y de esos rostros, donde una pequeña comunidad rural abandonaba el oficio eclesiástico del día para regresar a sus ocupaciones rutinarias: el trabajo doméstico o en la granja, las visitas de cortesía, los ansiados bailes que constituían la mayor expresión del ocio de la época. Y vi a Jane sonriendo entre la multitud, como si el tiempo se detuviese sobre ella y yo intentara alcanzarla a través de la maleza gris de los siglos: muchos testimonios dicen de ella que era afable y solidaria, particularmente sociable, no como se cuenta de otras mentes atormentadas por el genio de la escritura. Así que allí estaba, sonriendo entre la multitud, conversando con su hermana o con alguna vecina, y sintiendo, al mismo tiempo, el secreto impulso de regresar a casa cuanto antes; atraída por la imagen de la pluma inmóvil y del tintero, del papel en blanco sobre la mesa.

Austen debió de ser muy inteligente y reservada

Pero, ¿por qué debía ser secreto ese impulso? ¿Por qué no comentarlo tranquilamente con la hermana y la vecina, como puedo comentarlo yo o cualquiera de vosotras, si es que os gusta escribir? En el tiempo de Jane Austen, escribir era una actividad exclusiva y esencialmente masculina: las pocas mujeres que se inclinaban a hacerlo (eran pocas las que disponían de los medios y la educación para intentarlo, y de éstas eran menos las que se atrevían) terminaban, en el mejor de los casos, tachadas de anómalas y presuntuosas, y en el peor se las relegaba al ostracismo intelectual o incluso material. Así que una debía ser extremadamente inteligente y extremadamente reservada, si quería dedicarse a esa actividad ilícita que era la escritura. Debía crearse un micromundo paralelo donde realizar “esa labor tan sutil, tan imperceptible, como estar esculpiendo en dos pulgadas de marfil”, decía la propia Austen. La mesita redonda donde solía escribir aún se conserva en su casa-museo de Chawton, y es literalmente diminuta: sobrecoge contemplar las manchas de tinta sobre la madera. Yo siempre había asociado la frase de las “pulgadas de marfil” a la dificultad de la propia labor artística, pero hay quien sostiene que así Austen devaluaba su propio trabajo de cara a la galería, empequeñeciéndolo, en una de las muchas estrategias que sin duda tuvo que desarrollar para que la dejaran en paz. Las bisagras de la puerta de la sala donde escribía estaban oxidadas y chirriaban al abrirse: ella nunca quiso cambiarlas porque la advertían de visitas inesperadas, dándole tiempo para esconder el manuscrito bajo la mesa. Me la imaginaba con la pluma suspendida sobre el papel, o goteando sobre la madera -esas manchas que ahora están secas-, intentando detectar si alguien se acercaba. ¿Habrían sido aun mejores las novelas de Jane Austen si no hubieran estado sometidas a ese sentimiento de ilegitimidad, si no hubieran sido escritas con interrupciones constantes en la sala común?, se pregunta Virginia Woolf en “Un cuarto propio”.

Poema manuscrito por Emily Brontë.

Al terminar con la parte de Austen, emprendimos el viaje hacia Haworth, lugar de peregrinación de las Brontë. Allí se conserva la rectoría donde escribieron y vivieron la mayor parte de su vida (en realidad habían nacido en Thornton, un pueblecito cercano), que actualmente es un museo abierto a las visitas. De todos los objetos que pudimos ver de Emily Brontë, el que más me conmovió fue una pequeña página manuscrita con un fragmento de poema: renglones irregulares escritos con una letra diminuta y, junto a ellos, en un lateral de la hoja, el dibujo de una inesperada y sinuosa serpiente. ¿Fue esa serpiente fruto de una pausa demasiado larga en el impulso creativo, fruto del tedio o de una simple distracción? Lo que está claro es que esa clase de dibujos, de garabatos en los márgenes de lo que más tarde rescataremos como válido, forman parte de la realidad cotidiana de cualquiera que alguna vez se haya exprimido la mente en busca de algo de valor. Me impactó de repente imaginar a esa Emily humanizada, despojada del mito, convertida en una chica de veintipocos años que intenta escribir un buen poema. Era precisamente ese mundo de fértil introspección el que la mediana de las Brontë más valoraba: ese universo nutrido de inspiración, conciencia y… tiempo, muchísimo tiempo. Desde el principio de su vida Emily dividió la existencia en dos mitades opuestas, irreconciliables: la mitad de la que ella se sentía dueña (donde apenas regían unas directrices dictadas por su autoritaria tía, zurcir alguna que otra media y hornear el pan diario), con permiso para inventar vastos mundos poéticos junto a sus hermanas, dar largos paseos por los páramos o reflexionar acerca de la naturaleza misma del ser humano; y la mitad de la que se sentía completamente ajena, conformada por la férrea sociedad victoriana de la época y el ineludible mandato de matrimonio y maternidad, para cualquier mujer que aspirase a una mínima estabilidad económica (sobre todo si era pobre). Lo que la mayoría entendía como orden (la cultura dominante, las normas de convivencia, los roles y clases sociales), para ella era el caos: un caos indeseable, hasta el punto de cuidarse muy mucho de ser contagiada por él. “Quiero ser tal y como Dios me hizo”, solía decir, en una clara postura de inadaptación activa. Apenas hablaba con nadie que no fuese de su familia y sufría al ver a sus hermanas y hermano (también de clara tendencia contestataria) zarandeados y deformados por las convenciones mundanas (deformación que luego ella reflejaría en sus propios personajes). Ella aspiraba a existir solo en la esencia, en la mente y en la naturaleza, allí donde las garras de una sociedad opresora no pudieran alcanzarla.

¿Se dejó morir Emily Brontë?

En eso pensaba yo cuando topé, en el salón de la rectoría de Haworth (que ahora también puede visitarse como museo), con el sofá negro donde Emily pasó los últimos instantes de su vida: donde murió de tuberculosis a los 30 años, sin haber permitido que un doctor la viera ni haber hecho esfuerzo alguno por salvarse. ¿Fue esa su última tentativa de huir de lo físico, de lo corpóreo? Porque es inevitable pensar que a Emily Brontë le sobraba la realidad práctica; más que sobrarle, le estorbaba. ¿Cuáles eran los modelos que esta realidad le ofrecía? ¿Esposa sometida o solterona vilipendiada y condenada al ostracismo? ¿Se dejó morir Emily Brontë, viendo que estaba alcanzando una edad donde su “estilo de vida” iba a empezar a volverse insostenible? Tal vez si hubiese tenido algo más de dinero…

Era inevitable preguntárselo.

Descanso de Sylvia Plath.

Vaya talante para salir de Haworth, pensé, mientras subíamos al coche y nos despedíamos de las casas grises y de las lápidas que parecían de cartón piedra. Pero tiene que ser así, la reflexión crítica tiene un precio, y este no es simplemente un viaje melancólico. Nuestro periplo culminaría en Manchester, pero aún nos faltaba un último alto en el camino: Heptonstall. Un pueblecito que nos pillaba de paso, y en cuyo cementerio parroquial está enterrada Sylvia Plath. Es muy extraño toparse de súbito con la lápida de alguien a quien sientes que conoces profundamente. Obviamente nunca conocí a Sylvia Plath, murió 25 años antes de que yo naciera: pero este es el poder de los diarios íntimos, que al escribirlos una sobrevive a su espacio y a su tiempo, y habita para siempre en la memoria de cualquiera que se acerque a sus páginas. En las páginas del diario de Plath está ella. No una simple compilación de anécdotas, ni un retrato distorsionado (calculado) de sí misma, tal vez porque no parece que lo escribiera pensando en publicarlo. Cuando digo que en su diario está ella me refiero, en efecto, a que está Sylvia Plath, una mujer que destilaba talento y que tenía una feroz ambición de por convertirse en poeta; pero también está Sylvia Plath, una chica corriente, humana, humanísima, que hace cosas tan poco susceptibles de mitificarse como lavarse los dientes, tener la regla y levantarse sudando a media noche. Es un diario que sin duda contiene una mente, pero también contiene un cuerpo: un cuerpo que está muy presente (a diferencia de lo que sucedía en el caso de Brontë), y es esta presencia del cuerpo y todo lo relativo a él (sexualidad, enfermedad, higiene, etc) lo que a mí me fascinó. De manera que me quedé muy impactada al topar de golpe con su lápida, después de haber estado buscándola en ese mar de naipes petrificados: Sylvia Plath (Hughes, el apellido de su exmarido, estaba tachado con tiza, cosa que me maravilló). Y ese efecto corpóreo de su diario dejó semejante huella en mí, que lo primero que pensé fue: “Aquí, justo aquí, está su cuerpo (o lo que queda de él)”. Puede sonar morboso, pero en realidad fue una sensación impresionante: vi su vida pasar ante mis ojos, porque su escritura es un torrente de imágenes que se te graban (la volví a ver lavándose los dientes, yendo en bicicleta a la universidad, sonriendo a una mujer con la que se cruzó en un puente), y pensé en lo cruel que era que una mujer que se ponía un jersey y luego escribía un poema genial esté en Hepstonstall (donde nació Ted Hughes), a 5000 km de su ciudad natal, con el apellido de su exmarido grabado en la lápida. El lugar y el apellido son cosas simbólicas, pero se percibe un deshonor en todo ello. ¿Hasta dónde llegan las pretensiones de dominio patriarcales?

En las páginas de los diarios de Sylvia Plath está ella

No hemos de olvidar que Sylvia Plath se suicidó después de que Hughes se desentendiera de sus dos hijos pequeños (ya se habían separado, pero mientras ella estaba en un cuchitril sin calefacción de Londres con dos bebés, él estaba de vacaciones con su amante), tras haberla utilizado como criada y secretaria y haber privilegiado su carrera sobre la de ella por activa y por pasiva. No sostengo, ni muchísimo menos, que Plath se suicidara por él (ya lo que faltaba), pero es cierto que a la hora de explicar por qué esta genial poeta se suicidó a los 31 años, se ha hecho demasiado hincapié en la enfermedad mental que padecía, y muy poco en las circunstancias opresivas que rodeaban (y, en muchos casos, siguen rodeando) la vida de cualquier mujer que quisiera hacer algo más que casarse y tener hijos (como fenomenalmente explica Laura Freixas aquí). De manera que me incliné y toqué con la mano una de las piedras que rodean su tumba: la apreté muy fuerte, y sonreí al reparar en que alguien había puesto dos copas de cóctel sobre su lápida. A Plath le encantaba el postureo, el faranduleo literario de “conversar y beber ginebra en la cocina”.

Cuando las mujeres del pasado transgredían sus mandatos de género, transformaban nuestra realidad

Pero ¿cuál es la conclusión de todo este periplo? Lo primero que salta a la vista es que hay una continuidad, una especie de lazo perverso e invisible que parece atravesar las vidas de todas estas mujeres con mayor o menor intensidad: el efecto de la cultura patriarcal, expresada en la especificidad de sus respectivas épocas. Las “condiciones materiales desfavorables” contra las que, como decía en aquel otro artículo, esperábamos que nuestras pioneras se rebelasen, para poder aspirar también nosotras a tener una tradición a la que aferrarnos (tradición a la que los varones acceden con facilidad a través del canon parcial). Pero en el caso de la genealogía femenina, establecerla tiene que ver no solo con revisar históricamente los aspectos específicos de cada disciplina (temas en literatura, corrientes en pintura, etc.); sino que trasciende los límites de cualquier disciplina para convertirse en una búsqueda vital. Se convierte en un tomar conciencia de que, cuando las mujeres del pasado hacían cosas que transgredían los mandatos de género de su época, estaban no solo estableciendo una tradición artística, sino que (principalmente) estaban transformando la realidad: mostrando a las mujeres del futuro posibilidades de ser y de hacer. Lo significativo no es solo lo que hicieron sino que lo hicieran. A estas alturas parece limitado haber aspirado solo a tener autoras a las que imitar literariamente, pudiendo aspirar a tener referentes a los que imitar en la vida.

Para estas escritoras, escribir fue combatir

Cuando Austen nos habla del sentimiento de ilegitimidad en la escritura; cuando Brontë nos habla de la perversidad de los mandatos de género; cuando Plath nos habla de la dificultad de la conciliación; nos están dando no solo temas literarios sobre los que reflexionar, sino realidades políticas que combatir como ellas hicieron. En su caso, más que nunca, escribir era combatir. Gracias a ellas, nosotras nos sentimos legitimadas para escribir, para discutir los mandatos de género y para exigir igualdad en la conciliación. Seguir este hilo es sororidad. Es una responsabilidad que nosotras mismas, las creadoras del presente, hemos de asumir con las del futuro. Cuando una chica sienta que no merece la pena esforzarse por tener una carrera literaria porque los libros no la recordarán, debemos demostrarle que no es cierto. Cuando una chica sienta que no merece la pena escribir sobre su “salida del armario” porque no es un tema “universal”, debemos demostrarle que no es cierto. Cuando una chica sienta que para entrar en una institución dominada por hombres tiene que ningunear a otras mujeres, debemos demostrarle que no es cierto. Debemos no solo escribir (mucho) sobre ello, sino considerarlo una cuestión política.

La novela Una de esas chicas de Inma Miralles, publicada por LES Editorial, saldrá a la venta el próximo 1 de diciembre de 2018.

 

Un comentario en “Austen, Brontë y Plath: referentes literarios y políticos

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